Una región inhóspita

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Las instituciones están conformadas para otros objetivos, por eso los departamentos y las políticas de medio ambiente carecen de peso político y presupuestario, y no existen verdaderos planes de actuación por el clima y por la transición energética

patricio hernández

“Es mucho peor de lo que imaginas”. Así comienza un libro sobrecogedor que todos deberíamos estar leyendo. Es El planeta inhóspito, del periodista norteamericano David Wallace-Wells. Y, claro, habla del cambio climático. Es tal la amenaza que representa para nosotros y para todas las formas de vida sobre el planeta, y se ha convertido, conforme se suceden los informes científicos, en una emergencia tan acuciante que no se debería hablar de otra cosa si fuéramos conscientes de la responsabilidad que hemos adquirido.

Ni viene de un remoto pasado ni es un problema al que deberán hacer frente en el futuro nuestros descendientes. El 50% del CO2 expulsado a la atmósfera por la quema de combustibles fósiles corresponde a las tres últimas décadas. Y desde la Segunda Guerra Mundial hemos emitido el 85% de este gas. Una generación humana, dice Wallace-Wells, ha creado el problema, y una generación humana tiene la responsabilidad de evitar la catástrofe climática, y es la nuestra.

Once años para evitar situaciones irreversibles, eso dicen los informes del IPCC. Pero no vamos en esa dirección: el Protocolo de Kioto (1997) no logró sus objetivos, como tampoco lo va a hacer el Acuerdo de París (2016). Los temidos dos grados de aumento de las temperaturas casi sería la situación más deseable de las posibles. Aunque redujésemos drásticamente las emisiones, el escenario más probable es de 4º o 5º de aumento a finales de siglo. Y las consecuencias serían de verdad terribles. Lo que se llama nuestro ‘tiempo de reacción’, nuestra lenta toma de conciencia y respuesta, no es compatible con la exigua ventana de oportunidad que tenemos abierta para tomar medidas decisivas (esa ventana de oportunidad, metáfora que vino con el 15M, hay que convertirla ahora en ‘ventana de socorro’ para romper y escapar, dicen Hector Tejero y Emilio Santiago).

Lo que define el modo de actuar de los humanos, según el sociólogo Harald Welser, no son las condiciones objetivas de la situación, sino la manera en que los humanos perciben e interpretan estas condiciones. Y las estamos interpretando mal, a pesar de lo que nos dice un amplio consenso científico al que hacemos caso omiso.

El escenario regional. Acerquémonos a nuestro escenario, la Región de Murcia. ¿Hay alguien que crea que el Gobierno regional y los gobiernos locales se han tomado en serio el cambio climático y actúan en consecuencia? A pesar de estar en una de las áreas más vulnerables del planeta y del país, a pesar de que se nos ha advertido que estamos en la zona más amenazada por las inundaciones, que puede afectar a 330.000 personas en los próximos diez años entre Valencia, Murcia y el oriente andaluz, según el Observatorio de la Sostenibilidad; a pesar de que ya hemos visto el colapso del Mar Menor por la conjunción de los abusos en la gestión del territorio, la locura del beneficio a costa de lo que sea, la desidia política de las instituciones y los fenómenos naturales extremos que se prevén cada vez más frecuentes e intensos; a pesar de que los informes hablan de que el turismo y la agricultura, dos sectores básicos de la economía regional, se verán profunda y negativamente alterados por el aumento de las temperaturas que ya es de 1,5º, ¿qué papel juega la lucha por mitigar y adaptarnos a los efectos del cambio climático en la región? Prácticamente irrelevante. ¿Cuánto tiempo necesitarán nuestras instituciones para cambiar radicalmente sus prioridades? Más del que disponemos, eso es seguro. Esos once años son apenas dos legislaturas y media: nadie puede creer que sea tiempo suficiente para la profunda transformación que debieran pilotar esas instituciones.

Modelo desarrollista. Nuestros actuales gobernantes vienen de una cultura política en la que estos temas no existían. En realidad saben muy poco de todo esto, y siguen instalados en las inercias del pasado. Las mismas instituciones están conformadas para otros objetivos, por eso los departamentos y las políticas de medio ambiente carecen de peso político y presupuestario, y no existen verdaderos planes de actuación por el clima y por la transición energética. Nuestro modelo sigue siendo el desarrollista: más autovías, nuevo aeropuerto, nuevo macropuerto, más urbanizaciones y más recursos para artificializar más espacios naturales y regar nuevos campos. Este es el sentido común hegemónico. El dios al que servimos es el PIB, y aumentarlo como sea es nuestra religión, justo cuando todo está más cuestionado pues es ya evidente que no podemos seguir creyendo en el consumo ilimitado de recursos, sino pensar en formas justas de decrecimiento. Mientras no cambien los dioses, como dijo Ferlosio, nada ha cambiado. Necesitamos una revolución cultural que reordene nuestro valores, cambie los actuales marcos interpretativos y defina un nuevo horizonte colectivo. Sólo así se conseguirá hacer políticamente posible lo que es ecológicamente necesario.

Estamos desarmados. El mayor acelerador de estos procesos debía ser una ciudadanía exigente y movilizada, que presionara a los Gobiernos, pero ya vemos que no es el caso. En nuestra sociedad actual de esferas separadas, reforzadas por la emergencia del nuevo paradigma digital y de la redes sociales que favorecen las burbujas de afinidad que lo son también de aislamiento, es aún una minoría la que tiene esa conciencia de la urgencia en reaccionar. La mayoría es capaz de votar, como acaba de ocurrir en la Región de Murcia, a un partido negacionista, y otorgarle la segunda posición al mayor responsable de todos los desastres ambientales acumulados, que son muchos y muy graves. Juntos suman más del 50% del electorado. El malestar acumulado puede producir estas reacciones populistas y reaccionarias, como acaba de ocurrir aquí, que nos hemos convertido en el territorio políticamente más extremo-derechizado del país.

Hace años que llegué a la conclusión de que el sistema político murciano (por razones que son largas de explicar) es incapaz de producir los cambios imprescindibles que necesitamos. Aquí toda esperanza ha de venir de fuera, del Gobierno de España, de las leyes que apruebe el Parlamento, de la Unión Europea. Tienen que forzarnos a cambiar, ya que no somos capaces de hacerlo solos. En esto es en lo que mejor se aprecia que somos una comunidad políticamente atrasada, socialmente resistente, culturalmente lastrada. Y por eso nos enfrentamos desarmados a la mayor amenaza de nuestra historia como región que es el cambio climático que ya está pasando y que puede convertirnos en una región inhóspita.