La sucia cosecha de Europa. El sufrimiento tras el negocio de frutas y verduras

https://www.ardmediathek.de/tv/Reportage-Dokumentation/Europas-dreckige-Ernte/Das-Erste/Video?bcastId=799280&documentId=53915236

Un documental de la televisión pública en Alemania denuncia la explotación a los inmigrantes en la agricultura española

https://www.eldiario.es/internacional/documental-Alemania-explotacion-agricultura_0_793021006.html

El documental retrata las condiciones de los temporeros sin papeles y critica que las subvenciones europeas a la agricultura no vayan ligadas a mayores controles laborales

Una de las empresas españolas desmiente las acusaciones y anuncia acciones legales contra la cadena televisiva y el sindicato SAT

Carmela Negrete – Berlín

Fotograma del documental La sucia cosecha de Europa. El sufrimiento tras el negocio de frutas y verduras

Un documental de la cadena pública de televisión alemana Das Erste (el primer canal de la ARD) con el título  La sucia cosecha de Europa. El sufrimiento tras el negocio de frutas y verduras  ha generado una polémica en Alemania en torno a las frutas y verduras procedentes de España e Italia que se venden en los supermercados alemanes. Alemania es uno de los principales mercados de los productos agrícolas andaluces y el equipo de televisión se desplazó a Almería para retratar la situación de los inmigrantes sin papeles que trabajan en los invernaderos de la zona.

“Nuestra búsqueda nos conduce a chabolas hechas con chatarra. Es increíble que esto sea Europa. Aquí viven los más pobres de los pobres, personas que trabajan para nosotros”. Su intención es responder a la pregunta: “¿de dónde vienen nuestra fruta y verdura?”.

Mientras muestran imágenes de un poblado chabolista construido con plásticos desechados por los invernaderos, el narrador asegura que  “miles de inmigrantes viven aquí. Las chabolas no tienen agua ni luz y aquí viven también madres con menores”. Se escucha llorar un bebé dentro de una de las barracas. Según datos del Sindicato Andaluz de los Trabajadores aportados al reportaje, serían unas 4,000 personas las que viven en estas condiciones en Almería.

Preguntados en el vídeo a la salida de un supermercado, varios clientes alemanes que han comprado verduras responden que “España está bien, es un país europeo”. Los productos españoles son especialmente baratos en los supermercados alemanes, explican los periodistas. Según su investigación, España exportó a Alemania en 2017 verduras y frutas por un valor de 3.800 millones de euros.

Activistas berlineses apoyan a los inmigrantes

En el vídeo aparece la asociación Interbrigadas de Berlín, que se manifestaba en Almería frente a la empresa Eurosol. Un activista denuncia en el vídeo que la empresa no cumple  la ley, ya que algunos trabajadores no tienen contratos y otros son coaccionados. Eldiario.es se puso en contacto con la empresa, pero no ha recibido respuesta.

Unas 120 personas forman parte de la asociación berlinesa y su trabajo es voluntario y no remunerado. “Dos veces al año vamos a Almería a apoyar el trabajo del sindicato SAT”, explica a eldiario.es un portavoz de la asociación. “Queremos mejorar las condiciones laborales de los temporeros que producen nuestra verdura y reforzar el trabajo del SAT”.

Los activistas trabaron amistad con muchos temporeros y aseguran que se alegran de que a través de la agricultura éstos  tengan un trabajo, “pero las condiciones son muy precarias en muchas empresas, en casi la mitad no se cumple el convenio”. Interbrigadas asegura que todas las empresas no actúan de la misma forma, pero que ellos han sido testigos de que existen muchos casos de incumplimiento de la ley.

En el reportaje se asegura que de los 47 euros al día que recoge el convenio del campo, los temporeros inmigrantes con papeles tan solo reciben unos 35 y los sin papeles poco más de la mitad, unos 25 euros. Los periodistas alemanes se asombran de que no se paguen las horas extra o de que los jefes se nieguen a realizar contratos indefinidos. Y la ropa de seguridad es  inexistente en numerosos casos.

Una de las empresas niega las acusaciones

Trabajar sin ropa protectora mientras se fumiga es algo que un trabajador de la empresa Bio-Sabor supuestamente se vio obligado a hacer durante su trabajo, asegura el documental. La consecuencia de dicha negligencia fue una lesión ocular. El temporero marroquí cuenta todo esto al equipo televisivo mientras van con él a la consulta del médico y pasean por la ciudad. En el vídeo aparece a continuación imágenes de un trabajador fumigando en el exterior de las instalaciones de un invernadero sin ropa de protección.

Por último muestran unos vídeos que los trabajadores grabaron  con el móvil en el interior de un invernadero de una empresa que no se especifica. Sin mascarilla o ropa de protección, una nube tóxica envuelve a los trabajadores mientras rocían los pesticidas. Los periodistas aseguran que “no pocos trabajadores enferman por este motivo”.

eldiario.es se puso en contacto con la empresa mencionada en el documental, Bio-Sol. Su presidente, Francisco Belmonte, remitió una carta al periódico explicando que se sienten “perplejos e indignados con las afirmaciones que se recogen en el documental”. Asegura que el trabajador sigue empleado en su finca y que les parece “injusto e irresponsable decir que en BioSabor no se respeten los derechos de los trabajadores”.

Asimismo recuerda que la empresa emplea a 700 personas entre el campo y el almacén. BioSabor se dedica a la producción orgánica y las imágenes del operario fumigando son una “práctica totalmente prohibida e incompatible”, por lo que observa “mala intención” en la elección de dichos planos  después de nombrar a su empresa. BioSabor ha decidido “reclamar tanto a los responsables de la cadena alemana como al responsable del sindicato José García los perjuicios ocasionados por las falsedades”.

Precios a la baja

El reportaje muestra también las condiciones bajo las cuales las empresas se ven obligadas a vender sus productos. Un agricultor que planta calabacines llamado David Sánchez Olivera explica al público alemán que la imposición de los precios le ha llevado casi a la ruina.

Frente a la cámara muestra unas facturas en las que puede leerse que ha llegado a tener que vender su producto por tres  céntimos el kilo y explica que para poder sobrevivir debería venderlos como mínimo a 60 céntimos. Por 1.600 kilos llegó a cobrar 48 euros. “Y a eso hay que descontarle el 12% de comisión”, dice indignado. “Luego lo ves en el supermercado por dos euros y sientes que te están robando”. Un dumping de precios brutal, dice la narración.

A continuación entrevistan al entonces subdelegado del  Gobierno en Almería, Andrés García Lorca, que asegura que si le presentasen casos de denuncias en empresas concretas, ya se habrían solucionado. “Es una minoría”, dice. “En España hay explotadores igual que en el resto de Europa”. Pregunta a los reporteros si no es “propaganda” lo que se hace al hablar solamente de los inmigrantes sin papeles en Almería y afirma que hay  “controles a un muy alto nivel”. Los periodistas no se quedan contentos con la  respuesta: “¿Controles a muy alto nivel? Según datos oficiales, hay 20 controladores para 17.000 empresas”, responden.

La situación en Italia es peor por la mafia

¿Es España una excepción? Los reporteros aseguran que no y viajan a Calabria y Sicilia. Italia vende más de 2.000 millones de euros en verdura y fruta a Alemania al año, explican. Aquí también van a un poblado de chabolas, pero mucho mayor que los que se han visto en Almería. Allí viven unas 2.500 personas.

Trabajan en el campo, aseguran los reporteros, aunque solamente consiguen hablar con el representante del sindicato y con un joven que tiene una hernia producida por cargar cajas de naranjas. Los temporeros sin papeles aquí reciben de 0,5 a un  euro por caja de naranjas o mandarinas recogidas. Unos 25 euros al día en el caso de los trabajadores más fuertes. Según el convenio italiano, deberían cobrar 50 euros.

También muestran el trabajo de la policía tratando de controlar a las mafias que ejercen tráfico de personas con trabajadores sin papeles. “En Italia los inmigrantes están aún peor que en España”, concluyen los periodistas. Ello se debe a las bandas organizadas que hay alrededor del negocio. Hablan con la fiscal antimafia italiana Marisa Manzini, que explica que el origen de la ‘N drangheta  está en la agricultura donde extorsionan a los empresarios. Asegura que la mafia ocupa terrenos y obliga a sus dueños a venderlos por precios ridículos.

Crítica a las subvenciones europeas

Uno de los puntos centrales del documental es  la crítica a que las subvenciones europeas que reciben los agricultores no estén  acompañadas por controles estrictos que impidan la explotación laboral. A continuación buscan en la base de datos pública de la Unión las empresas que han mencionado en Almería y comprueban que recibieron ayudas para la agricultura a pesar de, supuestamente, no haber mantenido los estándares ni las leyes laborales.

Preguntan a Martin Häusling eurodiputado de los verdes alemanes sobre la posición de la UE.  Asegura que se trata de una forma de “esclavitud moderna”, para añadir  que “ya no vamos a África a explotar a las personas, sino que explotamos a los africanos directamente aquí”.  Una portavoz de la ONG Intermon Oxfam en Alemania responsabiliza a los grandes supermercados alemanes, a quienes exige una nueva política de precios para que los estándares laborales puedan ser implementados en el sur de Europa sin necesidad de recurrir a la explotación.

El documental llegó al informativo de la primera cadena pública, y el más visto del país con el titular Subvenciones agrarias: millones de la Unión Europea para explotadores. El documental fue comentado en varios medios, entre ellos el periódico de mayor difusión, el Bild.

 

Diez medidas frente a la crisis del monocultivo de la cereza

https://www.elsaltodiario.com/saltamos-extremadura/10-medidas-frente-crisis-monocultivo-cereza-extremadura

Este viernes 13 de julio, a las 20.30, la plaza Mayor de Plasencia se llenará de voces de agricultores y agricultoras a los que la actual campaña de cereza amenaza con llevarse por delante.Ángel Calle

El descontento no cesa. Busca manifestarse y canalizarse, protestar y a la vez hacerse propuesta concreta. Este viernes 13 de julio, a las 20.30, la plaza Mayor de Plasencia se llenará de voces de agricultores y agricultoras a los que la actual campaña de cereza amenaza con llevarse por delante. Los bajos precios y un modelo que se rompe y hasta ahora parecía “funcionar bien” están propulsando encuentros y manifestaciones desde que el 10 de junio se convocaran 2.000 personas en el polideportivo de Cabezuela.

¿Protestar contra quién? ¿Y qué alternativas proponer? El actual sistema agroalimentario se caracteriza por siete empresas que controlan la distribución de la mayor parte de lo que llega a nuestras mesas. Y por un público que, aunque crecientemente preocupado, se distancia de la alimentación y busca comida barata y accesible. Someterse a las reglas de la gran distribución y de la apariencia de la comida no resolverá la papeleta.

Por ello, pienso que no es solución insistir en hacer “mejor” las cosas dentro de los actuales mercados globales o consentir que el argumento de la “calidad” de la fruta sea falseado y desviado hacia la producción de cerezas de gran calibre (obviando su composición, la tradición de la picota, la existencia o no de tóxicos en su elaboración). Antes al contrario, como trataré de justificar en este texto, no estamos ante un traspiés del mercado o una especie de bache en el camino de la llamada globalización de los mercados. Estamos, como personas agricultoras y también como personas necesitadas de alimento, ante un precipicio. Vemos que el río anda revuelto y oímos ya la cascada por donde algunas producciones y personas productoras van cayendo. La huida hacia adelante, seguir remando en la misma dirección, no es la solución. Es hora de cambiar no sólo de barco, sino también de ríos, de direcciones y de formas de nadar. Cuanto antes lo hagamos y cuantas más personas lo hagamos juntas (agricultoras, consumidoras, gentes preocupadas por el destino del mundo rural) más posibilidades tendremos de no dejarnos ahogar por la corriente de la globalización.

Sólo las grandes corporaciones que se dedican a producir, a almacenar o a distribuir subsisten y se enriquecen

Lo que acontece hoy en la zona Norte de Extremadura en torno a la cereza es moneda común en otras zonas productoras de fruta. Nada nuevo pues bajo el sol de este país. Sol cada vez más cambiante, que nos pone heladas y lluvias cuando no toca o que nos traerá largos periodos de sequías de vez en cuando. En Valencia ya arrancaron naranjos y también vemos en la fértil vega del Guadiana cómo en los últimos cinco años la mitad de la cosecha se queda en los árboles. Emergen otros cultivos, en Valencia se está apostando por las hortalizas y los mercados locales, y por frutas como el caqui para el mercado español y la exportación. Cambia, todo cambia, ciertamente.

Las vides del Penedés se están trasladando a las faldas de los Pirineos, porque el cambio climático será un problema que la tecnología o, simplemente, el cambio de variedades no resolverá. La apuesta intensiva de Almería se nos hunde: sobreexplotación de acuíferos, contaminación del suelo y caída de precios, al margen de una mano de obra cada vez más precarizada, están impulsando el traslado hacia otros espacios de “explotación” como es el Norte de Marruecos. Retorna en muchas zonas el almendro y otras producciones en secano.

Cooperativas agroganaderas en la zona de los Pedroches o en la Comunidad Valenciana apuntan a cambios de modelo, en principio más viables y sostenibles: más adaptados a lo que el territorio puede dar y promoviendo una producción-distribución propia desde su origen hasta el mercado final. Si no hay cambio de modelo no hay alternativa, salvo intentar dedicarse a ser camarero o camarera (unos meses al año), a plantar para subsistir o hipotecarse con tecnologías que sólo aplazarán el suicidio.

Hablamos de crisis del monocultivo de la cereza. Pero hay que hablar de más cosas. Situar la problemática en un contexto más amplio, de igual manera que cuando nos duele la barriga nos gustaría saber si es un empacho, una intolerancia alimentaria o el inicio de un tumor. El tratamiento no es el mismo. E insistir en los mismos hábitos tampoco es solución. Al menos sitúo, muy esquemáticamente, tres grandes crisis que se entrelazan en la crisis del monocultivo de la cereza.

La gran crisis del mundo rural. En la última década, según la Encuesta sobre Rendimientos y Superficies de Cultivos (Esyrce) del Ministerio de Agricultura, cada año que pasa supone que más de un millón de hectáreas para el cultivo son abandonadas. Quienes permanecen fieles a un modelo tecnológico intensivo orientado a la exportación (tomate en Tierra de Barros, cereza aquí, olivar en Jaén) ven como los costes aumentan y los beneficios menguan. Sólo las grandes corporaciones que se dedican a producir, a almacenar o a distribuir subsisten y se enriquecen. La pequeña explotación o la agricultura familiar es obligada a hipotecarse y eventualmente abandonar o vender tierras. Si miramos a la ganadería, la situación es aún más dramática.

[…] el 40% de enfermedades cardiovasculares y diabetes, junto a un 30% de cánceres y tumores, derivan de alimentos cada vez más “ricos” en azúcares, grasas industriales, aditivos químicos y pesticidas

La gran crisis de la alimentación. Mucha gente en este país no se alimenta en este país: malcome. Embelesados por la publicidad no somos conscientes de que la comunidad médica está advirtiéndonos de cómo el 40% de enfermedades cardiovasculares y diabetes, junto a un 30% de cánceres y tumores, derivan de alimentos cada vez más “ricos” en azúcares, grasas industriales, aditivos químicos y pesticidas. Y eso, quien puede hacerlo. UNICEF constata que existe un 40% de pobreza infantil en este país y sabemos de un 45% de malnutrición (obesidad, enfermedad, intolerancias) asociadas a la comida. ¿No sería una alternativa para el sector productivo hortofrutícola reconciliar la comida con el derecho a una alimentación saludable que, además, cuida de sierras y de gargantas?

Y la gran crisis de la globalización.

Esta proliferación de mercados cada vez más globalizados, donde las decisiones, la tecnología y el control del territorio escapan de la pequeña producción es, además de injusta, inviable. Es inviable para la agricultura familiar, cada vez más “especializada” y que se encuentra aprisionada en el medio de un sándwich: por arriba la distribución, por abajo los insumos, y en medio, a modo de salsa, las políticas que le empujan a estar ahí, a no buscar otras respuestas o a rebelarse incluso. Y cuando somos conscientes de que el petróleo desaparecerá paulatinamente de nuestras máquinas (y encarecerá por tanto la producción intensiva y los canales de larga distancia), y unimos a ello las consecuencias del vuelco climático (porque esto no es un simple cambio) en términos de acceso a agua, temperaturas, horas frío, sequías, pérdida de fertilidad, entre otros, nos damos cuenta de la inviabilidad ambiental y social del actual sistema agroalimentario. ¿Nos adaptaremos, dando un vuelco a nuestra forma de producir, o contribuiremos a este suicidio que apenas sale en los telediarios?

Sitúo en el entrelazamiento de estas tres crisis el actual fracaso del modelo de monocultivo de cereza para la pequeña producción que habita en las sierras. Como creo que debe abrirse un debate sobre a dónde ir, qué medidas tomar, a quiénes presionar y qué tenemos que cambiar las propias personas afectadas por el triple desastre (rural, alimentario, económico), lanzo aquí una batería de 10 medidas, recogidas de viajes y de escuchar, mucho escuchar, a quienes ya padecieron esto y promueven nuevos aires.

Cooperativismo. Si la gente no se organiza, para demandar o para producir, si no apoya un cooperativismo, quizás uno con una mente más amplia a la hora de concebir los necesarios cambios, no llegaremos lejos

  1. Cooperativismo. Si la gente no se organiza, para demandar o para producir, si no apoya un cooperativismo, quizás uno con una mente más amplia a la hora de concebir los necesarios cambios, no llegaremos lejos. Cooperativismo para mí no es sinónimo de una fórmula jurídica. Implica que un colectivo dedique esfuerzos y escuchas a participar en la gestión de lo que produce y en las decisiones. Implica también crear frentes comunes con personas preocupadas por nuestra salud (madres y padres, por ejemplo), con la protección de nuestros montes para garantizar otras economías (ganadería, aprovechamiento de madera, producción de energía a pequeña escala, miel, etc.), con jóvenes que no tienen posibilidad de quedarse (bancos de tierras disponibles, formación) y con actores institucionales que apuesten por modelos viables y que partan de economías locales para hacer fértil nuestra tierra.
  2. Diversificar. Los monocultivos son frágiles, vender muchos pocos es siempre un camino más lento pero más seguro. Aprovechar el tirón de la picota para trasladar al público, no una mera “marca comercial”, sino una realidad: que en el Norte de Extremadura la gente quiere cuidar su territorio.
  3. Otra distribución es necesaria. Modificar, saltar o “hackear” la gran distribución. Por arriba, creando distribuciones y tiendas propias, tejiendo alianzas con otros sectores agroganaderos que apuesten por una producción familiar. Por abajo, impulsando mercados más locales y directos.
  4. Transformar. Producir más y mejor, producir otras cosas, añadir valor con mini industrias. Reclamar que el gobierno extremeño se implique en la promoción de una ley para la venta directa, los mercados locales y el incentivo a la producción artesanal, adaptando regímenes fiscales y sanitarios, como reclama la propia Unión Europea en Reglamento 852/2004 (ver artículo 2): ¡Llevamos 14 años de retraso!
  5. Apuntar a nuevos nichos de mercado. Pero desde la revalorización de una producción singular y diferente: no abandonar la picota, al contrario, pero ampliando producciones. Resaltar los aportes sociales y ambientales. Aquí lo ecológico funcionaría muy bien, pues crece como sector a una media del 14% en este país, frente a la comida convencional.
  6. Ganar autonomía. Tener más capacidad de decisión y presión sobre el territorio, menor dependencia de tecnologías, de hipotecas y legisladores externos. Reclamar que agricultores y agricultoras tienen que tener más margen de decisión sobre sus territorios, siempre en el marco de una sostenibilidad ambiental y de una viabilidad económica para la pequeña producción.
  7. Consumo, producción y mercados locales. ¿Cómo podemos criticar la situación que atravesamos y al mismo tiempo bajar cada semana a llenar la cesta en la gran distribución? Es cierto, no existe aún mucha producción local para abastecernos. Pero eso es a la vez una oportunidad: desarrollemos una economía de bases sociales y solidarias, aquí y ahora; consumamos tomates y quesos de algún vecino; restrinjamos nuestra dieta de carne a lo que se produce cerca y al margen de las granjas intensivas que no cuidan el medio rural.
  8. Exenciones fiscales como servicios a la salud y al medioambiente. Lanzar una campaña que presione al gobierno español para regular el IVA de manera que la agricultura de montaña y la ecológica estén exentas de IVA en la compra de insumos (no tóxicos) así como en la venta (IVA 0% para consumo ecológico y de protección de parajes ambientales, fiscalidad especial). Tratamiento especial en agriculturas que producen de forma natural sus insumos, cuidando el medio ambiente (compostaje, biofertilizantes).
  9. Planes de investigación y formación específicamente dirigidos a la conversión hacia sistemas agroalimentarios más diversificados, más locales, más saludables. La fórmula que consiste en promocionar cooperativismo sometido a una integración vertical y para beneficio de exportadores particulares no funciona. Ayudas y asesoramiento directo a la pequeña producción que quiere apostar por mercados más locales.
  10. Derecho a la alimentación como derecho básico. Comemos tres veces al día: todo el mundo tiene que hacerlo y además de forma que nos alimente. Reclamemos a la sociedad, gobiernos y cooperativas el derecho a una nutrición adecuada y saludable.

Para innovar necesitamos que al menos se persigan colectivamente 7 de las 10 medidas, el 5 no nos basta. Y quiero hacer dos puntualizaciones finales. La primera tiene que ver con qué entendemos por innovar. Para mí es aprender a hacer las cosas de forma diferente, de manera que progrese en mi bienestar y en el del territorio donde quiero trabajar. No consiste en comprar más máquinas, llevar internet al huerto o en adaptarse a los mercados globales. Innovación es aprender a regar, aprender a diversificar, a organizarse de forma más participativa. Es también aprender a mirar la tierra y nuestros pueblos como lo hacían personas mayores (que aún están en el campo) para saber qué conviene a una tierra, a un lugar, a nuestros arroyos y a nuestras economías.

La segunda se refiere a cómo tejer alianzas entre los peor parados de esta crisis global. El pequeño productor o productora de Zaragoza o de Alicante no es un enemigo, es en realidad un aliado para defender el campo y el medio rural. Otra cosa es que equivoquemos el “contrincante”, aceptemos el contrato cada vez más insultante de los “mercados globales” y le hagamos el juego a quienes ganan con el deterioro progresivo del medio rural.

Apostar por potenciar intermediarios, por tecnologías que cada vez controlamos menos y por esperar que el mercado globalizado nos resuelva la papeleta nos termina dejando en manos de unos pocos, aquellos que hacen negocio con la comida y no potencian nuestro derecho a producir y alimentarnos de forma adecuada, la única estrategia que será viable y saludable para el mundo rural.