DOSSIER: El gran robo de la leche

Como las multinacionales se apropian de la ‘leche popular’

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1.La leche popular

 Repartidores de dignidad. A tempranas horas de la mañana de cualquier día, antes de que la mayoría de las personas salgan de la cama en Colombia, cerca de 50 mil personas vendedoras de leche surcan las calles de las ciudades del país. Estas “jarreadoras”, como les llaman, viajan en motocicleta con grandes latas de leche que colectan en unos dos millones de locales en el campo colombiano.

Diariamente repartirán 40 millones de litros de leche fresca a un precio que pueden pagar cerca de 20 millones de personas colombianas, para después hervirla ligeramente y así garantizar su asepsia. No hay tal vez una fuente tan importante en Colombia de sustento, nutrición y dignidad, que lo que se ha dado en llamar la “cadena láctea popular”, la “leche popular”.

También en Europa contábamos con este modelo y no era raro encontrarse en el medio rural con los cántaros de leche esperando la llegada de un pequeño camión que serviría la leche en los pueblos cercanos.

Al campesinado, la leche popular les ofrece una de las pocas fuentes de ingresos consistentes y regulares. Dado que la leche es perecedera, es también una fuente importante de entradas para las y los vendedores que van a recogerla a diario de los campesinos para llevarla a la población consumidora que diariamente compran leche, queso, yogurt y otros productos lácteos frescos. Las costumbres culturales comunes de calentar la leche o de fermentarla garantizan hacen que sea seguro consumirla, aunque las élites tratan con desdén al “sector informal”. Sus productos los consideran faltos de higiene o de mala calidad, y su sistema es considerado ineficiente.

En los mercados donde hace tiempo se venden sólo lácteos industrializados, la leche popular está regresando. De Estados Unidos a Nueva Zelanda, se expanden los mercados para compras directas de leche de las granjas o de leche orgánica o cruda, en tanto la gente busca alimentos de mejor calidad producidos por fuera del sistema industrial. En estos países, el campesinado también está harto del modelo dominante. El viraje a la producción intensiva los amarró mediante los altos costos y las deudas, mientras los precios de la leche rara vez cubren los costos de producción.

La mala leche en la Unión Europea: Nada es más importante para la alimentación y los sistemas agropecuarios en la Unión Europea que los lácteos. Éstos dan cuenta de una quinta parte de toda la producción agrícola de la UE, y una quinta parte de las existencias mundiales de leche se consume en la UE. No obstante, la producción lechera europea atraviesa una profunda crisis.

El número de establos lecheros en la UE bajó en 80% desde 1984, y los últimos años han sido particularmente crudos. El País Vasco, por ejemplo, perdió 60% de sus establos lecheros entre 2002 y 2010.[4] Las organizaciones campesinas señalan con el dedo las políticas de la UE que empujaron los precios que se pagan por la leche a niveles muy por debajo de los costos de producción.

Las políticas lecheras en la UE giran en torno a un sistema de altos aranceles, cuotas de producción y subsidios. Existían medidas de regulación de precios, pero éstas han quedado reemplazadas por ayudas directas a los productores. Las organizaciones campesinas, como Vía Campesina Europa, mantienen que la UE y sus Estados miembros han manejado las cuotas sistemáticamente, con el fin de que el abasto siempre exceda la demanda. Esto ha permitido que las procesadoras bajen el precio a pie de establo por debajo del costo de producción, lo que les permitió vender productos lácteos europeos a precios artificialmente bajos en el mercado internacional. Las y los campesinos europeos sobreviven con precios tan bajos únicamente porque reciben pagos directos por parte del gobierno, que en gran medida benefician a los establecimientos más grandes. En la UE, tres cuartas partes de los pagos directos le llegan a una cuarta parte de los establos.[5]

¿Cuál es el resultado de estas políticas comerciales?  Hoy, la UE es una de las dos potencias exportadoras de productos lácteos más grande del mundo. Entre la UE y Nueva Zelandia (otra potencia láctea), controlan la mitad de las exportaciones mundiales de productos lácteos, inundando el mercado con leche artificialmente barata producida en grandes granjas que han desplazado al sector lechero tradicional.

Las y los productores de lácteos en Europa están luchando fuerte contra estos acontecimientos. La reforma de la Política Agraria Común propuesta por la UE apunta a más intensificación y la desaparición absoluta de las pequeñas fincas sustentables. En los principales países productores varias organizaciones campesinas se han unido en demanda de que la Política Agraria Común sintonice la demanda y el abasto. Están llamando a un sistema de manejo de existencias, que se oriente al mercado interno con precios basados en los costos de producción y que esté gobernado por todos actores presentes en la cadena láctea.[6] El actual triste escenario del sector lechero europeo puede empeorar si no se revierten estas políticas.

2.Cómo mantener la leche fuera de las manos de las corporaciones

La leche popular es un motor de salud y un alivio de la pobreza. Proporciona medios de subsistencia y alimentos nutritivos, seguros y costeables. Los ingresos obtenidos son distribuidos equitativa y consistentemente a lo largo de todo el sector. Todo el mundo obtiene beneficios con la cadena láctea popular, excepto los grandes negocios, y es por eso que pujan por destruirla.

Para evitar su desaparición hay que poner en práctica medidas y prácticas de Soberanía Alimentaria. Se tiene que proteger arancelariamente a la producción familiar local de cada país, y detener  las importaciones desleales de leche en polvo y productos lácteos baratos.

La leche popular está también amenazada por los estándares y regulaciones de sanidad alimentaria diseñados por las procesadoras industriales. Y un sistema de leche popular necesita un sistema apropiado de sanidad alimentaria, basado en la confianza y en los saberes locales. Hay veintenas de ejemplos de modelos de seguridad sanitaria de los alimentos por todo el mundo, que son particulares a su cultura local.

También está la cuestión de la inversión. El dinero fluye ahora, de múltiples fuentes, tanto locales como extranjeras, para construir mega-granjas. También fluye dinero de donantes y ONG para programas que hagan que los pequeños productores entren a las cadenas de abastecimiento de las grandes procesadoras. Esos dólares, rupias y shillings, son mortíferos. No hay futuro en este escenario para los sistemas agropecuarios de pequeña escala ni para los mercados locales, como lo demuestran incontables ejemplos por todo el mundo.

Más allá de estos esfuerzos, más nacionales, hay la necesidad de ejercer acciones globales concertadas contra los Grandes Lácteos. Las horrendas tácticas que se utilizan para destruir la leche popular rayan en acciones criminales. Ha llegado el momento de emprender campañas contra los peores transgresores, como Nestlé, Danone y Tetrapak. Debemos denunciar a las ONG que trabajan junto a los Grandes Lácteos para que se aparten de sus acciones.

Este artículo es una versión abreviada de un informe de GRAIN que se puede descargar en www.grain.org

grain-4259-the-great-milk-robbery-how-corporations-are-stealing-livelihoods-and-a-vital-source-of-nutrition-from-the-poor

DOSSIER El gran robo de la leche-GRAIN-DIC 2011

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