C.S.A. LA CASA VIEJA – ALBACETE

¿Qué es la Casa Vieja?

http://lacasavieja.org/

Más que intentar explicar lo que es la Casa Vieja, primero, habría que decir lo que no es:

  • No es una asociación sectaria.
  • No es una organización jerarquizada.
  • No se debe a ninguna marca o partido político.
  • No es un negocio.
  • No es elitista, no es cerrada y no pretende marcar estilo o moda.
  • La Casa Vieja es un concepto, una idea, un espíritu.
  • Sin apellidos, es una alternativa a la cultura oficial, a la cultura de despachos.

En otros países, en democracias más desarrolladas, estas alternativas suelen estar apoyadas por instituciones públicas. En estos países, a estos espacios se les llama “espacios producentes”, dedicados a la creatividad de una manera informal y libre. Lamentablemente, aquí, lo que no da votos no interesa. Aquí, solo interesan los macroproyectos culturales y las macroempresas de consumo masivo.

La Casa Vieja apuesta por los productos de la zona en la que vivimos. Productos de calidad que se elaboran respetando el medio ambiente, con el fin de mejorar la calidad de vida de nuestro cuerpo. También productos creativos para mejorar la calidad de nuestra mente y de nuestro espíritu.

La Casa Vieja, como ya se ha dicho, no tiene nombres de personas, no tiene líderes. Es una idea que pretende englobar todos los ideales y proyectos de una manera natural y sencilla. Un lugar abierto a la formación de talleres artísticos, gastronómicos con productos ecológicos y exposiciones. Abierto a la investigación social, como diálogo interdisciplinario sobre los problemas de la vida, del espíritu y de la naturaleza. Engloba a cualquier ciudadano motivado, comprometido e interesado en otra “cultura”. Otra cultura que no sea solamente la que nos filtran los medios de comunicación, sino la que está viva, la que nos rodea y que, muchas veces, no vemos por falta de financiación o de otros intereses. Esa otra cultura donde el “capital” no es el dinero, el “capital” son las capacidades y el producto de las capacidades. Esa capacidad que el hombre invierte en el trabajo es el producto que crea, desde el respeto y el cariño por lo bien hecho, ya sea un poema, una escultura o una mermelada. La creatividad orientada al conjunto de la sociedad.

A La Casa vieja no le interesan las grandes estrellas ni las grandes empresas o grandes negocios. Es, simplemente, un espíritu hecho de pequeños sueños, pequeñas estrellas para conformar un bonito firmamento lleno de información, expresión, aprendizaje, intercambio, adquisición y exposición.
– – – – – – – – – – – – –
“Todo en la naturaleza, todo árbol, todo animal tiene su propia mística, sus propios secretos que todavía no han sido resueltos, que no han sido considerados en nuestra presente civilización con su comprensión materialista y politeísta de la ciencia y el arte. Por eso hago énfasis en la necesidad de cambiar la comprensión que tenemos de la ciencia y del arte y de ampliar nuestra idea de realidad. La concepción expandida del arte está relacionada con la capacidad creativa del hombre.”

Joseph Beuys.

 

Monedas locales: una vacuna social contra las “epidemias” financieras

https://www.elsaltodiario.com/la-otra-cara-de-la-moneda/monedas-locales-una-vacuna-social-contra-las-epidemias-financie

Las monedas locales, monedas no oficiales que únicamente tienen valor en una ciudad o en una pequeña región o comunidad, están intentando abrirse camino, poco a poco, para convertirse en una especie de “vacuna social” que aminore los efectos perniciosos de las crisis monetarias y financieras globales, que tanto costes sociales y sufrimientos producen en grandes capas de la población mundial.

Brixton Pound con la cara de David Bowie

José Mayoral Periodista y coordinador de la moneda Jarama (Rivas Vaciamadrid)

Justo antes de la crisis financiera global que comenzó en 2007, el Fondo Monetario Internacional (FMI) contabilizó las crisis sistémicas que se habían vivido desde 1970: 328 crisis (entre bancarias y monetarias). Es decir, prácticamente 9 crisis sistémicas por año a escala mundial. Según el propio FMI, la actual globalización ha incrementado la frecuencia y la propagación de estas crisis financieras, aunque no necesariamente su gravedad. Ni siquiera los propios reguladores tienen constancia efectiva a día de hoy de las innumerables innovaciones financieras legales puestas en marcha por las entidades bancarias y que son potencialmente peligrosas para desatar una nueva crisis. Prácticamente podríamos decir que vivimos en permanente peligro de “epidemia financiera” y que va a seguir siendo así en el futuro si nadie lo remedia.

Por poco interés que pongamos en identificar los sectores de la población que pagan el grueso de las crisis financieras, vemos que las víctimas de estas “epidemias” recurrentes siempre son los mismos: las masas asalariadas menos cualificadas, determinados sectores de las clases medias y los miembros más vulnerables de la sociedad. Y así, una crisis tras otra. Por tanto, ni las propias clases obreras en general, ni los sectores de la población ya atrapados en la pobreza estructural parece que puedan tener la más mínima posibilidad de aspirar a un futuro mejor. De cada crisis saldrán mucho más maltrechos de lo que salieron de la anterior.

Vivimos en permanente peligro de epidemia financiera, prácticamente 9 crisis sistémicas por año a escala mundial

En este contexto, ¿pueden las monedas locales considerarse como una vacuna que genere anticuerpos contra los efectos perniciosos de las crisis epidémicas financieras? El concepto de “resiliencia” puede darnos alguna clave para responder a esta pregunta. La resiliencia es un concepto de la Física que define la capacidad de un metal para doblarse sin llegar a partirse. Un concepto muy de moda también en la psicología moderna, definido como la capacidad para adaptarse a las adversidades y aprender a sacar los aspectos positivos de las mismas.

Para entender mejor este concepto, desde el punto de vista de la economía social, usamos un ejemplo tan sencillo como ilustrativo, que tomamos prestado de la naturaleza: el oso panda. Este gracioso mamífero posee un aparato digestivo más propio de un carnívoro que de un herbívoro, sin embargo su dieta está compuesta exclusivamente (el 99% de lo que ingiere) por tallos de bambú. Su organismo es un ejemplo de eficiencia extrema, pues ha conseguido sobrevivir con esta monodieta vegetal, que parece serle tan poco favorable, durante millones de años. El panda sería un ejemplo clarísimo de mínima resiliencia, ya que cualquier circunstancia que afecte negativamente al ecosistema de los bosques de bambú, como ya está ocurriendo por la propia acción del hombre, es una amenaza absoluta para su supervivencia como especie.

Trazando un simple paralelismo podríamos decir que el dinero (el dólar, el euro,…) sería el bambú que alimenta el organismo económico de las comunidades locales. No hay duda de que el modelo de monedas únicas conforma un sistema monetario supereficiente en la escala macroecómica de la globalización, pero si bajamos a un nivel más micro, como en el caso de las economías locales, cuando se produce una situación de crisis nos encontramos con situaciones de severos ajustes, despidos masivos, reducciones de salarios, desaparición del crédito, etc, del tal manera que el flujo de dinero disminuye y deja de llegar a la economía de una forma continua, dejando a los tejidos socioeconómicos locales carentes del único alimento del que dependen. El sistema de monedas únicas deja en evidencia la escasa resiliencia de nuestras economías locales, que en épocas de crisis languidecen como lo harían los entrañables pandas sin bambú. Con las desastrosas consecuencias sociales por todos conocidas.

Cuando hay una crisis –y ya hemos visto que son más habituales de lo que imaginábamos-, en las economías locales no desaparecen las necesidades de las personas y las empresas, tampoco las capacidades y el potencial de las mismas para dar respuesta a aquellas necesidades, lo que se produce es simplemente la paralización de la economía porque no circula el dinero que le sirve de alimento. Sin embargo, cuando en las economías locales se introduce un sistema de “alimentación” dual, con una “moneda única” para las operaciones macroeconómicas y otra moneda local para los intercambios en la escala más cercana (poniendo en contacto recursos potenciales con necesidades no satisfechas a escala local), la resiliencia de la economía local se incrementa exponencialmente y su resistencia a los efectos de las crisis también, dando además estabilidad a todo el sistema. Visto así, las monedas locales sí se pueden considerar, al menos desde un punto de vista teórico, una eficaz vacuna contra las epidemias del sistema financiero global. ¿Llegarán a poder serlo alguna vez en la práctica?

El ejemplo del Wir suizo

La dualidad monetaria es precisamente el secreto del modelo suizo. En la economía suiza conviven dos monedas, el franco suizo y el franco Wir, lo que entre otros condicionantes, la convierte posiblemente en la economía más estable del mundo, aún cuando las transacciones en Wir apenas representan el 0,32% del PIB suizo. Podríamos decir que el Wir es la pequeña dosis que genera un beneficioso “efecto vacuna” en todo el cuerpo financiero suizo.

De las monedas locales y regionales que surgieron para ayudar a la gente a sobrevivir a la depresión económica que siguió al hundimiento de la Bolsa de 1929, el Wir es la única que aún sobrevive. Su modelo se inspiró en los sistemas alemanes de “comercio sin dinero en efectivo”, que funcionaron tras la gran depresión siguiendo las teorías económicas de Silvio Gesell y que fueron rápidamente fulminados por el estado alemán.

Lo mismo ocurrió en otros lugares. Por ejemplo en Austria, donde tuvo lugar en 1932 lo que se conoció como “el milagro de Wörgl”, una pequeña ciudad que al crear su propia moneda pasó, en plena depresión, de tener un paro superior al 30% a lograr el pleno empleo. Su éxito contagió a todo el país, e incluso a otros como Estados Unidos, pero rápidamente el estado austriaco debió pensar “que las medicinas solo las podía recetar él” y prohibió de raíz las monedas locales. Ya sin vacuna, el desempleo inevitablemente volvió a superar de nuevo el 30% en Wörgl. En Estados Unidos, tampoco Roosevelt permitió que se implantaran estos sistemas, que habían sido estudiados y recomendados por su asesor económico Irving Fisher y se decantó por desarrollar su conocido New Deal.

Nada nuevo bajo el sol. En el ámbito sanitario, crear una vacuna gratuita, por ejemplo para combatir la malaria, nunca contará con las simpatías ni el apoyo de las grandes multinacionales farmacéuticas. De la misma forma, disponer de sencillas “vacunas monetarias” para proteger las pequeñas economías locales no parece que vaya a ser una prioridad para quienes detentan los privilegios y el monopolio de dirigir los sistemas monetarios globales, ni para los poderes políticos de cualquier ámbito, que siempre son reacios a apoyar aquello que no controlan. Casos como el Banco Palmas en Brasil, que pasó de ser cuestionado a contar con el máximo apoyo del gobierno carioca, o algunos proyectos en que la Unión Europea está apoyando experiencias piloto de monedas locales de algunas ciudades del viejo continente, de momento parecen ser la excepción que confirma la regla.

Se estima que hay en todo el planeta cerca de 5.000 sistemas monetarios alternativos

En cualquier caso, en la actualidad se estima que hay en todo el planeta cerca de 5.000 sistemas monetarios alternativos (más de un centenar en España) experimentando la capacidad de estas herramientas para generar “defensas” que ayuden a sobrevivir a los grupos económicamente más vulnerables. De momento, las dificultades son muchas y los resultados relativamente modestos, pero se puede estar fraguando la base sobre la que se asiente un poderoso movimiento que marque el devenir de la nueva economía.

El carácter social de las monedas locales

Poco a poco va llegando a la opinión pública esta eclosión de sistemas monetarios alternativos o complementarios (no confundir con las criptomonedas, que salvo honrosas excepciones son sistemas puramente especulativos). De alguna manera se está cumpliendo la predicción del economista Bernard Lietaer, uno de los más prestigiosos analistas de los sistemas monetarios, que, además de presidir el Banco Central de Bélgica, fue uno de los responsables del diseño del ECU, precursor del Euro, la moneda única europea. Lietaer predijo un futuro en el que las monedas únicas nacionales convivirían con multitud de monedas locales funcionando de forma paralela y se declaró activo defensor de la bondad de este modelo para conseguir la estabilidad del sistema monetario global.

Lietaer, entre otros, ayudó a acuñar la definición de las monedas locales como “el dinero de la gente”, poniendo el énfasis en su carácter social. Porque uno de los aspectos más revolucionarios que consiguen este tipo de herramientas es recordar a la gente que el dinero es uno de los grandes inventos de la humanidad y que se puede crear simplemente por un acuerdo entre los miembros de la comunidad. La gente puede crear su propio dinero de una forma consciente y eficaz, con unas normas de uso claras, voluntarias y viables, y además controlarlo de una forma totalmente democrática.

Dos grandes tipos de monedas locales

Aunque no hay dos modelos de monedas sociales iguales entre sí, la mayoría comparten una serie de características que vienen marcadas precisamente por el carácter eminentemente social que tienen: la solidaridad y la sostenibilidad son valores esenciales en ellas. En general operan con una paridad 1:1 respecto a la moneda oficial, es imposible especular con ellas y suelen conllevar desincentivos para la acumulación como la oxidación (una especie de tasa de interés negativo). Algunas utilizan billetes de papel y otras mediante monederos electrónicos. En cuanto a su denominación, se suelen emplear indistintamente las expresiones de monedas locales, sociales o en algunos casos complementarias.

A nivel general, podemos definir dos grandes categorías (aunque pueden establecerse otras muchas en función del criterio de clasificación elegido): las monedas de crédito mutuo y las monedas complementarias.
En las de crédito mutuo la moneda se crea en el momento de la transacción, de tal forma que el que compra tendrá en su cuenta un saldo negativo por el valor de la transacción y el que vende un saldo positivo por el mismo valor. La suma de los saldos siempre tiene que ser cero. Se suelen establecer límites tanto a los saldos negativos como a los positivos para garantizar que todos aportan y se benefician del sistema de una forma más o menos equilibrada. Todo se basa en establecer una comunidad de confianza. En muchos casos utilizan sencillas cartillas donde se van anotando todas las transacciones, aunque luego haya un posterior control informático de las mismas. Uno de los ejemplos más llamativos de este tipo de monedas son los Bancos del Tiempo, donde la unidad monetaria es la hora. En España una de las monedas de este tipo de mayor éxito es El Puma, creada en el barrio del Pumarejo de Sevilla. Las hay con interesantes peculiaridades como la Mola (Hortaleza – Madrid) donde las monedas se generan a partir del reciclaje de materia orgánica o el Henar (Alcalá de Henares) donde parte de la masa monetaria se crea a través de un juego.

A las monedas complementarias les diferencia que están respaldadas en moneda oficial, algo que no ocurre con las de crédito mutuo. Así este tipo de monedas tienen una cuenta de respaldo en un banco tradicional, donde se depositan tantas unidades de moneda oficial como unidades de moneda local circulen en el sistema. Es un modelo más indicado para que el comercio local participe en la red, ya que tiene garantizado el rescate de sus fondos en moneda oficial cuando lo necesite. Ejemplos de monedas de este tipo son el Ekhi (Bilbao), el Jarama (Rivas Vaciamadrid), o el Boniato, la moneda del Mercado Social de Madrid.

Recientemente algunas entidades municipales también se están sumando al movimiento de creación de monedas sociales dando un importante respaldo institucional y sobre todo económico a su funcionamiento, con interesantes resultados. Algunas cuentan incluso con financiación de la Unión Europea. En España, dos ejemplos interesantes en este sentido son la Ossetana (San Juan de Aznalfarache) y la Grama (Santa Coloma de Gramanet). Por último, a escala europea podemos citar dos monedas complementarias de gran proyección mediática internacional: Bristol Pound (Reino Unido) y Chiemgauer (Alemania).

 

I JORNADAS DE ECONOMÍA SOCIAL Y SOLIDARIA de MOLINA DE SEGURA

El Ayuntamiento de Molina de Segura organiza junto a REAS y la EFIAP las Primeras Jornadas de Economía Social y Solidaria

Las Jornadas incluyen un Taller sobre contratación Pública Responsable, conferencias y mesas redondas, así como una Feria de la Economía Social y Solidaria

El Ayuntamiento de Molina de Segura, a través de las Concejalías de Comercio, Artesanía y Participación Ciudadana, en colaboración con REAS-Murcia (Red de Economía Alternativa y Solidaria) y la Escuela de Formación e Innovación de la Administración Pública (EFIAP) de la Región de Murcia, ha organizado las I Jornadas de Economía Social y Solidaria, que tendrán lugar los próximos días 9, 10 y 11 de noviembre.

Estas Jornadas reunirán en Molina de Segura a diferentes personas expertas, colectivos y entidades públicas y privadas, para poner en común experiencias en torno a la Economía Social Solidaria (ESS) y dialogar sobre sus posibilidades de futuro. Para ello se contará con la colaboración de diferentes entidades y empresas destacadas a nivel regional.

El objetivo es dar a conocer la perspectiva teórica y práctica de la ESS, así como los servicios y productos que ofrece el trabajo en red. Estas jornadas se estructuran en dos bloques: un Programa de Conferencias y mesas redondas sobre ESS, el jueves 9 y el viernes 10, y la Feria de la Economía Social y Solidaria, el viernes 10 y el sábado 11.

El programa de Conferencias se realizará en el Museo de Enclave de la Muralla (MUDEM) en torno a cinco los ejes temáticos, que aportarán una visión integrada de los principales temas que ocupan la práctica y la teoría de la Economía Social y Solidaria.

  • Políticas Públicas y ESS.
  • Agregación ciudadana y ESS.
  • La Economía será solidaria si es feminista.
  • Contratación Pública Responsable
  • El valor del dinero y las finanzas éticas.

Los ejes se desplegarán a través de diferentes conferencias y actividades, pensadas para públicos y distintos niveles de profundización. Además contamos con dos Talleres paralelos, dirigido a personal técnico de las administraciones públicas, entidades y empresas.

Precisamente, el personal empleado público que se inscriba y participe en la conferencias recibirá una certificación de 12 horas, acreditadas por la Escuela de Formación e Innovación dentro de su Programa de Jornadas del Plan de Formación 2017.

Las inscripciones a estas Jornadas serán gratuitas y se pueden realizar a través de la web de la EFIAPEste enlace se abrirá en ventana nueva o bien a través de la web http://portal.molinadesegura.es/Este enlace se abrirá en ventana nueva hasta el viernes 3 de noviembre.

En cuanto a la Feria de Economía Social y Solidaria se trata de un encuentro que pretende ser un referente para las entidades que se sienten parte del movimiento, con el objetivo de fortalecer y visibilizar productos y servicios representativos de la misma. Contamos con más de 20 expositores, que se podrán visitar durante viernes 10 por la tarde y sábado 11 en la Plaza de España durante todo el día

AUDITORIA SOCIAL – REAS (RED DE ECONOMÍA ALTERNATIVA Y SOLIDARIA)

http://www.auditoriasocial.net/

“La auditoría social es un proceso que permite a una organización evaluar su eficacia social y su comportamiento ético en relación a sus objetivos, de manera que pueda mejorar sus resultados sociales y solidarios y dar cuenta de ellos a todas las personas comprometidas por su actividad”. (New Economics Foundation)

Esta metodología tiene como objetivo servir de herramienta de caracterización de las organizaciones de Economía Solidaria, medir su impacto social en función de sus objetivos y de los medios utilizados para conseguirlos y servir como proceso de aprendizaje que puede ser integrado en el ciclo normal de la planificación, seguimiento y evaluación de nuestras entidades. Un punto de partida para el avance en el compromiso, la identidad y la comunicación; internamente desde el compromiso con los agentes que participan y externamente con las entidades de objetivos similares y con la sociedad en su conjunto.

El consumo desde lo colectivo

http://www.soberaniaalimentaria.info/numeros-publicados/58-numero-27/401-el-consumo-desde-lo-colectivo

Lectura en clave de sostenibilidad

Marian Simón Rojo

Formar parte de iniciativas agroecológicas como grupos de consumo autogestionados y huertos comunitarios induce cambios en los modos de vida, los patrones de consumo y la dieta. Quienes entran a participar, lo hacen siendo conscientes, al menos parcialmente, de los problemas sociales y ambientales asociados a los sistemas de alimentación global. Implicarse en proyectos de alterconsumismo y huertos comunitarios refuerza esa conciencia, la amplía a otros campos y les permite sentirse partícipes de la construcción de alternativas desde lo colectivo.  Mas-del-Rotgle-CS-Agusti-Hernandez

Mas del Rotgle, Castelló. Foto: Agustí Hernàndez la-llecua-cs

La Llécua, Castelló. Foto: Agustí Hernàndez

La alimentación se está convirtiendo en un potente vector de transformación social. O eso parece desprenderse del contenido de un creciente número de publicaciones y declaraciones que ensalzan el potencial de las redes alimentarias alternativas y de la agricultura urbana para conseguir ciudades y territorios más resilientes y que anuncian a su vez la configuración de una nueva geografía urbana y rural en torno a sistemas agroalimentarios emergentes. Como dice Mamen Cuéllar, «Se trata de una suerte de nuevo activismo desde la cotidianidad que participa en la construcción de una hegemonía alternativa».

Se suele escuchar que involucrarse en estas iniciativas induce cambios en la dieta y hace que adoptemos estilos de vida y hábitos de consumo menos insostenibles. Es una afirmación basada sobre todo en percepciones personales, sin que por el momento haya suficientes datos y estudios que la corroboren. Hacer visible esa correlación, sustentándola con datos, reforzaría los argumentos de los movimientos sociales, que reclaman apoyo para este tipo de iniciativas y que intentan introducir la agroecología y la soberanía alimentaria en la agenda política.

BUSCANDO RESPUESTAS

Formar parte de un proyecto agroecológico o de un grupo de consumo, ¿influye en el estilo de vida?

Con esa inquietud en la cabeza, desde Surcos Urbanos realizamos un estudio en 2015 para descubrir si formar parte de un proyecto agroecológico o de un grupo de consumo influye en el estilo de vida. Se confeccionó un cuestionario con preguntas sobre dieta y hábitos de consumo (ingesta de carne, productos de temporada y compra en tiendas de barrio), participación en actividades (creación o refuerzo de lazos comunitarios) y voluntad de reducir la desigualdad (atención prestada a las condiciones laborales de quienes cultivan y producen).

El cuestionario fue enviado por correo electrónico a redes y grupos organizados. Nos centramos en tres tipos de proyectos:

• Cooperativas integrales que abarcan producción, distribución y consumo, y son iniciativas de agricultura apoyada por la comunidad. La autogestión es un tema clave y normalmente adoptan estructuras horizontales y asamblearias. Tanto las decisiones como los problemas y los riesgos se comparten entre todas.

• Grupos de consumo, autogestionados según principios de solidaridad social y sostenibilidad ambiental, sin ánimo de lucro y no comerciales. Se organizan para comprar directamente. Aunque algunos de sus participantes lo sean por puro pragmatismo, para conseguir productos ecológicos a mejores precios, lo normal es que entre sus motivaciones figure el apoyo a productores y productoras.

• Huertos comunitarios gestionados colectivamente. En la mayoría de los casos se trata de iniciativas generadas por grupos de base en solares o espacios abandonados de la ciudad. La producción de alimentos es relativamente escasa y de autoconsumo, pero son espacios de aprendizaje y socialización.

Durante dos meses se mantuvo el cuestionario abierto y recibimos más de 250 respuestas de todo el Estado, un 54 % desde el área metropolitana de Madrid. La mitad de las respuestas (53 %) corresponde a personas implicadas en grupos de consumo, un 12 % en huertos comunitarios o cooperativas integrales y el 34 % participan en ambos tipos de proyectos. La mayoría (43 %) llevan entre 1 y 3 años en el proyecto y un 36 % entre 3 y 10 años, mientras que en torno al 10 % llevan menos de 1 año o más de 10 años.

REDUCIR LA HUELLA ECOLÓGICA DE LA ALIMENTACIÓN

Los resultados son contundentes: participar en una de estas iniciativas de alterconsumismo o de huertos induce cambios en los hábitos de compra de alimentos; el 84 % de los participantes han aumentado su consumo de productos de temporada y un 60 % compra más en tiendas de barrio. También se ve un efecto claro en la dieta: el 15 % ya eran vegetarianos, pero otro 60 % indica que participar en estas iniciativas les ha llevado a reducir su ingesta de carne (y con ello reducen la presión sobre los recursos naturales, suelo, agua, etc.). Especialmente quienes se abastecen a partir del sistema de cestas fijas (sin pedidos individualizados) acaban comiendo más verduras y más diversas, con «variedades hortícolas que desconocíamos o no comprábamos por desconocer su forma de preparación». También es una vía de educación para «salirnos del berenjena-tomate-pimiento-calabacín 365 días al año. Eso no es sostenible desde luego, aunque lleve la etiqueta “eco”, “integrado”, “biodinámico”, etc.».

El propio funcionamiento de los grupos permite reducir notablemente el empleo de envases y la generación de residuos. Y eso se traslada a otras compras «intentando evitar productos con envasado excesivo y plásticos».

Hay otros aspectos, como las pautas de movilidad, que son más complicados de cambiar: solo un 29 % ha reducido su uso del coche privado. Si se suma esta cifra al 20 % que nunca lo usaba ya antes de unirse al proyecto, el cuadro resulta más optimista.

AMPLIAR LA TOMA DE CONCIENCIA

Varias respuestas, todas procedentes de personas de cooperativas integrales, expresamente se refieren a ellas como oportunidades para «construir conscientemente espacios de relación e intercambio al margen de las reglas del mercado». De una manera más general, sirven para ampliar la toma de conciencia sobre los problemas de desigualdad que acarrea el sistema alimentario globalizado: el 68 % dice que desde que forman parte de uno de estos colectivos de alimentación alternativa o de un huerto, tiene en cuenta las condiciones laborales de quienes producen los alimentos (otro 26 % ya lo tenía en cuenta antes).

De las respuestas se desprende que participar en estas iniciativas ha cambiado la actitud hacia la comida y quienes la cultivan: «Valoro mucho más lo que como, aprovecho mejor la comida, sé lo que cuesta que la tierra te dé alimento», «Utilizo mejor la comida, ahora no hay desperdicio en casa» y aprecian «compartir y colaborar con los productores de la zona, poniéndolos en valor».

APRENDIZAJE Y REFUERZO EN COLECTIVO

Se puede hacer un recorrido de los cambios que se generan, desde la escala de barrio hasta el ámbito más interior de la satisfacción personal. De acuerdo con el estudio, este tipo de iniciativas refuerza «la sensación de pertenencia» y las redes comunitarias de barrio… o del territorio: «Nos ha hecho implicarnos y empatizar con muchísimos proyectos que están generándose en la isla». Es probable que quienes responden a la encuesta sean precisamente las personas más comprometidas y activas; tal vez eso ayude a explicar que prácticamente todas las respuestas hablan en positivo con relación a la vida de barrio: el 59 % participa más en actividades locales y otro 39 % ya era muy activo antes de incorporarse al proyecto.

Formar parte de un grupo es un método de aprendizaje y reflexión en comunidad. Si algo destaca sobre todo lo demás, es el componente colectivo de las iniciativas, algo que aprecian especialmente y que les permite sentirse «parte de una construcción y transformación social». El espacio colectivo «refuerza el compromiso político y ecologista que ya tenía» y compartir experiencias facilita que esa conciencia alterconsumista se haya «extendido a otros campos de nuestra vida como cuestiones relacionadas con la ropa o los juguetes».

Y no menos importante, son múltiples las respuestas que destacan el efecto sobre el bienestar interior: «Nos ha aportado también más felicidad, más risas, más enriquecimiento personal, ir más tranquilos» y dicen vivir más felices por sentirse «partícipes de un cambio», por «el compartir personal y un acompañamiento humano y cercano». Como sintetiza uno de los participantes: «Quizá no sea revolucionario, o no vaya a cambiar el mundo, pero entre tanto participar en colectivo de un grupo de consumo responsable nos une, nos forma, teje red social y nos da momentos de felicidad».

¿IR MÁS ALLÁ DE «LOS DE SIEMPRE»?

Asomarse a una asamblea de cooperativa o a un día de reparto deja ver, dentro de la diversidad, que sus participantes comparten rasgos reconocibles (lenguaje, actitud e incluso estética), pero ¿qué dicen los datos?, ¿se puede identificar un «actor sociopolítico» detrás de estos proyectos? Desde un punto de vista meramente cuantitativo, y de acuerdo con las respuestas, son proyectos apoyados por las clases medias con alto nivel educativo (más del 80 % tienen estudios universitarios). Aunque las condiciones laborales son cada vez más precarias, todavía un porcentaje nada desdeñable (45 %) tiene trabajo estable.

Son mayoría las respuestas de mujeres (65 %). Teniendo en cuenta que (sorprendentemente) apenas hay hogares unipersonales, parece que ellas son más proclives a sumarse a estas iniciativas o tal vez persista un sesgo por género y todavía son mujeres quienes llevan la carga de los cuidados en el hogar, incluso en entornos «alternativos».

Más allá de estos datos, parece que con carácter general, a estas iniciativas «se apuntan personas ya sensibilizadas con los temas de consumo y ecología». Aunque luego los intereses puedan ampliarse, la concienciación previa es esencial: «Mi consumo no es más responsable por hacerme de un grupo de consumo, he buscado y encontrado un grupo de consumo por querer mantener un consumo responsable».

Sus participantes añaden a la concienciación una notable dosis de compromiso, ya que formar parte de estos proyectos, que tienen un componente importante de autogestión, exige una dedicación considerable de energía y tiempo, pues parte del trabajo es asumido entre todas (sobre todo tareas de distribución y organización). Como se ha visto, sin duda es enriquecedor compartir tareas y tiempo «con otros vecinos y amigos permitiendo una mayor socialización e integración en el barrio». Pero el balance entre esfuerzo, trabajo, dedicación, precio y cantidad de comida obtenida no siempre está claro y hace que algunos proyectos sean en la práctica ejercicios de activismo político solo asumibles por personas muy motivadas. Incluso con un nivel alto de concienciación, a veces se hace inviable la participación «me acabó resultando insostenible en lo personal y en lo familiar, por falta de tiempo para asistir como los demás y aprovechar plenamente los productos, etc.»

Es decir, por sus características (nivel de compromiso, dedicación, horarios limitados de reparto, etc.) son opciones para una minoría, difícilmente extrapolables a toda la población. Eso hace que, aunque casi todos los proyectos y redes alimentarias alternativas hayan emergido desde los movimientos sociales, se escuchen cada vez más voces que plantean la necesidad de que los gobiernos locales reaccionen y las promuevan, para lograr un mayor impacto. Una demanda que no se libra de las críticas, pues también se acusa a las redes alimentarias alternativas de ser objeto de interés de las clases medias y medias-altas. Más allá de esa crítica, queda en el aire la duda de cómo sería posible promoverlas y favorecer una transición agroecológica de los sistemas alimentarios sin perder el carácter holístico en que la alimentación es parte de un proceso de transformación integral, algo que sí consiguen estas alternativas alterconsumistas, cuando son experiencias desde lo colectivo que van más allá de «comer ecológico».

Marian Simón Rojo

Surcos Urbanos

https://surcosurbanos.wordpress.com

NOTA: La autora agradece su apoyo a quienes generosamente respondieron a la encuesta, y muy especialmente a quienes se hicieron eco y difundieron el llamamiento en sus colectivos y territorios. Solo podemos ponerle nombre a una pequeña parte: Fiorella, en Granada; Glenda, en Sevilla, Pablo Llobera, de la Red de huertos de Madrid; Franco, de TERRAE; Jon, del SaS; José Daniel, de la RAC, y un buen puñado de compas del BAH!