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Carlos FresnedaActualizado: 12/04/2014

Unas reclaman libertad para las semillas, otras cultivan en los tejados. Unas exploran los entresijos de la ciudad verde, otras buscan la sostenibilidad en los barrios marginales, en las ecoaldeas bucólicas o en la antesala del Ártico. Unas combaten el hiperconsumismo, otras propugnan la reconciliación de tecnología y naturaleza. Son las ecoheroínas que defienden con pasión el presente y el futuro del planeta.

ECO LUCHADORASAnnie Novak, la granjera en el tejado

Los tallos de las coles y los palos de las tomateras se levantan a sus pies como un ‘skyline’ vegetal, con el Empire State y todos los ‘totems’ de Manhattan rasgando el cielo detrás, recordándonos lo cerca que queda la ‘civilización’… Estamos realmente en Brooklyn, sobre el tejado/granja de Eagle Street, recogiendo la cosecha a cinco pisos de altura. El cinc caliente dejó paso hace dos años a la felicidad de la tierra, con el sudor de Annie Novak y su tropel de voluntarios, que cargaron con sacos y más sacos por las escaleras hasta cubrir los 2.000 metros cuadrados que ocupa la huerta. «Esto era un tejado inhóspito y sellado con alquitrán como cualquier otro», recuerda Annie Novak, «hizo falta mucho esfuerzo y un poco de imaginación para convertirlo en lo que ahora es. Pero cualquiera puede cultivar en una azotea: basta con un buen aislamiento y un puñado de semillas».

Nacida en Chicago hace 30 años y forjada como agricultora en Ghana, Novak pertenece a esa nueva generación de granjeros urbanos inmortalizada en el documental ‘The Greenhorns’. Las mujeres llevan la voz cantante en este movimiento.

Vandana Shiva, ‘libertadora’ de las semillas

Lo primordial es la semilla. Esta activista india no se cansa de repetirlo: «Ha de tener libertad para reproducirse a sí misma y multiplicarse. Estamos hablando de un bien común, como el agua o el aire, no de algo que pueda patentarse o por lo que se cobren royalties». Vandana Shiva, nacida en Dehradun en 1952, recorre incansable el mundo con ese mensaje. Su campaña por la libertad de las semillas (‘Seed Freedom’) arrancó el otoño pasado y eligió Mallorca para la lanzar su proclama: «Lo más revolucionario es un huerto. Porque cultivar es una expresión de las posibilidades y del potencial de cada uno frente a la dictadura alimentaria. Garantizas tu propia comida. Y, de paso, te procuras tus semillas y empoderas a tu comunidad, y cultivas al mismo tiempo esperanza y resiliencia en estos tiempos críticos».

Tres largas décadas lleva Vandana Shiva defendiendo los derechos de los campesinos y reclamando la libertad de las semillas en su país con Navdanya, la organización que ha instruido a medio millón de agricultores en el arte de la soberanía alimentaria. En la India, sin ir más lejos, se han creado 54 bancos de semillas como desafío a la invasión de los monocultivos de transgénicos, y en respuesta a la plaga de suicidios entre los campesinos por ruina económica.

Sylvia Earle, su majestad de las profundidades

Si Jacques Cousteau llegó a ser el rey Neptuno, ella es su Anfítrite, la reina de los mares. Todo fluye alrededor de esta mujer de voz ondulada y sonrisa sabia, que parece estar dibujando con sus manos medusas, esponjas y otros seres indescifrables. A los 78 años, y después de más de 7.000 horas bajo el agua, se podría decir que una especie de ingravidez se ha apoderado de la gran protectora de los océanos, autora del Atlas más apasionante de la vida marina.

«Bajar a grandes profundidades es como ser uno con el universo, fundirse de alguna manera con la matriz creadora». Con dos pinceladas, Sylvia Earle es capaz de iluminar los fondos abisales y transmitir esa pasión líquida que bebió de niña y que aún se refleja en sus ojos. Los científicos, asegura, son «niños que han conservado la capacidad de asombro».

De modo que de mayor quiso seguir siendo «niña», aunque para ello tuviera que saltar barreras no precisamente coralinas, y superar estigmas como los que impedían a las mujeres codearse con los hombres en las universidades. En 1970, en un acto de feminismo submarino, participó en la primera misión de ‘acuanautas’ integrada por mujeres. Desde entonces no ha dejado de fulminar récords de profundidad, en buceo o con sumergible, y de romper nuevas fronteras, como la de convertirse en directora científica de la NOAA, la NASA de los océanos.

En los últimos 20 años, su pasión se ha desdoblado entre la exploración y la divulgación. Y pese a todos los misterios que siguen encerrando los océanos, lo que más le intriga es el desdén de la especie humana hacia la fuente primaria de la vida: «Hemos acabado con el 90% de los grandes peces y todos los años arrancamos cien millones de toneladas de vida marina. A cambio, depositamos millones de toneladas de plásticos y de desechos en los océanos… Los mares son los grandes reguladores del clima, de modo que más nos vale cuidarlos. Tan importante como preservar los bosques es mantener la integridad de los océanos».

Annie Leonard, adiós al consumismo

Cambiar las bombillas, comprar productos biológicos o locales, abonarse a una cooperativa de consumo, compostar la basura en casa. Annie Leonard hizo todo eso y mucho más, pero no notó un gran cambio más allá de su entorno personal. Las pequeñas acciones están bien, aunque no son suficientes ni van a servir para «salvar el planeta», como leemos en las guías engañosas del perfecto consumidor verde. Si los cambios se quedan en uno mismo, nos valdrán para lavar nuestra conciencia. Poco más.

Al menos eso es lo que piensa la autora de La historia de las cosas, crítica implacable del hiperconsumismo. «Comprar mejor y de un modo más consciente no es suficiente. Tampoco basta con ‘ser el cambio que quieres ver en el mundo’, como decía Gandhi. Hay que ‘hacer’ el cambio, y eso solo es posible pasando a la acción colectiva», clama. A sus 49 años, Leonard se ha ganado a pulso su reputación como la comunicadora más directa y efectiva al servicio de la causa ecológica. Sus documentales animados se han convertido en fenómenos virales en la red (puedes ver La historia de las cosas en youtu.be/k_rbYcBi-Jw). La última entrega es La historia de las soluciones, donde vislumbra un nuevo paradigma que podría cambiar de un plumazo el modo en que funcionan las empresas y las sociedades humanas: hacerlo mejor.

Odile Rodríguez de la Fuente, en el nombre del padre

No podemos ir de salvadores del planeta. Ni tampoco pensar sistemáticamente que el hombre, como el lobo en tiempos, es el enemigo. En todo caso conviene hacer un ejercicio de humildad. Abrir los ojos y activar los sentidos. Conectar con el entorno y sentir en nosotros mismos el reflejo de la naturaleza.

«El reto es restablecer la armonía entre el hombre y la Tierra», recuerda Odile Rodríguez de la Fuente, ante la mirada cercana y perpleja de Félix. Al frente de la fundación que lleva el nombre de su padre, ella se ha propuesto no solo mantener viva esa conciencia ecológica a la que tanto contribuyó el programa de televisión ‘El hombre y la Tierra’, sino avanzar hacia una ética ambiental que coloque la naturaleza en el centro de toda actividad humana.

«Hace falta un grandísimo esfuerzo de educación y comunicación ambiental, y para mí el paradigma sigue siendo mi padre», asegura Odile. «Félix lanza mensajes atemporales y profundamente humanistas. Nos transmite la emoción de la vida y nos habla sobre todo del vínculo y la empatía con el medio natural. Creo que su mérito fue hacernos ver a nosotros mismos en el espejo de la naturaleza».

El desarrollo rural es precisamente una de las piedras angulares de la Fundación Rodríguez de la Fuente, que abarca desde la marca de garantía ‘ConSuma Naturalidad’ al programa ‘Emprender para conservar’, pasando por ‘EnArbolar’, una campaña de sensibilización, veneración y conservación de los «grandes árboles para la vida» o la plataforma ‘MiTierra Maps’, el proyecto ‘Bosquescuela’ y la revista digital ‘Agenda Viva’.

Liz Walker, ‘alcaldesa’ de la ecoaldea

Aprendió de pequeña a ver la vida desde lo alto de un pino de 25 metros en el patio trasero de la casa de sus padres, en Vermont. Allí destiló la savia de la América progresista y el espíritu comunitario de los cuáqueros, mucho antes de que empezara a hablarse de la ‘sostenibilidad’. En Perú se familiarizó con la justicia social y en California militó en el movimiento antinuclear. Hasta que decidió pasar a la acción con otros 150 ‘peregrinos’ que recorrieron EEUU en la Caminata Global Para Un Mundo Vivible, ideada con el objetivo de convencer a sus compatriotas de que hay vida más allá del consumismo rampante.

Al llegar a Itaca, a cuatro horas de Nueva York, tuvo la sensación de haber alcanzado la meta. Allí, Liz Walker y su compañera de fatigas Joan Bokaer decidieron fundar hace 22 años la Ecoaldea de Itaca.

Los 170 vecinos del lugar, distribuidos en tres barrios (Frog, Song y Tree), utilizan el 40% de los recursos del americano medio, se abastecen parcialmente de energía solar, cultivan gran parte de sus alimentos en granjas, reciclan y compostan su basura orgánica, comparten transporte… «Itaca era ya una ciudad en transición antes de que existiera ese movimiento», asegura Liz. «La gente está muy concienciada de que vivimos en un momento crítico y hay que evolucionar hacia otro modelo más sostenible, aprender a vivir de un modo simple y eficiente. Lo que hemos hecho aquí se puede lograr en cualquier parte del mundo», concluye.

Sarah James, la voz del Ártico

La suya es «la nación del caribú». Pertenece a los Gwich’in, la tribu india más septentrional del continente americano, y desde hace más de 20 años recorre el mundo para alertar contra los peligros que acechan su hábitat, el Refugio de Vida Silvestre del Ártico, cercado por una doble amenaza: las prospecciones de petróleo y el cambio climático. «La población del caribú se ha reducido casi a la mitad, de 189.000 a 100.000 cabezas en apenas dos décadas, y esa es para nosotros una cruel advertencia», asegura Sarah James, 68 años, que suele presentarse con ironía como la ‘auténtica Sarah de Alaska’ (en referencia a la exgobernadora Sarah Palin).

La pérdida del caribú «sería como la del búfalo, que acabó con muchas culturas indígenas en el Oeste americano», advierte. «Si desaparecen ellos, también nosotros», sentencia. La nación de los Gwich’in se extiende en un espacio indómito de 78.000 kilómetros cuadrados en el norte de Alaska. Viven repartidos en 15 aldeas, apenas perceptibles a vista de pájaro, en una zona protegida en su día por Eishenhower y acechada desde la era de George W. Bush. Por encima de ellos solo quedan los inuit (esquimales).

Sarah James invita a todos los escépticos a que viajen a Alaska para comprobar de primera mano los efectos del cambio climático: «Los animales están hambrientos, confusos y desorientados. Los caribús no encuentran forraje con que alimentarse. La taiga se está secando y los incendios duran todo el verano. El permafrost (la capa permanentemente helada) se está derritiendo y emitiendo grandes cantidades de metano. El sur está subiendo hacia el norte».

Wendy Brawer, la exploradora de la ciudad verde

Cambiaba día a día ante sus ojos. Desde su bicicleta y en su propio barrio, el Lower East Side de Manhattan, fue testigo de esa insospechada metamorfosis de la ciudad que empezó a cuajar hace 20 años y que nadie se había atrevido a explorar. Hasta que la inquieta diseñadora gráfica, con una querencia especial por la ecología urbana, decidió hincarle el diente a la Gran Manzana Verde. Así nació Green Maps, la incubadora de los Mapas Verdes, propagados ya por 700 ciudades y 55 países. Lo que empezó como un simple plano, con la sana intención de conocer mejor la vertiente ecológica de Nueva York, ha terminado fraguando en una poderosa red gobal y en un catalizador para el cambio en las comunidades locales de todo el mundo, de Barcelona a Pereira (Colombia), de Tokio a Mandala Borobudur (Indonesia), de Santiago de Chile a Guangzhou (China)…

«El punto de partida es así de elemental: conoce mejor tu entorno», afirma Wendy Brawer en la oficina neoyorquina de Green Maps. «Pero a partir de ahí se ha generado una historia muy poderosa y una simbología de alcance universal. Los mapeadores verdes no se limitan a registrar lo que hay, sino que iluminan también las carencias y ayudan a visualizar la ciudad posible». La evolución de la Nueva York ecológica en las dos últimas décadas es un clarísimo ejemplo. En el primer mapa de la Gran Manzana, fechado en 1991, apenas había 145 puntos de interés ‘verde’. En la última edición superan ya el millar. Y en la versión interactiva, el número se dispara: 700 jardines comunitarios, más de 650 kilómetros de carriles-bici, 85 cooperativas de consumo, 50 huertas urbanas, 25 mercados de granjeros. Las ciudades están cambiando mucho más rápido de lo que sospechamos», asegura Brawer. «Los mapas verdes son un intento de abarcar y abrazar esa transformación, de promocionar las iniciativas locales, de trabajar y cooperar por un futuro más sostenible que se está abriendo paso a la vuelta de la esquina», afirma, segura de sus palabras.

Majora Carter, una historia del Bronx

Nació en South Bronx allá por 1966, cuando aquello era poco menos que una zona de guerra. «Lo de Fort Apache no era un tópico, así es como quedó el barrio: todo lleno de ruinas humeantes y socavones, como si hubieran caído bombas», describe.

Muchos se fueron. Pero Majora Carter se quedó con su familia, a tiempo de presenciar la lluvia de vertederos, cementeras, plantas de tratamiento y toda la escoria de la ciudad que fue a parar allí. Sustainable South Bronx, la organización que creó hace más de una década, organiza aún hoy los famosos ‘tour tóxicos’, para quien quiera respirar a pleno pulmón en el distrito con mayor índice de asma infantil de Estados Unidos.

Majora sigue allí, instalada bajo la ruidosa y contaminada Bruckner Expressway, al frente de su consultoría ambiental y viendo nacer los brotes del Corredor Verde que dejará irreconocible el barrio. «No tienes que mudarte a una zona mejor para llevar una vida mejor, ese es mi lema», recalca la activista, al frente durante años de ese movimiento que llaman justicia ambiental. Las mujeres, asegura, están siempre dispuestas a dar el primer paso: «Ahí tienes el ejemplo de Rosa Parks. Nosotras vivimos los problemas más de cerca que los hombres y tenemos respuestas directas». De mente práctica, heredera del espíritu de la lucha por los derechos civiles y buscando al mismo tiempo soluciones económicas, su proclama ‘Greening The Ghetto’ se ha extendido a las comunidades afroamericanas de las ciudades más castigadas, de Nueva Orleans a Detroit. Tiene un programa en la radio con el nombre de ‘La tierra prometida’.

Janine Benyus, la madrina de la ‘biomímesis’

«Pregunta al planeta: allí están todas las respuestas». Es el consejo ancestral y práctico de la madrina de la biomímesis, ese concepto acuñado hace un par de décadas pero tan viejo como la vida en la Tierra. La sabiduría natural es una tupida enciclopedia, y aunque los conocimientos de la biología se duplican cada cinco años, no hemos hecho más que empezar a catalogar los seres vivos y sus infinitas estrategias.

«La biomímesis no se plantea qué podemos extraer de los organismos y de sus ecosistemas, sino qué aprender de ellos», asegura Janine Benyus. «En este nuevo paradigma de la ciencia, los biólogos son nuestros ojos y los innovadores, los diseñadores industriales, los químicos, los arquitectos o los urbanistas son nuestras manos para encontrar las soluciones que tanto necesitamos en un momento tan crítico».

Turbinas que se inspiran en aletas de ballena. Células solares que aspiran a emular la fotosíntesis de las hojas. Sistemas de ventilación natural inspirados en los termiteros de África. Paneles de aislamiento que reproducen los hexágonos de las colmenas. Captadores de agua que replican el caparazón de los escarabajos del desierto…

Desde que publicó ‘Biomímesis’ en 1997, Janine Benyus se ha convertido en la obligada referencia mundial de este nuevo mundo en el que la ecología y la tecnología avanzan de la mano. Desde su lugar en la tierra en Montana, dirige al alimón el Biomimicry Institute, centrado en la investigación y la educación, y el Biomimicry Guild, volcado en la asistencia a la inmensa panoplia de compañías que han decidido seguir el camino de la naturaleza.