http://carnecruda.es/2015/03/26/cc_44_borrador-como-acabar-con-el-mal/

En tiempos de crisis donde los archienemigos del bien común campan a sus anchas nos hemos preguntado ¿Cómo acabar con el mal? Hemos conocido a los protagonistas de este festival que aúna a la flor y la nata del activismo creativo internacional que se celebra esta semana en San Sebastián.

Artistas como el escritor Andrew Boyd, todo un veterano en el difícil arte de inventar campañas políticas creativas como la famosa Billionaires for Bush o el colectivo Enmedio desde Barcelona. También visitaremos el The Laboratory of Insurrectionary Imagination, conocidos por cultivar la desobediencia civil allá donde van con sus talleres de “cultura postcapitalista”. Por último, para combatir al mal, llega el superhéroe definitivo Gan Golan. Artista, agitador y autor de cómics como Goodnight Bush o The Adventures of Unemployed Man.

Desde las llanuras de Ulan Bator llega toda la sabiduría y ojo fino de la Revista Mongolia. Humor ácido y satírico en pequeñas perlas que no puedes dejar de escuchar para no ser un personaje aburrido.

Nuestros especialistas tecnológicos de Hoja de Router nos enseñarán lo último en gadgets, aparatos e inventos que nos vuelven locos. No te quedes desactualizado y haz follow a nuestra sección tecnológica.

Hablaremos en Serie de Mad Men. Aloña Fernández nos enseña el libro “Mad Men o la frágil belleza de los sueños en Madison Avenue”. Lo ruin a la vez que fantástico de las agencias de publicidad de los años 50 inunda nuestra carnicería.

Y para acabar, hoy se viene a nuestra Isla de los Malditos, una mujer que alumbró los principios de la informática: la inglesa Lady Lovelace, una mente privilegiada quien, a pesar de su genio y su trascendencia, hoy no tiene la popularidad que merece, probablemente por ser mujer y haber vivido en el s. XIX

¡ACABAMOS CON EL MAL EN CARNE CRUDA!cómo acabar con el mal

El laberinto español

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“Durante todo un siglo, España ha vivido bajo la apariencia de un régimen democrático constitucional, sin que el pueblo haya tenido nunca, directa o indirectamente, la menor participación en el gobierno. “Si es pueblo no ejerce sus derechos, es por su propia culpa”, decían y todavía dicen los que los han usurpado, pero la verdad es que (…) las clases gobernantes de todos los partidos procuraron adulterarlo y corromperlo. Los mismos hombres que le dieron sus derechos políticos tuvieron buen cuidado de hacer que no los pudieran ejercer nunca.

La separación de poderes es cosa que jamás ha existido y los magistrados eran simples empleados del gobierno que recibían órdenes de arriba. Valía más aguantar agravios e injusticias que no arriesgarse a lo peor protestando, ya que los tribunales de justicia no aseguraban la más mínima protección. Pero esta injusticia no venía a ser otra cosa que un mal mucho más general aún: la corrupción de todas las clases de la sociedad. No solamente abundaban las defraudaciones (…) sino que se consideraba como una traición denunciarlas. Los ricos, por su parte, burlaban casi todos los impuestos. Se estimaba que el fraude por la propiedad en España ascendía del 50 al 80 por ciento del total. Pero la gente pobre no se beneficiaba de ello; al contrario, tenía que pagar más.

“Quítate tú para ponerme yo” llegó a ser el primer principio de los partidos políticos. Los principales intereses de España, sobre todo bancos (…), estaban muy estrechamente ligados a la política; de los políticos dependía el que se considerasen favorablemente sus intereses, mientras que los políticos (…) dependían de ellos en lo que concierne a puestos en consejos de administración y cargos lucrativos para sus familias. Y ahora un Borbón, un joven de aire insignificante, venía a ocupar el trono vacío. El ambiente político del país jamás había estado tan decaído, y aunque se experimentaba cierto alivio general con que, por fin, hubiese quedado zanjada la cuestión de la forma de gobierno, la verdad es que nadie sentía ni esperanzas ni entusiasmo en cuanto al futuro.

La desconfianza de la opinión pública española respecto a los poderes constituidos se había hecho endémica. El viejo sentido de unidad bajo el rey y la Iglesia de los felices tiempos pasados, había pasado dejando en su estela una nube de oscuras sospechas. Era pues condición esencial la exclusión de este factor peligroso e imprevisible: la opinión pública. De manera cada vez más frecuente, el gobierno tenía que recurrir a la policía junto con bandas de matones para mantener a distancia a los votantes hostiles”.

Parecen escritos hoy pero estas frases y fragmentos dispersos en el libro El laberinto español, y convenientemente ordenados aquí para hacer una radiografía del presente, fueron en realidad publicados por el historiador hispanista británico, Gerald Brenan, en 1943 y se refieren a la España de hace poco más de un siglo, la de la Restauración y los primeros años del XX. Desde la primera página tienes la penosa sensación de que ya entonces, éramos como somos, de que hemos retrocedido o apenas avanzado: habla de “casta” y de caciques que compran el voto con redes clientelares, de una Iglesia al servicio de una clase privilegiada poco industriosa que no fomenta el empleo y de una enfermedad nacional cuyo principal síntoma es la separación entre el sistema político y financiero, de un lado, y las necesidades del país, de otro.

“¿No es España, después de todo, el país en el que la Historia, y de qué monótona manera, se repite una y otra vez?”, se pregunta Brenan retóricamente. Así lo parece: damos vueltas sobre nosotros mismos perdidos en un laberinto del que no sabemos o no queremos salir. Podríamos. Lo dice el autor inglés con palabras que resuenan familiares: “Una idea nueva, incitación a la acción común, se presiente que podría liberar todo ese cúmulo de energías hasta aquí dirigidas únicamente contra sí mismas; y en vez de batallar sin objeto en torno a sus propios problemas, España podría enviar rayos de luz y energía al mundo”. Me conformaría con que fuéramos capaces de iluminar el laberinto interior para encontrar la salida.