LAS NUEVAS PANDEMIAS DEL PLANETA DEVASTADO

Por Marina Aizen / Ilustración Juan Martín Ayerbe

Los científicos “cazadores de virus” llevan más de diez años alertando sobre nuevas enfermedades, consecuencia de la deforestación global. El asedio a los ecosistemas naturales, como muestra el Coronavirus, cuesta vidas y desata una recesión financiera internacional. Marina Aizen documenta los brotes similares de distintas zonas, traza una raíz común y piensa en las latencias de nuestra región.

La aparición de esos raros virus nuevos, como el coronavirus COVID-19, no es otra cosa que el producto de la aniquilación de ecosistemas, en su mayoría tropicales, arrasados para plantar monocultivos a escala industrial. También son fruto de la manipulación y tráfico de la vida silvestre, que en muchos casos está en peligro de extinción.

 Hace más o menos una década, los científicos vienen estudiando la relación entre la explosión de las enfermedades virales y la deforestación. Esto no se puede apreciar mientras una topadora avanza contra un monte cargado de vida, sino que se revela recién cuando empiezan a aparecer síntomas extraños en las personas, malestares que antes no se conocían.

 Este fenómeno está documentado en muchos países, que van desde el el Sudeste asiático hasta América latina, y cada uno tiene sus características, complejidades y dinámicas. Sin embargo, en el fondo se trata siempre de lo mismo: de cómo nuestra visión extractiva del mundo vivo está llevando a la humanidad a una encrucijada en la que pone en jaque a su propia existencia. Es algo que no se arregla con alcohol en gel.

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Carlos Zambrana-Torrelio es un científico boliviano, vicepresidente de EcoHealth Alliance, una organización con sede en Nueva York que monitorea la relación entre la vida silvestre y las enfermedades emergentes. Él anda siempre recorriendo zonas calientes, uniendo los puntos de las crisis epidémicas y el ambiente en el que se desarrollan. Y cuenta que todo el tiempo en todo el mundo hay saltos zoonóticos (de virus que van de los animales a los humanos), pero no siempre alcanzan la fama internacional, ya sea porque la enfermedad ha sido contenida o porque no se han dado las condiciones para que se propague.

 En junio del año pasado, por ejemplo, se registró en Bolivia un foco de un nuevo patógeno, llamado Chapare Virus. Se había identificado por primera vez en 2003 en Cochabamba, en una zona desmontada para plantar arroz, que suele ser cosechado a mano, lo que implica que la gente que trabaja en su recolección vive cerca de la zona de cultivos. Cultivos que, a su vez, atraen a ratones portadores del virus que causa una fiebre hemorrágica. Y que es transmisible de humano a humano.

 Sorpresivamente, unos 16 años después, apareció en una salita de emergencias en las afueras de La Paz un señor con síntomas que los médicos no conocían, por lo que no tomaron la precaución para protegerse. Enseguida, el señor se murió, dos médicos que lo atendieron, también. Tres muertos en dos semanas. Cómo viajó el virus del campo en la región tropical a los Andes, es un misterio.

 Zambrana-Torrelio trabaja en Africa, particularmente en Liberia y Sierra Leona, donde el brote del ébola sorprendió a todo el mundo por su ferocidad. Allí la emergencia de la enfermedad tuvo como causa principal la fragmentación del bosque tropical. Eso hizo que se juntaran muchas especies distintas de murciélagos en los pocos árboles que quedaban en pie y empezaran a convivir hacinados en ellos. Esta mezcla de especies, que no habían interactuado antes en el ambiente, fue el caldo de cultivo de lo que pasó después.

 Un día, un niño encontró un murciélago en el suelo y se lo llevó a su mamá para que se lo cocinara. Se presume que la mujer pudo haber tenido heridas en la mano. Y el contacto de los fluidos del animal con la sangre humana fue suficiente como para que se desencadenara una epidemia en una población altamente vulnerable. Entre 2014 y 2016 se registraron 28.600 casos de infección y 11.325 muertes por ébola, según cifras del Center for Desease Control (CDC) de los Estados Unidos.

 “Pero todo empezó por la deforestación”, señala Zambrana-Torrelio. “En Borneo, la fragmentación del bosque está causando el incremento de la malaria. Y la razón es porque en lugares abiertos, hay mayores huecos donde se acumula agua. Los mosquitos se reproducen y aumentan los casos en la gente que está en ese lugar poniendo palma para hacer aceite”, agrega el cazador de virus.

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La aparición de enfermedades zoonóticas no es un fenómeno nuevo, pero parecen ir en aumento. El autor David Quammen explora las razones en su libro Spillover: Animal Infections And The Next Human Pandemic (Derrame: Las infecciones animales y la próxima pandemia humana). Sostiene que una enorme población humana, sumada a una enorme población de ganado, a la destrucción de los hábitats naturales y los ecosistemas alterados, resulta en un combo que podría convertirse fácilmente en una diatriba sobre la venganza de la naturaleza contra la humanidad.

 En un reportaje a la National Public Radio de Estados Unidos, Quammen señaló que las personas somos el vínculo común en todas las zoonosis: “Nosotros somos tan abundantes y tan perturbadores en este planeta… Estamos talando los bosques tropicales. Nos estamos comiendo la vida silvestre. Cuando entras en un bosque y sacudes los árboles, literal y figuradamente, los virus se caen de ellos”.

 El desmantelamiento de sistemas boscosos ocurre a gran escala desde hace dos o tres décadas, empujado por la globalización, el capitalismo y la gran industria alimentaria. Por ejemplo, todos consumimos aceite de palma porque está presente en productos que van desde los cosméticos a las papas fritas sin grasas trans o el Nutella y el biodiésel. Lo que no sabemos es que esos productos conllevan, además de la desaparición de especies carismáticas como los orangutanes, virus que se contagian.

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En la Argentina, la transformación de ambientes ha traído consecuencias de enfermedad y muerte a lo largo de la historia, y no sólo por el asedio a ecosistemas como el Gran Chaco, Las Yungas y la Selva Paranaense, sino también de la llanura pampeana. Quien lo cuenta es Fidel Baschetto, veterinario cordobés, docente de la Universidad Nacional en esa provincia.

 “Si hacemos historia de las modificaciones ambientales en la Argentina, han ocurrido hechos que pasaron desapercibidos pero se han estructurado en un formato de normalidad. Por ejemplo, la conquista de la llanura pampeana y esta modificación y domesticación a mansalva que se hizo de ella, provocó una enfermedad que fue y es la fiebre hemorrágica argentina”, indica. También recuerda que la epidemia de fiebre amarilla, que se cobró la vida de hasta un 15% de la ciudad de Buenos Aires en el verano trágico de 1871, tuvo de base la interacción del hombre con zonas prístinas de la selva misionera.

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Los ecosistemas son marañas complejas de relaciones evolutivas que sólo comprendemos de manera fragmentada, a través de pacientes observaciones científicas. Su destrucción en nombre de la expansión del progreso, o simplemente, de la codicia, tiene sus costados oscuros, que luego se sufren en la carne. Nuestra carne.

 Así que cuando, por ejemplo, Jair Bolsonaro se vanagloria de la soberanía de Brasil sobre las cenizas de la Amazonía, sólo cabe esperar que, en algún momento, la enfermedad azote al territorio convertido de selva en zona agrícola-ganadera. Una muestra de esto es un estudio publicado en el Journal of Emerging Infectious Diseases en 2010: la destrucción del 4 por ciento de la selva resultó en un aumento del 50 por ciento de los casos de paludismo.

 Las especies silvestres no están enfermas de los virus que portan, ya que han evolucionado por miles de años junto a ellos. “Cualquier animal puede tener entre 50 virus únicos que están ahí. Es parte de la dinámica del sistema. Si no hubiera humanos, no habría transmisión”, afirma Zambrana-Torrelio.

 “Lo que son nuevos virus para nosotros no lo son para la naturaleza. Entonces, la disyuntiva es si hablamos de una enfermedad emergente o de una enfermedad emergente para el hombre -explica Baschetto-. Hay muchos virus que han co-evolucionado con ciertas especies y esas especies no padecen la enfermedad. El agente patógeno va a entender que cuando ingresa en un nuevo individuo lo que tiene que hacer es no enfermarlo o por lo menos no ocasionarle la muerte. Porque la muerte del huésped o lo que nosotros llamamos paciente, lleva la muerte del agente patógeno también. Ningún micro organismo desea producirle la muerte al huésped. Pero hasta que eso evoluciona, lo que puede tardar miles de años, se produce la enfermedad”, agrega el científico cordobés.

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No es la culpa de los murciélagos, mosquitos, ratones o pangolines sino de lo que hacemos con el ecosistema en el que viven y cómo los juntamos y manipulamos a todos en un nuevo ambiente artificial. Esta es la verdadera receta del coronavirus, algo que probablemente cueste una recesión global. O sea que mutilar los ecosistemas tiene un precio muy caro para pagar.

 El salto del coronavirus a los humanos se produjo en un mercado de la ciudad de Wuhan, en China, donde se comercializan especies silvestres, producto del tráfico ilegal. El contrabando de estos animales transita por las mismas rutas que el narcotráfico y la venta ilegal de armas, y mueve miles de millones de dólares. Quienes consumen esta carne es gente que migró del campo a la ciudad y que ahora, en vez de cazarla, la compra en los mercados, buscando recrear en su memoria los sabores de su infancia. En el caso del SARS (Síndrome Respiratorio Agudo Grave), cuyo salto zoonótico también se produjo en uno de estos llamados wet markets, las heces de los murciélagos fueron clave para que el virus comenzara su camino hacia una epidemia que afectó a 8 mil personas en 2003.

 Sería un error pensar que esto sólo pasa en China, donde el gobierno ahora impuso una restricción a la venta de esos productos, empujando -seguramente- a su consumo en el mercado negro. En los Estados Unidos, cuenta Zambrana-Torrelio, para la época de Halloween brota la demanda por murciélagos disecados para la decoración. Hay gente para todo.

 En la Argentina, “muchas personas consumen carne de fauna silvestre (peces, anfibios, reptiles, aves y mamíferos) desconociendo si eso puede acarrear el contagio de parásitos u otras enfermedades porque la sanidad en especies silvestre no está muy desarrollada”, sostiene Claudio Bertonatti, asesor científico de la Fundación Félix de Azara. Así que aquí también se puede abrir la puerta a nuevos brotes.

 La preservación de los ecosistemas no es sólo un asunto de moralina ambientalista, sino algo que tiene que ver con nuestra supervivencia. Si la Tierra está enferma, nosotros también. Zambrana-Torrelio lo pone en estas palabras: “Debemos dejar de pensar que los humanos somos algo separado del sistema porque si no, nos da la idea completamente errónea de que podemos cambiar, destrozar y modificar el ambiente a lo que mejor nos parezca. Cualquier cambio que hagamos en el planeta va a tener un impacto en nuestra salud”. Al final, estamos todos juntos en el mismo barco. Y unidos por la misma suerte, con o sin barbijo.

 

Una década para acabar con el hambre: la esperanza está en los pequeños agricultores

https://elpais.com/elpais/2020/02/10/planeta_futuro/1581331307_221709.amp.html

Solo podemos alcanzar esta meta con más fondos, nuevas alianzas, mejores modelos financieros y enfoques más inclusivos a fin de lograr duplicar el impacto de aquí a 2030

Una mujer cosecha maíz en República Democrática del Congo. Giulio NapolitanoFAO

Gilbert F. Houngbo

En los comienzos de un nuevo decenio, el mundo parece haber llegado ciertamente a un punto de inflexión: los incendios arrasan Australia; las inundaciones devastan tierras de cultivo en Europa; los enjambres de langostas acaban con explotaciones agrícolas en África Oriental, y 45 millones de personas —una cifra récord— se ven afectadas por la crisis alimentaria en África Meridional.

Los fenómenos meteorológicos extremos se están convirtiendo en algo normal, lo que representa una amenaza para la existencia de nuestros sistemas alimentarios y, por extensión, para nosotros mismos. Cada día 820 millones de personas pasan hambre y la brecha de la desigualdad se amplía, siendo los más pobres y los más marginados los que se quedan cada vez más atrás. Tal y como van las cosas, no alcanzaremos los dos primeros Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS) de erradicar el hambre y la pobreza en 2030.

Pero, a pesar de todo, hay esperanza. Una esperanza que se encuentra en los y las pequeñas agricultoras que en las zonas rurales del planeta generan ingresos y producen alimentos para las personas más pobres del mundo.

Sabemos que la agricultura se ve afectada por las condiciones climáticas y también que las prácticas agrícolas tienen un impacto sobre el clima. Sin embargo, a menudo se pasa por alto la importancia mundial de invertir en las pequeñas explotaciones agrícolas.

La mitad de las calorías que se consumen en el mundo son producidas por pequeños agricultores en solo el 30% de las tierras agrícolas del mundo. Estos agricultores tienen un fuerte incentivo personal para sacar el máximo provecho de sus tierras y de su propio trabajo. Asimismo, tienden a plantar una gama más amplia de variedades de cultivos que se adapten a las condiciones locales.

Esta mayor diversidad agrícola reduce la vulnerabilidad de los sistemas agrícolas a las epidemias causadas por plagas y enfermedades, mejora la fertilidad del suelo y hace los cultivos más resistentes a inundaciones y sequías. Las prácticas agrícolas climáticamente inteligentes reducen las emisiones de gases de efecto invernadero y aumentan el índice de secuestro de carbono; pueden reabastecer las capas freáticas y prevenir los deslizamientos de tierra y las tormentas de polvo. En resumen, protegen el capital natural que es la base de la vida, los medios de subsistencia y la actividad económica de las zonas rurales.

Las pequeñas granjas prósperas no solo aportan alimentos, sino que también crean puestos de trabajo y aumentan la demanda de bienes y servicios producidos localmente. Esto, a su vez, estimula las oportunidades y el crecimiento económico y, por ende, contribuye a la estabilidad social.

Ha llegado el momento de reconocer el valor de los pequeños agricultores y apoyarlos. Se calcula que es necesario invertir anualmente 115,6 millones de dólares en agricultura para poner fin al hambre en el mundo. Sin embargo, la Ayuda Oficial al Desarrollo destinada a la actividad agrícola tan solo alcanza 10.000 millones de dólares al año. Si de verdad queremos erradicar la pobreza y el hambre, es necesario afrontar este déficit de financiación.

Las pequeñas granjas prósperas no solo aportan alimentos, sino que también crean puestos de trabajo y aumentan la demanda de bienes y servicios producidos localmente

El Fondo Internacional de Desarrollo Agrícola (FIDA), la agencia de las Naciones Unidas especializada en desarrollo rural, se centra en esta cuestión. Invertimos en aquellas personas que tienen una mayor probabilidad de quedarse atrás: los pobres, los pequeños agricultores, las mujeres, los jóvenes y los pueblos indígenas que viven en zonas rurales remotas. Hablamos de personas que rara vez se benefician de las iniciativas de desarrollo.

Trabajamos mano a mano con los gobiernos, y con la propia población rural, para aumentar el acceso de esta a recursos de financiación, tecnología y capacitación. El objetivo final es garantizar que la agricultura se convierte en un negocio sostenible y que la población rural tiene herramientas para hacer frente a los efectos de un clima cada vez más impredecible.

Tras más de 40 años de experiencia de trabajo sobre el terreno, sabemos que el final del camino puede ser la parte más dura. Solo quedan 10 años para alcanzar los Objetivos de Desarrollo Sostenible, en particular para alcanzar el compromiso de poner fin a la pobreza extrema y el hambre. Solo podemos alcanzar esta meta con más fondos, nuevas alianzas, mejores modelos financieros y enfoques más inclusivos. A fin de lograr duplicar nuestro impacto de aquí a 2030, el Fida insta a los gobiernos a que refuercen su compromiso invirtiendo más en desarrollo rural.

No es demasiado tarde. Podemos alejarnos del borde del precipicio en el que nos encontramos ahora y hacer noticia anunciando que el mundo se ha unido para poner fin a la pobreza, acabar con el hambre y corregir las desigualdades y, al hacerlo, ha logrado proteger los recursos naturales para las generaciones futuras. Con una mayor inversión en desarrollo rural sostenible y agricultura a pequeña escala, ese futuro es posible.

Gilbert F. Houngbo es presidente del Fondo Internacional de Desarrollo Agrícola (FIDA).

 

EL CONTROL DE LAS SEMILLAS

Así impiden las multinacionales que los pequeños agricultores usen sus propias semillas

https://www.eldiario.es/desalambre/gobiernos-empresas-pequenos-agricultores-semillas_0_713929239.html

Activistas y agricultores luchan en Europa y África por que la legislación sea más favorable para poder utilizar sus propias semillas y así alimentar a sus familias y producir variedades locales que puedan vender en el mercado

Antes era habitual y legal que los productores guardaran y vendieran sus semillas, una práctica que se vio desplazada con la llegada del desarrollo industrial al sector agrícola

El mayor interés por las explotaciones pequeñas y el consumo local puede representar una oportunidad para proteger el sistema de semillas de los pequeños agricultores

Elisabetta Tola / Marco Boscolo / Michele NelCientíficos y activistas están preocupados. Si las autoridades de competencia globales y las agencias reguladoras permiten todas las fusiones pendientes, alertan, el escenario más probable será que dos de las tres primeras compañías de semillas en el mercado actuarán como una sola. O, en otras palabras, el 60% del mercado mundial de semillas estará controlado por solo tres empresas.

Estas tres compañías, denuncian, tendrán la libertad para decidir los precios, las variedades y las condiciones de crecimiento y para aumentar su influencia sobre gobiernos y en la legislación. Esto es motivo de preocupación en varias partes, pero lo es más en las regiones donde la seguridad alimentaria sigue siendo un reto: la mayoría de los países africanos.

Phil Howard, profesor asociado en la Universidad de Michigan y miembro del grupo de expertos internacionales en sistemas alimentarios sostenibles, lleva mucho tiempo advirtiendo a la comunidad científica y a las instituciones internacionales sobre “los peligros” de una industria de semillas fusionada.

“Las semillas y las especies de animales han sido de acceso libre, han sido recursos comunes desde hace miles de años, se han desarrollado y mejorado gracias a los esfuerzos de muchas generaciones de personas”, dice Howard en su reciente libro Concentration and power in the food system.

Phil Howard ha recopilado datos sobre el mercado global de semillas durante más de 20 años con especial atención en EEUU. Sus cifras muestran que hay una tendencia inequívoca de fusión y consolidación en el sector. Desde su oficina de la Universidad de Michigan, trata de describir un posible escenario futuro. Sus respuestas son taxativas: es muy probable que una o dos empresas acaben controlado todo el mercado.

“Con dos empresas, tienen la apariencia de competencia, pero al estar tan próximas entre sí, mantienen los precios altos y controlan todo el sector”, dice. “Las empresas han sido grandes desde hace varias décadas y han sido capaces de crecer aumentando sus ventas y comprando a competidores más pequeños. Pero ahora tienen problemas para seguir incrementando sus ventas. Como resultado, la única manera de aumentar su cuota de mercado es comprarlo”, añade.

Phil Howard se muestra preocupado por las consecuencias de este mercado “sesgado” para los pequeños agricultores y consumidores: los precios de las semillas se disparan, las prácticas para guardar semillas se desinflan y se obstaculiza la diversidad. Como ejemplo, uno de los casos que recoge en su libro: la empresa Seminis dejó de producir 2.500 variedades de frutas y verduras, más de un tercio de todo su catálogo, como medio de ahorro antes de ser comprada por Monsanto.

En los últimos 20 años el mercado de semillas se ha visto azotado por oleadas de fusiones y adquisiciones de empresas, tal y como puede verse en esta animación interactiva, elaborada a partir de una base de datos de más de 300 empresas. Desde 1996 a 2016 el proceso de fusión es cada vez más evidente, facilitado por un marco legal, denuncian los expertos, más orientado hacia la protección de los derechos de propiedad intelectual que a la consideración de los pequeños agricultores y la venta de variedades locales y tradicionales.

Las limitaciones a guardar semillas en EuropaEsto no solo preocupa al pequeño nicho de científicos y activistas involucrados: tiene también grandes implicaciones en el acceso a alimentos suficientes, lo que se denomina seguridad alimentaria. La diversidad en la producción de alimentos es una de las principales armas para contrarrestar los efectos del cambio climático, según la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO), que ha alertado en un informe reciente de que la tarea de alimentar a más de 9.000 millones de personas para 2050 es cada vez más desafiante.

Las pequeñas familias de agricultores del mundo, que producen la mayor parte de nuestros alimentos –más del 80 % de la producción total– , son las más afectadas por las altas temperaturas, las sequías y los desastres naturales. Pero, para ellos, la solución no se basa solo en unas semillas y unos cultivos altamente seleccionados, caros y exigentes en términos de insumos químicos y tecnológicos. Dicen que necesitan innovación, pero no una que vaya, necesariamente, en la dirección de un modelo industrial.

Hasta hace poco era normal y perfectamente legal que los agricultores produjeran y vendieran sus semillas. Este intercambio ha sido el pilar y la clave del desarrollo agrícola durante siglos, pero con la llegada del desarrollo industrial al sector agrícola, el foco se ha desplazado cada vez más hacia la especialización y la cuota de mercado.

Las instituciones públicas, por otro lado, han reducido su inversión en investigación, y esta ha quedado solo en manos del sector privado. Y el marco legislativo se ha elaborado para reflejar y hacer cumplir estas especializaciones. Las organizaciones de agricultores temen que no haya espacio para que los pequeños productores entren en el mercado. En la actualidad, el complejo sistema legislativo europeo, dicen, no es completamente satisfactorio ni siquiera para las empresas.

Szonja Csorgo es una abogada húngara y directora de la propiedad intelectual y los asuntos legales de la Asociación Europea de Semillas (ESA), que opera desde Bruselas. La organización cuenta con más de 70 miembros directos de empresas e incluye 35 asociaciones de los Estados miembros de la UE, como el Assosementi italiano o el APROSE español.

El esfuerzo por cambiar la ley con un nuevo paquete en 2013 no llegó a ningún acuerdo político, y la propuesta fue retirada por la Comisión en 2014. Por el momento, en Europa no hay más conversaciones sobre la reforma de la ley de las semillas, aunque muchos grupos están pidiendo una reorganización de toda la regulación.

En España, la Red de Semillas lleva mucho tiempo haciendo campaña para promover una legislación más favorable para las variedades locales. “En Europa no hay espacio para vender variedades locales dentro del Registro de variedades de conservación”, explica Maria Carrascosa, agrónoma y presidenta de la red.

“Sin embargo, esto no es en absoluto parte de una política integrada. Necesitamos una política que sea coherente y participativa, que dé valor a las variedades locales, a su conservación, reproducción y comercialización. El espacio para vender variedades locales en Europa es muy pequeño y tiene un valor limitado”, prosigue.

La lucha por la soberanía alimentaria en África

Este “limitado” margen de maniobra que se da a los pequeños agricultores europeos para guardar semillas ni siquiera se da a los agricultores africanos. Si bien existe un debate sobre cómo deben cambiar las leyes europeas sobre semillas, en África las legislaciones se ven influenciada por estos modelos europeos.

“Existe el sistema de semillas formal y luego está lo que a nosotros nos gusta llamar el ‘sistema de semillas gestionado por los agricultores’, que está controlado por los pequeños productores que luchan por la soberanía alimentaria dentro de un movimiento más amplio en África”, sostiene Mariam Mayet, fundadora del Centro Africano para la Biodiversidad (ACB por sus siglas en inglés) en Sudáfrica.

El sistema oficial, añade esta apasionada activista, está regulado por un conjunto de leyes y convenciones, tanto en Europa como en muchos países africanos, incluyendo Sudáfrica.

Sudáfrica es uno de los pocos países africanos que forma parte de la Unión Internacional para la Protección de Variedades de Plantas (UPOV), una organización intergubernamental fundada en 1978 para recompensar a los agricultores por sus nuevas variedades de plantas concediéndoles derechos de propiedad intelectual.

ACB sostiene que es “inapropiado” tener regímenes de protección de las variedades de plantas en los países en desarrollo, donde los pequeños agricultores a menudo poseen y trabajan menos de una hectárea de terreno. Según indican, está “demasiado” centralizado, socava los derechos soberanos de los Estados miembros, debilita los derechos de los agricultores y perjudica a la Convención sobre diversidad biológica (CBD).

La regulación de la certificación de semillas fue uno de los factores importantes que llevaron a la creación de la Organización Nacional de Semillas Sudafricana (SANSOR) en 1989, a la que se le fueron incorporando progresivamente más actores de la industria de las semillas. Wynand van der Walt, doctor en genética, ha trabajado para SANSO. A la pregunta de si es ilegal que los pequeños agricultores guarden sus semillas, el representante de la industria responde: “Los pequeños productores pueden guardar las semillas o el material vegetal no protegido bajo ninguno de los derechos de propiedad intelectual”.

“La mayoría de las variedades modernas están protegidas por el convenio de la UPOV, donde hay una cláusula que permite a los agricultores reutilizar las semillas cosechadas para sembrarlas y utilizarlas para su propio uso, pero está sujeto a ciertas limitaciones. El problema comercial para las empresas de semillas no son los pequeños productores, sino los agricultores que producen a gran escala, y esto es lo que se está discutiendo entre agricultores y comerciales de semillas”, apunta.

“Es importante ser capaces de intercambiar semillas”

En Sudáfrica hay dos proyectos de ley que protegen y regulan la industria de las semillas comerciales: la Ley de los Derechos del Productor de Semillas (PBR) y la Ley de Mejora Vegetal. La primera tiene como objetivo estimular la innovación en el cultivo de plantas concediendo derechos de propiedad intelectual a los agricultores y la segunda permite que solo se vendan semillas certificadas en el mercado comercial.

La Comisión de Agricultura Sudafricana celebró audiencias públicas estos proyectos. Sean Freeman, productor, explica que el borrador de esta nueva ley tiene un “vacío legal”, creado expresamente para las empresas de semillas pequeñas como la suya, que permite comerciar variedades no registradas y en pequeñas cantidades.

La nueva Ley de Mejora Vegetal prevé que se regulen varios tipos de negocios con las plantas. De acuerdo con un experto en este campo, que ha pedido permanecer en el anonimato, esta legislación sirve principalmente para proporcionar normas para el material de propagación –semillas y plantas– y asegurar la producción alimenticia. Esto protege, dice, al agricultor.

“El vacío al que Sean Freeman hace referencia se encuentra en el permiso para importar y vender semillas de variedades no registradas y con polinización abierta, antiguas (incluyendo su herencia) y en pequeñas cantidades”, dice el experto.

Este “vacío” es similar al solicitado por muchas asociaciones europeas de agricultores. Además de la Red de Semillas en España, muchas otras organizaciones han estado haciendo campaña en los últimos años para recibir la misma exención. Por el momento, está sin definir. Bela Bartha, bióloga y directora de la asociación suiza Pro Specie Rara asegura que su objetivo es, exactamente, el de obtener “un espacio libre, una exención hasta ciertos volúmenes de ventas”.

“No estamos en contra de la idea de tener un registro de variedades. Sin embargo, es importante ser capaces de intercambiar e incluso comercializar semillas y recursos genéticos vegetales a pequeña escala”, prosigue.

Asimismo, Bartha no ve “una contradicción” entre esa producción a pequeña escala en las fincas y la colaboración con empresas, particularmente las tradicionales y las pequeñas y medianas. “Tenemos que encontrar una manera de colaborar con empresas dotadas de una larga experiencia, conocimiento y colecciones importantes. El intercambio de prácticas podría ser beneficioso para todos. Necesitamos un nicho donde el intercambio y la comercialización sean posibles”, sentencia.

Nuevas oportunidades de futuro

Pero el proceso legislativo sigue evolucionando con enmiendas y oportunidades para proteger el sistema de semillas de los pequeños agricultores, incluyendo nuevas leyes. Durante la última década, varias acciones han ido encaminadas a lograr este propósito, como el desarrollo de sistemas locales de educación y formación basados en el uso de variedades locales y semillas de acceso libre.

Además de formar a agricultoras incansables como Anna Molala y Maria, John Nzira también construyó en 2005 un modelo de cultivo en Midrand, a las afueras de Johannesburgo. Este proyecto de agricultura urbana de una hectárea es la prueba viviente de cómo se pueden cultivar muchos productos diferentes sin tener una gran cantidad de tierra.

“Tenemos que cuidar del medio ambiente trabajando con leyes naturales”, dice Nzira. Así, en un pequeño cultivo, diferentes componentes se ayudan entre sí para, en última instancia, producir verduras para una familia: el estiércol de la gallina se convierte en abono para alimentar a las plantas, las gallinas se comen los caracoles para proteger a las plantas y las plantas, a cambio, alimentan a las gallinas y a las personas.

La iniciativa facilita proyectos de permacultura para pequeños agricultores del sur de África. “Identificamos potenciales líderes de grupo en los pueblos”, dice el impulsor. “El líder es quien tiene un sistema de alimentación diversificado en su granja, tiene pasión y está dispuesto a ayudar a otros. Encontramos a mujeres en Limpopo que eran casi autosuficientes en alimentos”, asegura.

La atención de Nzira se centra en los pequeños agricultores “porque son quienes están produciendo más del 70 % de los alimentos en el África subsahariana”. Europa tiene un porcentaje mucho menor de población empleada en la agricultura en comparación con la mayoría de países africanos.

Sin embargo, el interés por las explotaciones pequeñas, las cadenas cortas de distribución y la producción local está creciendo en todas partes. Se han creado nuevas cadenas que aprovechan la venta por Internet a habitantes urbanos que compran directamente a los productores.

En muchas ciudades europeas han crecido los mercados semanales de agricultores, donde los clientes prueban diferentes productos, volviendo, a veces, a frutas y verduras ya olvidados. Los consumidores están preocupados por la calidad de sus alimentos y el impacto que la producción alimentaria tiene en el medio ambiente, por lo que está creciendo la demanda de alimentos producidos localmente, orgánicos y accesibles.

Las redes y asociaciones de agricultores también se han unido para promover la diversidad en el campo y en la mesa, con un sistema productivo más sostenible. Pero la cuestión clave para la mayoría de productores y otros actores en el nuevo movimiento alimentario sigue siendo el acceso al producto básico, las semillas.

Los años de crisis económica también han visto un cierto renacimiento del sector de la agricultura en Europa, con muchos jóvenes empresarios entrando en este mercado. Las situaciones son muy diferentes de un país a otro, debido en gran medida a un marco de ley poco definido. Por ejemplo, en más de 10 años, la Red de Semillas española ha construido una red activa que incluye la participación de la población urbana y rural.

“Hay muchos agricultores jóvenes que desean trabajar de una manera diferente. Prefieren utilizar variedades locales y tradicionales, pero a menudo no tienen los conocimientos necesarios para cultivar estos productos de una manera adecuada”, explica Carrascosa, coordinadora de la rama sevillana de la red. “Organizamos muchas actividades de formación, reuniendo a agricultores jóvenes y ancianos para facilitar la transferencia de conocimiento”, apunta. La red también fomenta la puesta en marcha de bancos de semillas comunitarios, lo que reduce el riesgo de perder una variedad y facilita el descubrimiento de otras ya olvidadas.

Además, tratan de presionar políticamente para cambiar la ley y garantizar que exista un espacio para las variedades locales. “Lo mínimo”, enfatiza Carrascosa, “es que los agricultores puedan vender sus semillas directamente en su explotación o en un mercado local”. Como en Sudáfrica, también hay espacio para la innovación: los agricultores están cambiando el modo de utilizar las semillas locales, cultivándolas con formas más adaptadas al clima y al suelo, lo que puede contrarrestar los efectos de la sequía y otros problemas ambientales.

Volviendo a la tradición

Desde Sassari, en la isla italiana de Cerdeña, Guy D’Hallewin, jefe de investigación en el Instituto de Producción Alimenticia en el Consejo Nacional de Investigación da una visión edificante. “Tuvimos una colección de variedades frutales en nuestros laboratorios, en particular, de peras, manzanas y ciruelas. No se han cultivado durante los últimos 20 años debido a que otras variedades comerciales son más productivas y responden a las necesidades de la industria de la fruta”, señala el investigador, con el mismo entusiasmo que impulsa a Teresa Piras, que está en un viaje de búsqueda de variedades tradicionales de Cerdeña.

“Hemos vuelto a estas variedades tradicionales y hemos encontrado muchas características interesantes”, añade D’Hallewin, quien confía que las “tecnologías innovadoras” pueden abrir camino a estos cultivos tradicionales. “Las variedades antiguas tienen un perfil nutricional muy alto, algo que nunca antes se había tenido en cuenta. Y son resistentes a muchas enfermedades. Es más, requieren menos insumos, por lo que su cultivo tiene un mejor impacto que las modernas. Maduran durante mucho más tiempo, garantizando fruta fresca durante más meses”.

 

Simple and Sustainable Living in My 100 Square Foot Tiny House

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The Seed Cooperative

The Seed Co-operative is a community-owned seed company who believe passionately in breeding open pollinated and affordable seeds that everyone can grow for the coming year. The Seed Co-operative was founded by David Price and Kate Ayre who share the responsibilities of developing the organisation, growing seed and managing their online shop. They sell a wide range of vegetables, flowers and herbs and green manures and are committed to building a resilient food system that will benefit everyone through access to seed, advice and training.
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