Editorial – La Fertilidad de la Tierra nº 49 – verano 2012

Hace ya diez años que el actual Ministro de Agricultura, Alimentación y Medio Ambiente, Miguel Arias Cañete, presentó el Libro Blanco de la Agricultura y el Desarrollo Rural. En el mismo se recogía un abanico de intenciones que de no conocer a quien las firmaba podría habernos hecho pensar que se iniciaba el camino para solucionar los problemas del medio rural. Se afirmaba, y está firmado en el Libro Blanco: “el sector agrario y el mundo, los agricultores y los ganaderos, los jóvenes y las mujeres rurales necesitan hacer llegar a la sociedad española el mensaje de que saben y pueden hacer nuevas cosas y poner en marcha más iniciativas para que puedan aportar a todos, consumidores y habitantes rurales y urbanos, no solo sus productos, de calidad y sanos, sino también sus paisajes diversos, un medio ambiente cuidado y los valores de su forma de vida, su patrimonio y cultura, y todos los elementos de su actividad multifuncional”.

Este reconocimiento a las personas que trabajan y viven en el medio rural –como guardianes de los lugares, de una cultura que cuida los alimentos y los paisajes-, debe trasladarse especialmente a los agricultores y agricultoras ecológicas, con unos principios y valores comprometidos en la salvaguarda del entorno. Pero este reconocimiento a un sector, que incluso en estos momentos de crisis aporta empleo y riqueza, no acaba de llegar a las administraciones, no asumen la vital importancia de proteger los valores del medio rural.

El día a día de los pueblos del medio rural, es algo peor que vivir en el abandono y el olvido, es un largo proceso de deterioro con el cierre de escuelas, merma en servicios sanitarios, merma de tierras cultivables con proyectos urbanísticos, viales, canteras, incineradoras, pantanos, líneas de alta tensión… Cada vez nos encontramos a más agricultores o ganaderos con pancartas no ya para reivindicar reconocimiento y mejoras en los precios, sino para frenar desesperadamente actividades que les llueven como puñales del insostenible mundo urbano. Ahora mismo en Galicia tienen la amenaza de fumigaciones desde helicópteros con productos tóxicos para personas, abejas y cultivos para limpiar las “fábricas” de eucalipto; en Alsasua (Navarra) o en Ampudia (Palencia) se pelea contra la incineración de residuos peligrosos en una cementera, que afectaría a la salud de la población y a entornos rurales de producción de alimentos; también en zonas de gran riqueza natural hay proyectos con métodos de extracción de gas como el fracking, que equivale a un “usar y tirar” dejando tierra y agua contaminadas. O la amenaza de Eurovegas, por el que los políticos se disputan quién dará mejores licencias y mayor extensión de tierras, cuando son un legado de nuestros descendientes y, concretamente en Barcelona, el último cinturón verde que queda a esta urbe y además un vergel ecológico en expansión.

Muy claro lo ha dicho Vandana Schiva, “debemos proteger el sustento de los que nos dan alimentos buenos”. Y esto va dirigido a los consumidores. También alerta, “lo que comemos es lo que apoyamos. Hay pequeñas acciones que, multiplicadas por todo el mundo, pueden empezar la revolución alimentaria. ¡Hagámosla juntos!”.

Es tiempo de movilización, de implicación, porque también hay victorias. Como las que Vandana Shiva ha logrado y se narran en su biografía que acabamos de editar. En las plataformas y colectivos que buscan frenar proyectos en el medio rural que amenazan las tierras, el agua, los elementos que hacen posible la vida, ya están activos muchos agricultores ecológicos sensibles con lo que sucede y nos implica a todos. Reconozcamos su mérito y sentiremos que el respeto que hasta ahora se les ha negado es la vía. Conocer las necesidades mutuas nos llevará a unir campo y ciudad, y a desempolvarnos de ese desánimo que forma parte del mismo proceso de deterioro y menoscabo.