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«La economía dominante viene fracasando, inevitablemente, en sus intentos de demostrar que puede, desde dentro (es decir, desde sus presupuestos liberales) afrontar y resolver el problema ambiental, aunque no haga más que agravarlo»

pedro costa morata 20.01.2018 | 19:09

Economía murciana de ruina (ni circular ni sostenible)

Economía murciana de ruina (ni circular ni sostenible)

«Primero se airearon las ´tres R´ (reducir, reutilizar, reciclar) que, al no cumplirse, fueron elevadas a cinco (más recuperar y reparar) y como el sistema económico sigue, triunfante, alejándose de todo eso, ¡se han aumentado a nueve! (las anteriores más repensar, rediseñar, refabricar y redistribuir: o sea, erre que erre)».

Si no conociera lo que puede dar de sí la actual Administración regional me dejaría llevar por el último arrebato de «apuesta por el desarrollo sostenible que implica un cambio de modelo productivo», a cuyo ‘lanzamiento’ han acudido los representantes de empresas y de sindicatos y que dice proponerse la puesta en marcha de una ‘economía circular’. Pero no me cabe duda: se trata de un nuevo ejercicio de hipocresía redomada, liderada en este caso por Javier Celdrán y su consejería tricéfala y de chillonas incompatibilidades que pretende, aparte de ofrecer un nuevo sustitutivo a su desidia ambiental, apropiarse de los fondos que la UE (con no menor dosis de cinismo) va a destinar a la transformación del ‘aparato productivo’. El espectáculo es tan colorista como simultáneo con todos los procesos de degradación e insostenibilidad: primero se airearon las ‘tres R’ (reducir, reutilizar, reciclar) que, al no cumplirse, fueron elevadas a cinco (más recuperar y reparar) y como el sistema económico sigue, triunfante, alejándose de todo eso, ¡se han aumentado a nueve! (las anteriores más repensar, rediseñar, refabricar y redistribuir: o sea, erre que erre).

Todo menos encarar lo que hay que encarar y es la dura realidad de que la mayor parte del sistema productivo es inviable y ruinoso en términos ambientales; en especial y en esta región el agrario intensivo, y para ello se inventan y reinventan términos y eslóganes destinados a distraer y ganar tiempo en un proceso de profunda y sistemática insostenibilidad.

 La economía dominante viene fracasando, inevitablemente, en sus intentos de demostrar que puede, desde dentro (es decir, desde sus presupuestos liberales) afrontar y resolver el problema ambiental, aunque no haga más que agravarlo; como no puede reconocer esta incapacidad intrínseca, genera continuas señales de autoengaño y diversión.

Los mejores intencionados desde el campo liberal trataron de configurar una ‘economía ambiental’ que era la continuación natural de la preocupación surgida, ya en el siglo XX, en torno a los daños de tipo ‘externalidades’ del proceso productivo. Entre la obra de Pigou ( La economía del bienestar, 1920) y la de Mishan ( Los costes del desarrollo económico, 1969), pasando por otros autores y obras de interés y novedad, los esfuerzos de la teoría liberal se limitaron a proponer la elaboración e internalización de esos costes ajenos al estricto proceso productivo, y a la propuesta de instrumentos impositivos que redujeran el ámbito del daño producido en campos anejos a esa producción. Todavía ese liberalismo que dice entender el problema de los recursos naturales y del medio ambiente insiste en que ese es el camino, es decir, evaluar costes e internalizarlos, pero la emergencia de la Economía ecológica con Görgescu-Rögen ( La ley de la entropía y el proceso económico, 1971) ya hizo trizas esos intentos, reduciéndolos al absurdo y denunciándolos como elusivos, mediocres y ajenos al significado y la dimensión del agobiante problema ambiental. Esta economía ecológica exige la recuperación de los ciclos naturales, la revisión a fondo de los procesos físico-químicos, la integración en lo solar, etcétera; y denuncia las alarmas que surgen con el ingente problema de los residuos (incluyendo eso de las’R’), porque ese problema es consustancial con una economía antiecológica, incapaz de evitarlos y que se empeña en extraer productividad a base de introducir elementos extraños y perniciosos en los procesos productivos. Así que llamar ‘circular’ a una economía que sólo se interesa por atenuar el problema en uno de sus extremos no es más que una estupidez.

Lo más interesante de la economía ambiental es que ha posibilitado la evaluación monetaria de los costes ambientales que (aunque guste rehuirlos y, por supuesto, minimizarlos) aporta una metodología muy evolucionada, que se iniciara en los años de 1970 en la OCDE, marco canónico del liberalismo. Quiero decir con esto que el juez instructor de la causa iniciada por el fiscal Díaz Manzanera podrá disponer de una evaluación aproximada del daño ambiental producido en el Mar Menor por los que finalmente resulten condenados (políticos, funcionarios, agricultores y empresas), a los que se les deberá hacer responsables de estos daños y, en justicia, condenados a pagar la inmensa deuda económica contraída para hacer que en lo posible nuestra laguna vuelva a ser lo que fue; sus sentencias, pues, no solamente deberán incluir cárcel e inhabilitación.

Presumo, para no pecar de ingenuidad, que esto no resultará fácil, y para que los culpables y responsables no sigan riéndose de la justicia y de los bienes comunes habrá que estar vigilantes sobre el trabajo de los jueces que vienen.

No mucho más puede hacer la economía ambiental, bloqueada por el dogma de la productividad. La ciencia económica se viene abajo si asume las exigencias de la naturaleza, ya se trate de principios físicos universales (como las leyes de termodinámica) ya de mecanismos biológicos ubicuos y trascendentales (como la fotosíntesis).

Si una lechuga llega fresca en dos días a Inglaterra a un precio asequible es debido a un dopaje múltiple, que incluye sobre todo dos trampas inocultables: la social (sueldos de miseria para los trabajadores) y la ambiental (impactos demoledores para la naturaleza); y dejo en suspenso la tercera, la sanitaria, quizás la más canallesca, porque no es el momento. Así que ya va siendo hora de tener esto en cuenta cuando nuestros héroes del campo tratan de protegerse con coartadas como la de la ‘Huerta de Europa’ o la exhibición de Murcia como ‘potencia exportadora’ millonaria.

Concluyo pidiendo seriedad ante el problema básico y de fondo de la región, que es el ecológico, y más respeto por la ecología y los ecologistas. Y esto implica también el empleo riguroso de conceptos, lemas y enunciados, por más que resulten aparentemente atractivos o potencialmente útiles.