Oro verde, las semillas libres de la huerta de Europa

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La Almajara del Sur es un vivero murciano que trabaja con variedades tradicionales, que no están patentadas y no son híbridas; como su vivero, en España, hay pocos “se pueden contar los dedos de las manos”

Perder la posesión de las semillas, “que no deben tener un dueño físico, es grave para la consecución de nuestra soberanía alimentaria”, se lamentan los creadores del proyecto

Su radio de acción va desde Almería a Alicante, pasando por Murcia, Albacete o Jaén

Erena Calvo

Rafael, ingeniero agrónomo, y Javier, biólogo, pusieron en marcha su vivero hace cinco años E.C.

Rafael García, ingeniero agrónomo, y Javier Cerezuela, biólogo, trabajan desde hace casi una década para frenar la desaparición de las variedades tradicionales hortícolas de la Región de Murcia; un 80 por ciento de ellas está en peligro de extinción. Estamos hablando de más de un millar de hortalizas autóctonas. Oro verde.

Hace cinco años que crearon sus propios viveros, La Almajara del Sur, en la huerta murciana de Cehegín, en el noroeste de la Comunidad.

Rafael y Javier trabajan con semillas de variedades tradicionales, pero también con semillas libres, que quedan fuera del sistema de las patentes. Es su compromiso ético. Como su vivero, en España, hay pocos. “Se pueden contar con los dedos de las manos los que tienen producción únicamente ecológica y que opten por este tipo de semillas, la mayoría de los viveros ecológicos a su vez producen en convencional.

En 2008 fue cuando comenzaron a interesarse por la producción de plantas y semillas tradicionales en ecológico y se unieron a un grupo de investigación de la Universidad de Murcia (UMU).

“Caracterizábamos semillas antiguas en un banco de la UMU donde trabajábamos con el catedrático José María Egea, muy conocido por sus proyectos de recuperación de variedades, un proceso de exploraciones que se llevó a cabo sobre todo en pueblos pequeños de interior”, porque en las zonas muy industriales como el Campo de Cartagena o el Valle del Guadalentín, cuenta Rafael, la gente ya no guarda las semillas. Las prospecciones de Egea se dirigieron más a la zona Noroeste, en la Serranía del Segura.

Rafael y Javier lo que hicieron fue “dinamizar” esos estudios. “Montamos una asociación para intercambiar las semillas”, que está dentro de la Red Estatal de Semillas. Y crearon también el vivero para divulgar las variedades sobre el terreno e introducirlas en la cadena de comercialización “aunque fuera a nivel local, a pequeña escala, con los agricultores ecológicos”, como una estrategia para la conservación in situ de las variedades.

Las semillas con las que trabajan además, son semillas libres, fuera del sistema de las grandes multinacionales que manejan las patentes. “Nuestra decisión fue no utilizar semillas patentadas ni híbridas; la mayoría están certificadas porque se las compramos a algunas empresas rebeldes que se dedican a ese tipo de semillas”.

En sus almacenes guardan decenas y decenas de botes de semillas E.C.

En España solo hay una, “que nosotros conozcamos”, Les Refardes, de Cataluña. En Francia, donde hay mucho movimiento campesino, hay alguna más; y sobre todo compran a Austria, Alemania e Italia, “donde quedan empresas de semillas libres que no están metidas en el tema de los híbridos y las patentes”, explica Rafael mientras Javier se apresura en el vivero para preparar los próximos pedidos.

“A nivel ético, intentamos poner nuestro granito de arena para desmercantilizar este tema; perder la posesión de cosas como las semillas que no deben tener un dueño físico es grave para la consecución de nuestra soberanía alimentaria”.

Trabajan con muchas variedades de tomate, pimiento, berenjena, calabazas o judías, “ hay muchísimas variedades, aunque nosotros las hemos reducido a aquellas que productores y consumidores han valorado mejor”.

El “tirón” ecológico

Su público suelen ser pequeños o medianos agricultores; uno de los objetivos del vivero es que el productor y consumidor ecológico local tengan capacidad de distinguirse con variedades singulares que no se encuentran en el mercado convencional.

Un 60 por ciento de sus clientes son agricultores de cercanía, que producen para comercializar sus productos en el mercado local, y el resto, amateur, que cultivan su propio huerto. “Ha habido un tirón muy fuerte en los últimos años en la puesta en marcha de huertos urbanos, o de terraza, por ejemplo”.

Pero, “de vez en cuando”, llegan hasta ellos grandes productores, “les da el subidón porque ahora se reclama mucho el producto gourmet, está de moda”, dice Rafael.

“No es fácil para ellos porque las variedades tradicionales son muy peculiares, y no son como los híbridos, a los que les echas tres productos y salen perfectos; hay que tener en cuenta muchas cuestiones, ver cómo se adaptan al terreno, cómo responden, y los grandes agricultores no tienen tiempo; y no pueden introducirlas en sus sistemas productivos”.

“¿Que cómo se aprende a cultivar esas variedades?” Pues “como antaño”, cuenta Rafael, cultivando y probando. No hay otra.

Ellos tienen su propio campo de experimentación de 6.000 metros cuadrados, donde prueban todas las variedades que venden para poder asesorar luego a los agricultores que trabajan con ellos. Es su almajara, que significa tierra abonada con estiércol para que germinen pronto las semillas.

Como dice Rafael, aquí siempre hay mucho trabajo porque “todo lo hacemos nosotros de manera tradicional y lleva mucha mano de obra, no tenemos maquinaria”.

Las semillas tradicionales y libres, además, “son más caras” porque las empresas que las producen cuentan con poca mecanización y hacen un trabajo muy artesanal de selección.

El 80 por ciento de variedades que llegan a La Almajara del Sur se compran y “las locales de Murcia las tenemos que hacer nosotros porque si no, no las hace nadie; no las encuentras en ningún sitio”.

Habla mientras señala las estanterías de uno de sus almacenes, donde se acumulan decenas y decenas de botes de semillas que les han dado o intercambiado agricultores o la Red de Semillas “y todavía no hemos probado; cada año experimentamos con algunas y reproducimos las que ya tenemos”.

Tienen su campo de experimentación, donde prueban todas las variedades que venden E.C.

Las que ya saben que funcionan las guardan en una nevera “normal”. “Antes secamos artesanalmente las semillas y les bajamos la humedad a un 5 por ciento para meterlas en tarros herméticos, así reducimos la degeneración de la semilla”.

Los planteles también los siembran a mano, cuenta mientras nos enseña uno que tiene encima de la mesa de coliflor morada y otro de pak choi, “una col china que tiene mucho hierro y nos reclaman mucho últimamente”.

Como fertilizante, utilizan turba ecológica, que no está fertilizada con productos químicos, con hummus de lombriz y fibra de coco. “Este es el reto más grande para el viverismo ecológico porque pensamos que el utilizar turba no es un recurso tan sostenible, aunque se regenera naturalmente se utiliza mucho más rápido de lo que se regeneran las turberas”.

Uno de sus trabajadores sembrando a mano los planteles E.C.

Su radio de acción va desde Almería a Alicante, pasando por Murcia, “y a veces llega gente también de Albacete o Jaén”. En Alicante es donde más éxito tienen. “Hay mucha población extranjera y quizás existe una mayor sensibilidad hacia estos temas”. En Murcia hay muchas hectáreas de agricultura ecológica, confirma, “de arbolado y hortaliza, pero la mayoría es para exportar”.

Rafael insiste. “Nos dirigimos más a los pequeños agricultores que quieren consumir variedades de la zona, o saber que la planta la hace una empresa de la zona y formar parte de alguna manera de esa cadena de valor”.

Lo compara con la gastronomía. “Nuestros productos están hechos poco a poco, a fuego lento; es como hacer un puchero en una olla rápida, la comida puede que sea igual de nutritiva pero pierde sabor”. Por eso, dice, muchos de los clientes que vienen por aquí son gente mayor, “los que al final más valoran lo auténtico del sabor”.

 

El Cabrero, Porque callar es morir

“Si otros cantaores ven el mundo perfecto, que sigan cantándole a la Feria de Sevilla”

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El cantaor sevillano El Cabrero repasa, a sus 72 años, una vida llena de luchas y vetos políticos por utilizar sus fandangos, seguiriyas y tonás como arma para criticar los abusos del poder, sin dejar nunca el oficio de pastor al que se ha dedicado desde los seis años.

Texto: Israel Viana
Fotografía: Juan Pablo Pereda

“El miedo me hizo rebelde, en vez de hacerme borrego”, canta José Domínguez (Aznalcóllar, Sevilla, 1944) en una de sus letras más famosas. De pequeño le decían sus padres que las paredes oían. Por eso nunca le hablaron en casa de sus dos tíos fusilados por ser republicanos. Ni de un tercero que tuvo que huir a Francia tras la guerra. Tampoco de cuando su madre —la misma que le llevaba de niño a escuchar a Pastora Pavón, Fosforito, Pepe Pinto o Juanito Valderrama— fue obligada a ingerir aceite de ricino, rapada y paseada por el pueblo como a una bestia. Durante su infancia todo era miedo a su alrededor. “Pero a mí, en vez de amedrentarme, me hizo más rebelde. Con nueve años, la Guardia Civil ya dijo que yo era un insurrecto, porque no les obedecía”, contaba hace años El Cabrero.

“No levantaba ni dos palmos del suelo y ya me rebelaba contra lo que veía injusto”, asegura ahora, en esta entrevista a El Salto. Por eso quiso José que su arte se convirtiera en un arma de doble filo con el que criticar los abusos del poder y reivindicar el papel de los oprimidos. Eso fue lo que le encasilló como “cantaor político” o “fenómeno social”, ganándose sobrenombres tan ridículos como el de “cantaor de la Transición” o el Johnny Cash del flamenco. Apelativos que él siempre rechazó, pero que ayudaron a agrandar su leyenda a lo largo de casi cincuenta años de carrera.

En los años 80, ya era la figura del cante jondo con más proyección internacional. En los 90 participó en los festivales de world music y jazz más importantes del mundo, compartiendo cartel con artistas como Chick Corea o Gilberto Gil. En 1993, Peter Gabriel lo incorporó a su gira por Estados Unidos.

Y todo ello sin abandonar la profesión a la que se ha dedicado en cuerpo y alma desde que, con seis años, tuvo que abandonar la escuela para ayudar a su padre con el rebaño. Aún hoy, a sus 72 años, saca todos los días a sus cabras, desde que sale el sol hasta que se pone, si no está de gira.

“Ha sido exagerado. En el concierto que había menos público acudieron más de 30.000 personas. Algo grandioso. El flamenco está a la altura de cualquier música y donde menos se aprecia es en España”, lamentaba en 1993 en ABC, a causa de sus actuaciones al otro lado del Atlántico. Ni su simpatía con el movimiento anarquista ni su afiliación a la CNT le hacían callarse ante el diario monárquico por excelencia, en una entrevista en la que también criticaba el boicot sufrido desde medios como TVE y Canal Sur: “No entiendo por qué lo hacen. Que se busquen como compañero a otro embustero. En una reunión de frescos, el que molesta es el borracho, pero en una reunión de borrachos, es el fresco el que molesta”.

Fue esta actitud rebelde y salvaje la que le hizo ganarse el favor del público, pero también el veto por parte de políticos y compañeros de profesión, que lo preferían lejos y con la boca cerrada. Pero callarse nunca fue con él. “Mis letras son el retrato del mundo que he trillado, a fuerza de echarle pasos”, explica ahora a El Salto.

Pasos que le han llevado al calabozo en no pocas ocasiones a causa de su reivindicación de las cañadas, veredas y abrevaderos públicos que estaban siendo usurpados por los terratenientes y otros agricultores. ¿Es que no iban a poder pastar sus cabras en libertad por donde lo habían hecho siempre?

Tampoco le callaron en 1982, cuando acabó con sus huesos en prisión acusado de blasfemia durante un concierto: “No tengo más cojones que dejarme llevar a la cárcel, pero me revienta que sea en nombre de su dios, en el que no creo. Estos inquisidores me han condenado por lo que canto y lo que soy, no por lo que dije en Alcolea del Río”, reprochaba tras ser detenido ante un redactor de Diario 16.

“Fue un momento muy duro, yo no me sentía culpable de nada”, recuerda 35 años después. Aquello le privó durante un tiempo de cantar y sacar a su ganado, lo único que ha querido hacer siempre. Nunca buscó otra cosa. Ni publicar discos, ni hacer giras lejos de casa, ni realizar entrevistas —conseguir ésta ha costado varios meses de llamadas y correos electrónicos—, ni tampoco recibir medallas, como le recordaba el pasado viernes al público, durante un concierto en Alcaucín (Málaga), tras el cual se detenía a charlar con los aficionados sobre Karl Marx o la corrupción del PP y PSOE.

Y si aceptó lanzarse a aquella vida ajetreada de focos y festivales fue, al principio, por necesidad. De hecho, la primera vez que a José Domínguez le ofrecieron grabar un disco, lo rechazó. ¿Para qué, si no quería abandonar por ná el oficio de cabrero? Pepe Carrasco tuvo que esperar hasta 1975 para proponérselo de nuevo y conseguir que firmara. El acuerdo al que llegó con este asesor de Belter —además de letrista de Camarón y de casi todas las figuras de la época— consistió en realizar aquel álbum a cambio de que la discográfica le pagara los gastos de la clínica a su compañera, Elena, en el parto del primero de sus tres hijos.

Fue también la necesidad lo que le llevó, antes de ese debut, a marchase a Sevilla para cantarle sus penas a los señoritos a cambio de unas monedas, cuando vio que era imposible mantener su casa sólo con los animales: “Ellos se divertían y eso era denigrante, pero en casa no había nada”, cuenta El Cabrero en su blog donde recuerda la noche que, en la venta de El Morapio, uno de aquellos clientes con dinero le metió “veinte duros en el bolsillo de la camisa” tras tenerle toda la noche seguiriya para arriba, fandango para abajo. “Le dije que el precio a mí trabajo lo ponía yo: que aquello valía, para mí y para guitarrista, 1.500 pesetas. Cuando Antonio Sanlúcar vio que el tío se ponía farruco y que yo me iba para él, me dijo que se le había nublado la vista. Luego, cuando el otro me dio las 1.500 pesetas y las repartí con él, se le salían los ojos de las órbitas. Desde ese día, cuando entraba en la venta, los artistas me decían con admiración: ‘Ahí viene el que se lo lleva to‘”.

¿Recuerda cómo se sintió usted ante aquel trato con Belter, en 1975, para grabar su primer disco?

Yo no sabía cómo funcionaban las discográficas, así que no tenía opinión. No tenía interés en grabar, sólo quería vivir dignamente con lo que dejaban las cabras, pero, qué va, era imposible. No teníamos ni para pagar un médico. Yo no podía consentir que Elena diera a luz en esas condiciones y no lo dudé. ¿Que cómo me sentí con aquel trato? Como el que ha hecho lo correcto. Elena estuvo bien atendida y sobraron algo más de mil pesetas, que nos hacían mucha falta, pero para que el trato se cumpliera, se las dejamos de propina al personal.

No tenía interés en grabar, sólo quería vivir dignamente con lo que dejaban las cabras, pero, qué va, era imposible

En fandangos como “De la vía y la muerte”, de 1983, retrata a un hombre con principios, libre, que lucha por unos ideales cueste lo que cueste. ¿Encuentra usted hombres así en la sociedad actual?

Claro que sí, hay gente con principios, que lucha por sus ideales y por su parcela de libertad. No suelen mandar… Será que no lo ambicionan o que no lo consiguen, pero son un ejemplo para los que están a su alrededor. Pero abundan más los que se han dejado contaminar, no sólo jóvenes, tíos de mi edad, abuelos que parece que no han vivido. Personas despegadas del mundo y pegadas a una pantallita, que parece que sirve para enterarse de todo menos de lo que pasa a dos metros de donde están.

¿No hablan sus letras, entonces, de un mundo que ya no existe?

¡El mundo habrá cambiao pa peor! Yo no recuerdo cantarle a algo que no existe, no lo he hecho nunca. Ni tampoco a algo en lo que no creo. Y claro que aquellas letras de los 80 están de actualidad hoy en día. ¡Si parecen recién hechas! “Hasta llegar al poder, van prometiendo la luna”, “piden tierra y se la niegan, tierra para trabajar” o “ahora le voy a cantar a la que nunca existió: la paloma de la paz”.

¿No ha sentido la necesidad de adaptarlas para hablar de la crisis actual?

No. Lo que hago es echarle mano a las que van surgiendo con el paso del tiempo, según lo que siento y veo a mi alrededor. Y aunque son nuevas, también podría haberlas cantado antes, y siempre. Parece que estamos dándole vueltas a la noria, como el mulo, con los ojos tapados. Por ejemplo: “Que devuelvan el dinero, que se llevó el capital, que están ricos los banqueros y también la patronal, esa que explota al obrero”. Yo lo veo así.

El Cabrero, en directo. Foto: Daniel Fernández.

¿Por qué entre su público hay muchos jóvenes rockeros, heavies, punkies y hippies, haciendo usted un flamenco tan puro y clásico?

No lo sé. Más de uno me dijo que mi voz y mi actitud eran muy rockeras, pero yo soy flamenco. Esa gente, los del rock, son más apasionados por la música de lo que yo pensaba. Seguro que por mi imagen no es, que no sé qué tiene de especial. En Andalucía, en el campo, siempre se ha llevado el pañuelo al cuello pa los suores y sombrero o mascota, que por aquí hace sol casi todo el año.

¿Pero su público fue siempre así?

Mi público siempre fue flamenco, como el de los demás cantaores de mi tiempo, aunque también viniera mucha gente joven, y niños con sus padres o abuelos, que hoy vienen con sus propios hijos. Fue después de mi colaboración con Reincidentes y tras esa versión que Marea hizo de “Como el viento de poniente”, cuando empecé a escuchar silbidos muy fuertes al terminar los cantes. ¡Al principio pensé que protestaban! Pero también escuchaba los “oles” y los gritos de “puto amo”. Lo mejor es que los rockeros que me siguen saben escuchar un cante por soleá o una seguiriya con respeto. Les gusta el cante jondo, sin aditivos.

En la letra, precisamente, de “Como el viento de poniente”, canta usted: “Siempre fui esa oveja negra que supo esquivar las piedras que le tiraban a dar. Y entre más pasan los años, más me aparto del rebaño, porque no sé a dónde va”. ¿Tantas piedras le han tirado a lo largo de su carrera?

Muchas, pero la mayoría las he podido esquivar. Alguna me ha dao de refilón, pero no me ha tumbado. Ahí sigo, de encina en encina y cada día más apartado del rebaño.

¿Se ha sentido vetado alguna vez?

¡El más vetado en siete Estados! Pero ése es el precio a pagar por salirse del redil y lo da uno por hecho. Mi carrera se ha construido gracias al público y por él sigo aquí. ¿Qué sentido tiene vetarme en la Bienal, en esos grandes eventos organizados con el dinero público de la Junta de Andalucía o en muchos ayuntamientos donde me reclama la afición desde hace años? Hasta la Junta ha llegado a publicar una guía del flamenco donde están todos los artistas menos yo. ¡Eso es ridículo!

¿Recuerda cómo se sintió durante aquella condena a prisión por blasfemar, en 1982, cuando se le escapó un “me cago en dios” producto de la impotencia?

Cabreado e impotente. Fue en Alcolea del Río y me encerraron porque era yo, no por lo que dije. Allí no hubo ningún escándalo público. A los pocos meses me volvieron a contratar y, cuando me fui a disculpar, los aplausos no me dejaron terminar. Hubo mucha movilización social y, en vez de dos meses, sólo estuve tres semanas en la cárcel. Seguro que hoy me hubiera tragado los dos meses, porque hemos retrocedido en solidaridad y también en libertades y derechos.

En los años 80 también fue juzgado en varias ocasiones por invadir sembrados, veredas y cañadas. Estaba usted convencido de que no se respetaban esas zonas necesarias para pastorear. ¿Toda aquella lucha le produjo más frustraciones que alegrías?

Comencé a reivindicar las vías pecuarias en 1974. Ni los abogados sabían qué eran las vereas, pero yo sí. Y ganamos todos los juicios, que fueron muchos. Durante años estuve solo, con la ayuda de Elena. Y la cosa llegó hasta las Cortes y al Parlamento de Andalucía. Y luego llegaron los ecologistas… ¡Yo sé bien las veces que acabé en el cuartel de la Guardia Civil y ante el juez! Hoy algunas de esas veredas las han recuperado. Otras están amojonadas, pero siguen usurpadas y borrachas de química, mientras que otras, igual que en 1974, siguen sin amojonar y usurpadas.

El único movimiento que veo hoy al respecto son las borregas que, una vez al año, recorren el Paseo de la Castellana, que es una vía pecuaria. Pero eso es una tortura para los animales, por ese asfalto. Que se lo pregunten a ellas si no. Yo no consentiría que hicieran eso con mis cabras. Las luchas hay que librarlas en el tajo, en las veredas, en los abrevaderos y en los descansaderos.

Algunos dicen que soy un cantaor político, pero los políticos son los que comen del pesebre y se hacen fotos con los que mandan, y no yo, que lo que hago es cantar lo que siento y guardar cabras

¿Le ha perjudicado estar siempre alejado del poder político?

La cuestión es que he estado siempre alejado y, además, he sido crítico con todos los que han tenido el poder. Cuando acabo de cantar siempre vuelvo con las cabras y no me relaciono. Algunos dicen que soy un cantaor político, pero los políticos son los que comen del pesebre y se hacen fotos con los que mandan, y no yo, que lo que hago es cantar lo que siento y guardar cabras. ¿Que si creo que me ha perjudicado? No es que lo crea, lo sé. Pero eso lo sabía desde el primer día y no me arrepiento.

¿Por qué cree que se enganchó de pequeño a los palos más tristes del flamenco (soleás, seguiriyas, tonás), aquellos que hurgan en las penas, el desamor o la muerte, y no a los más alegres?

Cada uno echa por la boca lo que lleva dentro, según su personalidad, y la mía no ha variado. No levantaba dos palmos del suelo y ya me rebelaba contra lo que veía injusto. Y aunque nunca he sido yo muy fiestero, también me gusta escuchar bulerías o cantes de Cádiz. Me gusta todo el flamenco, pero hay cantes que no van con mi forma de sentir ni con mi voz.

¿Nunca le han disgustado letras de otros cantaores a los que usted admira?

Bueno, en lo que cantan otros no me meto, ni me entretengo en lo que hacen, pero sí que hay letras flamencas que yo no cantaría, porque no las siento. Con eso me basta: ni me gusta que me digan lo que tengo que cantar, ni yo soy juez del repertorio de mis compañeros.

A veces da la sensación de que algunos cantaores están, en lo que respecta a las letras, desapegados de lo que ocurre en el mundo.

Pues no lo sé, porque lo que pasa en el mundo está a la vista. ¡Y lo que no se ve! Una vez un periodista me preguntó sobre qué pensaba de las críticas que otros cantaores hacían a mis letras. Le respondí que yo veía muchas injusticias y que si estos compañeros pensaban que el mundo era perfecto, que siguieran cantándole a los farolillos de la Feria de Sevilla. Libertad para que cada cual cante lo que quiera. Yo me preocupo de decirle al público “mis” verdades y, si alguna vez me equivoco, procuraré rectificar.

La Junta se hizo cargo de distribuir el pienso y fueron perdiéndose esos festivales de los pueblos y naciendo otros en el extranjero con el dinero de los andaluces

¿Ha cambiado mucho el mundo del flamenco desde que usted empezó en el tardofranquismo hasta ahora?

Durante el franquismo poco conocí del flamenco. Lo de La Cuadra, que llevaba un mensaje de rebeldía, y cuando iba a cantar a las ventas, que era todo lo contrario. Fiestas de señoritos y mucha miseria. Fue en el 77 cuando empecé en los festivales. Había muchos y buenos en Andalucía. Y en los 80 fue enorme la cantidad que hubo, uno casi en cada pueblo. Era una maravilla.

Luego la Junta se hizo cargo de distribuir el pienso y fueron perdiéndose esos festivales de los pueblos y naciendo otros en el extranjero con el dinero de los andaluces. Otra diferencia es que, entonces, cantaban quienes decidían las peñas y los directores de los teatros. El sitio de figura había que ganárselo entre los demás, gracias al público y no a base de apoyos políticos o a golpe de televisión. Tú dirás si ha ido para mejor o para peor. Si se le pudiera preguntar al flamenco, creo que diría que para peor.

Porque la cantera siempre ha estado en los pueblos y ahí es a donde hay que llevar el flamenco. Cuando Andalucía esté abastecida de cante, baile y guitarra, que se lo lleven a donde quieran. Pero si lo llevan a Nueva York, si es posible que lo paguen los neoyorquinos, como aquí se paga a los músicos que vienen de allí.

 

El Cabrero, El canto de la sierra (Documental)

Esta película (documental) fue rodada en el año 1988 por una productora francesa con colaboración de una cadena de TV. Obtuvo el Premio Especial de la Crítica en el prestigioso Festival de la Rose d’Or de Montreux, fue emitido por cadenas de 43 países de 5 continentes. Canal Plus Francia compró luego los derechos y en Francia puede que haya sido emitida esta cinta más de 10 veces…

Se le propuso a todas las cadenas que existían en España entonces y la rechazaron. En CANAL SUR, dijeron que NO ENCAJABA EN LA PROGRAMACIÓN…. Ahora podéis comprobar, hasta qué punto nuestro Cabrero ha sido vetado durante toda su carrera. (EBP)

El Cabrero, Porque callar es morir

https://elcabrero.blog/2012/03/25/el-cabrero-el-canto-de-la-sierra-emitida-en-43-paises-y-rechazada-por-todas-las-cadenas-espanolas/

Un día con los repobladores que ocupan Fraguas, a los que piden 26 años de prisión

http://www.huffingtonpost.es/2017/04/21/un-dia-con-los-repobladores-que-ocupan-fraguas-a-los-que-piden_a_22047354/?utm_hp_ref=es-homepage

Para los nuevos habitantes de Fraguas: A ver si vosotros recuperáis la historia de nuevo de este pueblo, aunque algunas instituciones tanto militares como religiosas hayan tratado de destruirla y hasta el gobierno quiere venderlo a particulares (finca privada prohibido el paso). Quiero recordaros que tratéis con el cariño y el respeto que se merecen esas piedras que hoy están muertas y caídas entre las zarzas y la maleza, que en otros tiempos tuvieron vida y formaron parte de la historia de estas gentes que tanto lucharon por la vida y tantas calamidades pasaron

Son las palabras que dedica Isidro Moreno García a los nuevos habitantes del pueblo de donde le echaron cuando tenía 18 años: Fraguas (Guadalajara). La aldea fue oficialmente abandonada en 1968 y posteriormente derruida al ser utilizada para maniobras militares. Pero hoy vuelve a tener vida: más de una decena de jóvenes están levantando literalmente los cimientos de unas casas llenas de historia a base de energía y esfuerzo en un proyecto comunitario con afán de volver al mundo rural.

Las estadísticas demuestran que España sufre un problema de despoblación rural. Una de las comunidades autónomas más afectadas es Castilla La-Mancha, que desde 2013 forma parte del Foro de Regiones Españolas con Desafíos Demográficos, encargado, entre otras cosas, de tratar de dar solución a esta despoblación. Por eso los repobladores hablan de una “contradicción” entre sus palabras y actos como el de denunciarlos: “Nos acusan de daño medio ambiental cuando nuestro primer compromiso es con el medio ambiente”.

ASÍ EMPEZÓ TODO

Se trata de un grupo de jóvenes que forman la Asociación de Repobladores de la Sierra Norte, cuya media de edad ronda los 30 años, una generación azotada por las consecuencias de la crisis económica: “Para tener un trabajo precario por 600 euros al mes siempre hay tiempo”. Llegaron a Fraguas en 2013 buscando un pueblo abandonado para empezar una nueva vida en el entorno rural. Comenzaron desde cero la reconstrucción de un lugar en ruinas, destruido por las minas y las granadas de los militares. Cuentan con una casa principal donde está la cocina, la biblioteca y cuatro literas; una despensa; un taller donde realizan productos artesanales; un baño; una fuente y un almacén. Otras casas están en proceso de construcción.

“Nos juntamos, decidimos que era un buen sitio y nos pusimos a trabajar. Estuvimos durmiendo seis meses al raso pero hemos tenido el apoyo de muchos colectivos y personas que nos ayudan”, cuenta Issac Alcázar, uno de los primeros repobladores.”Queremos un modelo de sociedad comunitario, autosuficiente y autogestionado”, explican, “no se trata de nuestro pueblo, sino de un proyecto social”.

Fraguas: ¿un pueblo okupado o repoblado?

http://www.eldiario.es/clm/Fraguas-pueblo-okupado-repoblado_0_638336647.html

Esta aldea de la Serranía de Guadalajara, expropiada en 1968, ha sido repoblada durante los últimos cuatro años por un grupo de okupas

La Fiscalía pide 26 años de prisión para seis miembros del grupo, tras ser denunciados por la Junta por delitos medioambientales al ubicarse Fraguas en el Parque Natural de la Sierra Norte de Guadalajara

“Defendemos una forma de vida autosuficiente y sostenible en el medio rural, y Fraguas es ideal para llevar a cabo nuestro proyecto”, subrayan los okupas

Raquel GamoColectivo Fraguas

Cualquiera que trate de llegar a Fraguas guiado por una ruta de Google Maps acabará por perderse. No hay carretera, ni la señalización es adecuada. Esta diminuta aldea, enclavada en plena Sierra Norte de Guadalajara, entre los pueblos de Monasterio y Arbancón, resiste aislada del ruido, la contaminación y la masificación.

Rodeada de manantiales, de frescos pinares y de naturaleza en estado puro, se trata de un lugar donde el estrés y el incivismo resultan inconcebibles. Aquí, las piedras y la vegetación salvaje eran hasta hace cuatro años los únicos testigos. En cambio, desde 2013, un grupo de okupas se ha empeñado en reescribir la historia de este pueblo, hasta entonces completamente abandonado.

Fue ese año cuando varios miembros de la Asociación de Repobladores Rurales de la Sierra Norte decidieron abandonar la ciudad, el mundanal ruido del tráfico y los agobios urbanos, para instalarse en un enclave que oficialmente no tiene la categoría de municipio. Fraguas es un rincón guadalajareño enclavado en el Parque Natural de la Sierra Norte, un pulmón natural de 125.000 hectáreas cuyas normas prohíben expresamente la urbanización sin permiso. Fraguas era hace cuatro años un pueblo fantasma. Hoy es un caserío en vías de reconstrucción.

Pero el asunto ha levantado ampollas porque la Junta de Castilla-La Mancha considera que las intervenciones realizadas no se ajustan a la ley. Que para solucionar la despoblación no basta con agarrar el petate y marcharse a vivir a un pueblo. Que hay que hacerlo con arreglo a las normas. De ahí que el Gobierno regional haya formalizado una denuncia que ha derivado en que la Fiscalía reclama 26 años de cárcel en total para seis okupas de Fraguas.

Más allá de la pugna judicial, el caso de este pueblecito ha reabierto el debate sobre el reto que plantea la despoblación en provincias como Guadalajara, que acumula decenas de despoblados y en la que más del 80% de sus municipios no supera el millar de habitantes. La paradoja que plantea Fraguas es que sus habitantes tuvieron que abandonar su pueblo para marcharse a la ciudad porque no encontraban expectativas de vida y porque la Administración les expulsó para plantar pinos; y ahora, sus nuevos moradores, llegan expulsados por la falta de oportunidades en la ciudad.

Colectivo Fraguas

De Madrid al pueblo

El caso es que Jaime, Isabel, Lalo, Juan, Josune y otros compañeros del movimiento okupa se muestran orgullosos de haber devuelto la vida a Fraguas, y de contar con el apoyo de parte de sus antiguos vecinos en esta tarea. Su historia ha generado una expectación mediática y social inusitada. Todos ellos son jóvenes, universitarios y, en su mayoría, madrileños. Un día decidieron huir de Madrid para convertir Fraguas en el escenario de sus vidas para volcarse en la “agroecología y la autogestión colectiva”. Jaime Merino, sociólogo de 24 años y miembro de este proyecto de repoblación rural, cuenta que “al no poder desarrollarnos con dignidad en la ciudad, buscamos un sitio en el campo donde ser autónomos. Fraguas cumple nuestras expectativas. Estamos reconstruyendo el pueblo y creando un proyecto de vida sostenible y autosuficiente”.

La actividad cotidiana en la aldea es incansable. Cada semana, los “compañeros” -como les gusta llamarse- se reúnen en asamblea para distribuir las tareas. Trabajan colectivamente. Primero reconstruyeron las casas respetando el estilo y los materiales de la arquitectura tradicional. Ahora cultivan un huerto y fabrican mermelada y cerveza artesana. No disponen de suministro eléctrico, pero sí de una placa solar que ellos mismos han creado, además de un manantial que les abastece de agua. Y no permiten roles de género: todos hacen de todo. Atienden el hogar, cocinan, construyen, cultivan… “Cuando vienes al campo, no puedes seguir viviendo como en la ciudad. Defendemos un modelo de autogobierno, autogestión y autosuficiencia alimentaria que allí es muy difícil de cumplir”, afirma Lalo, madrileño de 32 años, que había trabajado anteriormente en una cooperativa de huerta ecológica en Toledo.

Colectivo Fraguas

En la placita que da acceso a la vivienda donde se reúne el grupo se puede leer en una pizarra algunas de las normas de convivencia: “Gracias por venir y apoyar el proyecto. Cuida el entorno, limpia tu mierda, no tires las colillas al suelo; no se toleran actitudes sexistas, agresivas ni discriminatorias”. Una forma de regular la convivencia que, tal como admiten los propios okupas, fue muy difícil al principio.

Los progresos en la rehabilitación del poblado en estos cuatro años son evidentes. A pesar de los recursos limitados con los que cuenta los okupas, las obras han sido financiadas, en gran medida, con fondos propios. Han logrado levantar la casa principal, que es el centro de operaciones donde se encuentran la cocina, las mesas de trabajo y una biblioteca; el cementerio; una fuente de agua potable y una piscina para contralar los incendios. Las calles están limpias de maleza y el paisaje que se dibuja en el horizonte se asemeja al de cualquier pequeño pueblo de Guadalajara.

Desde que este grupo de okupas comenzara a actuar en Fraguas con el fin de “recuperar la memoria de esta población”, comenta Jaime Merino, “la empatía y el apoyo recibidos han sido una constante”. Especialmente, entre los antiguos pobladores de Fraguas, que empatizaron desde el principio con los planes de estos ‘nuevos pobladores’.

“Ha sido un proyecto muy constructivo. Empezamos a crear un vínculo con Guadalajara y con Isidro, Rafa y Vicente, antiguos vecinos de Fraguas, que siempre nos han apoyado. A Isidro se le abrió el cielo cuando nos vio por aquí. Estaba emocionado de poder volver a pasear por las calles de su pueblo. Este lazo es algo que nos legitimaba para quedarnos aquí”, explica Jaime. Esta sintonía entre ‘viejos’ y ‘nuevos’ habitantes quedó plasmada en un libro que Isidro regaló en agradecimiento al grupo. En respuesta a esta cálida acogida, los jóvenes quieren colgar una placa en memoria de quienes habitaron la aldea en el pasado. No hay, por tanto, ruptura con el cordón umbilical de un pasado sin cuya memoria resulta imposible entender la situación de Fraguas y tantos otros despoblados de Castilla.

Colectivo Fraguas. Antiguos vecinos de Fraguas apoyan a los nuevos repobladores okupas de su pueblo

Expropiación y abandono

El devenir de Fraguas ilustra la decadencia del medio rural en la provincia de Guadalajara –igual que el del resto de la España interior- durante el último medio siglo. El éxodo rural a las ciudades afectó a la mayoría de pequeños pueblos de nuestro país, dando lugar a lo que el escritor Sergio del Molino ha definido certeramente “La España vacía”. Esto es, la España del silencio. La España sin habitantes. La España que se extingue.

El caso de Fraguas es especialmente sangrante. Este pueblo no se quedó vacío porque sus habitantes se marcharan a Madrid o Barcelona. Se quedó vacío por decreto. Porque así lo dispuso el régimen franquista, cuyas autoridades ejecutaron su expropiación en 1968. La razón esgrimida entonces por el Gobierno de la época consistía en transformar el municipio en monte de utilidad pública. Eso sí, a cambio de una propina de 3.000.000 de las antiguas pesetas para sus lugareños.

Lo que ocurrió, en realidad, fue una aniquilación del hábitat rural que tenía como objetivo la reforestación y la construcción de vastas infraestructuras hidráulicas como ocurrió, por ejemplo, en la población de El Vado, situado también en la Sierra de Guadalajara, cuyo caserío yace bajo el pantano que lleva su mismo nombre.

Ahí comenzó el abandono de Fraguas. Y ello hasta el punto de que los muros de sus casas acabaran devorados por la maleza. Otros edificios, directamente, fueron víctimas del expolio. Por ejemplo, la campana de la iglesia, que habían comprado los vecinos, se la llevó el Obispado a Cogolludo. Un relato de duelo e impotencia ante el tsunami del desarrollo, que arrasó poco a poco la identidad rural. Hasta que llegaron los okupas.

Colectivo Fraguas

Conflicto con la Administración

“No le puedes decir a nadie que esto no es un pueblo. Lo es desde el siglo XV salvo en el paréntesis en que ha estado abandonado. Hemos vuelto a recuperar el pueblo”, afirma Jaime Merino, que es uno de los okupas denunciados por el Gobierno de Castilla-La Mancha.

El principal inconveniente al que se enfrenta este “grupo de desobediencia civil” -tal como se autodefinen- para proseguir con su asentamiento es su ubicación geográfica. Fraguas, que dejó de ser municipio en los años 60, para convertirse en monte de utilidad pública, está incluido dentro de la superficie del Parque Natural de la Sierra Norte, creado en 2011. Esta circunstancia hace que Fraguas no se pueda volver a habitar y que sus vecinos no tengan derecho ni a servicios ni a empadronamiento. “Fuimos a la Consejería de Agricultura a presentar el anteproyecto por escrito y la respuesta fue negativa”, explica Isabel Turina, una de las okupas.

Desde ese momento, los controles de los agentes medioambientales no han parado de sucederse. Visitas, identificaciones, informes. “Hay un control absoluto sobre este monte y no les interesa que nosotros nos asentemos aquí”, enfatiza Turina. El pretexto del entorno protegido, argumentado por la Administración, no es compartido por los okupas: “Nos echan en cara el tema del medio ambiente cuando uno de los pilares de nuestro proyecto es el ecologismo y la gestión sostenible del campo. Aquí hay una reforestación de pino muy mal realizada”. En definitiva, no entienden que no sea un problema que las máquinas entren en el monte para talar la vegetación y, en cambio, resulte conflictivo que se rehabilite el caserío del pueblo. “Es un poco contradictorio que nosotros no podamos estar aquí y sí que se autoriza el uso de explosivos en el parque natural”, se queja Lalo, otro de los okupas que figuran en la denuncia de la Administración autonómica.

La situación judicial actual es, ciertamente, delicada para los okupas. La Fiscalía pide para ellos una pena de 26 años de prisión, dos para cada uno de los seis miembros del movimiento reivindicativo, tras ser denunciados por delitos de usurpación del monte, contra la ordenación del territorio y por daños al medio ambiente. Además, si la causa prospera, deberán hacer frente a una sanción de 26.000 euros en concepto de responsabilidad civil para demoler todas las construcciones del poblado y gestionar los residuos generados este tiempo.

Isabel Turina y Josune, dos de las okupas de Fraguas. Foto de Raquel Gamo.

Los jóvenes han recibido hace unos días los escritos de acusación y están a la espera de que se les comunique la fecha del juicio oral. “Estamos tranquilos. Contamos cada vez con más apoyos y resistiremos”, asevera Merino.

Lo cierto es que el respaldo al proyecto ha sido desbordante. Para canalizarlo mejor, los okupas decidieron abrir una cuenta bancaria para recaudar fondos y una página en Change.org en la que más de 60.000 voluntarios reclaman a la Junta que retire la denuncia. Las visitas de apoyo de particulares, colectivos de diferente e incluso de políticos son diarias. El secretario general de Podemos en Castilla-La Mancha, José García Molina, mantuvo un encuentro con estos okupas recientemente y se interesó por las acciones de rehabilitación que el grupo ha realizado en estos cuatro años de repoblación.

Alberto Rojo, delegado de la Junta de Castilla-La Mancha en Guadalajara, se muestra abierto a encontrar una solución. “Cuando conocí el asentamiento de Fraguas, empaticé con ello porque iniciativas como ésta en una provincia tan despoblada como Guadalajara son necesarias y debemos apoyarlas”. Sin embargo, según explica a eldiarioclm.es, el problema de Fraguas es que forma parte del Parque Natural de la Sierra Norte.

“Es una zona con riesgo alto de incendios y donde los habitantes no tienen acceso a servicios. No es apta, ni legal para ser habitada. Podríamos colaborar con estas personas para que iniciaran la repoblación en otros municipio de la sierra o de la comarca de Molina que lo necesite”, añade Rojo. Los okupas rechazan esta invitación, que califican de “hipócrita”, piden no confundir “legalidad con legitimidad” y exigen tanto la retirada de la denuncia como que se pongan todas las facilidades posibles para que Fraguas recupere la normalidad que tuvo antaño.

Ayudas al medio rural

El caso de la repoblación de Fraguas no es aislado. En España ha habido otras iniciativas similares, algunas de las cuales han fracasado y otras, por el contrario, se encuentran en una fase avanzada. Juan, de 31 años y natural de Huesca, es otro de los okupas que ha decidido cambiar la ciudad por Fraguas. Cuenta que, anteriormente, había participado en el proyecto de recuperación del municipio despoblado de Sieso de Jaca, en Huesca. También en esta provincia aragonesa se desarrolló otra acción de asentamiento rural en La Selva. Sus pobladores, que se enfrentan a un juicio por ello en mayo, se han movilizado para conseguir todo el respaldo posible para su causa. En Guadalajara el ejemplo más similar se localiza en La Vereda, dado que Umbralejo –municipio de la Arquitectura Negra también despoblado- fue adquirido por el extinto Icona (Instituto de Conservación de la Naturaleza) para después reconstruirlo mediante su uso como campamento del Ministerio de Educación.

El episodio de Fraguas ha puesto encima de la mesa la necesidad de combatir la despoblación. El Gobierno regional rechaza cualquier asentamiento ilegal, pero ha aprobado en recientes fechas un decreto que supone el la creación de una Inversión Territorial Integrada (ITI) de Castilla-La Mancha. Se trata de un programa específicamente orientado a comarcas despobladas y del que se beneficiarán más de 600 municipios, un 17% de la población regional.

El presupuesto previsto de 490 millones de euros, que proviene del Fondo Social Europeo, el Fondo de Desarrollo Regional y el Fondo Europeo de Desarrollo Rural, se podrá destinar a proyectos tanto de carácter público como privado y sólo se podrán usar en dichas zonas afectadas. La inversión media por habitante se ha calculado en unos 1.500 euros por habitante. “El doble de lo que se destina al conjunto de la región de fondos estructurales”, puntualizó José Luis Martínez Guijarro, vicepresidente de Castilla-La Mancha.

Las comarcas para las que está destinada la ITI tienen localidades con ratios de población muy inferiores de los fijados por la Unión Europea como “zonas escasamente pobladas”, es decir, inferiores a 8 habitantes por kilómetro cuadrado. Se trata de toda la provincia de Guadalajara, a excepción del Corredor del Henares; la provincia de Cuenca en su totalidad; las sierras de Alcaraz y Segura, en Albacete; la Sierra de Almadén y los Campos de Montiel, en Ciudad Real; y la comarca toledana de Talavera de la Reina.

El Gobierno de Castilla-La Mancha admite que la despoblación es uno de los mayores lastres que arrastra este territorio, pero confía en que las inversiones que facilitará el proyecto de la ITI regional eviten que en el futuro sigan proliferando despoblados como el de Fraguas. Pero eso atañe al largo plazo. En el corto, los okupas de este enclave esperan que les sigan dejando alimentar su anhelo de reconstrucción. Pero si no hay acuerdo entre este colectivo y la Administración, el futuro de Fraguas terminará dirimiéndose en los tribunales.

MOY HILL CSA FARM

notes from the farm

There is so much going on in the garden this time of year that we felt it would be nice to give a little note from the garden. Please let us know if you like it and want to know more. This month I (fergal) will give a bigger recap as it’s the first one for a while but in future it will only be a quick line to keep you in the loop on how your veg is doing.

We have had a great spring overall, there has been both great and average weather but the growth has been good. We are still expanding the garden to grow more food which requires lots of work. The biggest job at the moment is making these beds or the first time, but once they are made it will be easier from here on out. This week saw the tunnels looking really full of life and our cucumbers are not far away now! Outside we pulled all the garlic that was planted in late October. It got a disease called rust (where all the plant goes brown) in the last month but thankfully the plants had done almost all there growing and we have a good harvest. We will be giving the members the not so pretty looking ones to start with and the good ones will be stored for later in the year. Besides that we are still planting away (beetroot, cabbage, lettuce, broccoli, leeks, spring onions) and weeding and minding all the plants we have been planting for the past four months. 

Chard – a member of the beetroot family – is surely one of the most underrated vegetables of our time. Learn more with Brian Cavanagh.  Keep Reading 

BARN NIGHTS WITH LUKA BLOOM
Sunday 30th July at the Farm 5:30 – 8 Luka bloom will play at our second barn nights to watch a little clip of our first night  click here  This spring homes were found for around 250 young trees: Birch, Alder, Crab Apple, Hazel, Damson, Spindle, Willow, Wych Elm, Copper Beech, Horse and Sweet Chestnut. Many went to the “Tree Walk” to be planted at schools in Connemara, others found homes locally and a few were planted at Moy hill Farm. There are a good few pot grown Holly now large enough to be planted out and if anyone would like a few do please get in touch. And may I renew the appeal for the ongoing need of willing hands to nurture the young trees. Joe Quilty 0879271113