EL CASO DE CONTAMINACIÓN DEL AGUA “POTABLE” DE LA COMARCA DE LA RIBERA (VALENCIA)

Ae. Agricultura y Ganadería ecológica. Revista de divulgación técnica. http://www.agroecologia.net/tienda/rae12-revista-ae-no-12-verano-2013/

Alfons Domínguez

Estación experimental Agraria de Carcaixent.

Instituto Valenciano de Investigación Agraria (IVIA)

 acequia

Sabíamos que, en la comarca de La Ribera, estábamos bebiendo agua con nitratos, pero ahora nos hemos despertado con biocidas usados para acabar con las hierbas de los cultivos en los grifos de nuestras casas.

En 1995 Carcaixent superó las dosis permitidas de plaguicidas en el agua “potable”. Ahora, esto ha ocurrido también en Alzira, Corbera, Llaurí y, posiblemente en todas las fuentes que se abastecen de las mismas aguas subterráneas. Todo el acuífero que rodea a las Sierras de la Murta, las Agujas o el Reialenc, fuente de riqueza, ahora aparece contaminado al menos con 6 biocidas distintos, junto a sus metabolitos de degradación. Concretamente, se han encontrado herbicidas del grupo triazinas, como la Simacina, la Atrazina, la Terbumetona o la Terbutilazina, el herbicida Bromacilo y el insecticida neonicotinoide Imidacloprid.

Según el Real decreto 140/2003, en esta comarca se han sobrepasado de forma individual y/o en el cómputo total los límites establecidos para los plaguicidas (0,10µg/l, y 0,50µ/l respectivamente). La mayoría son herbicidas residuales (es decir, de alta permanencia y baja biodegradación), de los que se empleaban habitualmente hace unos años, algunos de ellos prohibidos ya en nuestro territorio.

Las consecuencias

La secuencia de estas substancias es siempre la misma: aplicando la lógica de la guerra, se pretende doblegar la naturaleza, eliminado todo aquello que “molesta” al cultivo. Para ello se sintetizan o diseñan moléculas tóxicas, las cuales se usan a unas supuestas dosis letales “seguras” (los LMRs). Posteriormente se van observando los efectos reales de estos venenos, y van disminuyendo los límites tolerables, hasta llegar a su prohibición. Pero los daños colaterales siguen persistiendo largo tiempo. Por ello, a pesar de haber pasado más de 10 años del uso de estos herbicidas, aún seguimos con sus secuelas.

Estas sustancias son en su mayoría letales para la flora, y el insecticida lo es también para una gran cantidad de fauna. Además, las triazinas se han vinculado en exposiciones de corta duración al enrojecimiento de los ojos y efectos en el sistema nervioso central. Exposiciones más prolongadas pueden llevar a alergias, diarreas, dermatitis, afección al hígado y al riñón, insuficiencia respiratoria, parálisis de las extremidades, cambios estructurales del cerebro, corazón, hígado, pulmones, riñones, ovarios y órganos del sistema endocrino, así como retraso en el crecimiento. La atrazina también se ha vinculado al cáncer en las glándulas mamarias, así como al cáncer de próstata y linfoma. Es precisamente la actividad vinculada a su efecto como xenoestrógeno o disruptor endocrino la que puede resultar más dañina a bajas dosis. Incluso a niveles considerados seguros por la legislación actual (0,1µg/l), se han producido casos de hermafrodismo en ranas.

Uno de los efectos relacionados más recientemente con estos herbicidas es la gastrosquisis, defecto congénito en el cual los intestinos (y a veces otros órganos) se desarrollan fuera del abdomen del feto. El culpable detrás del sufrimiento de los bebés que nacen con esta condición parece ser la atrazina.

La solución real a largo plazo

Momentáneamente se podrían retener los tóxicos contaminantes en carbón activo mediante filtros individuales o colectivos, o con nuevas conducciones podríamos evitar parcialmente el problema de abastecimiento a la población. O, como está ocurriendo en cada vez más familias, comprando agua mineral envasada para el consumo.

A parte del gasto que esto conlleva (otro efecto colateral, que nos está costando 600.000€ a un solo pueblo, para un sistema de filtrado municipal), esto sería aceptar que un acuífero está condenado por las triazinas usadas. Los herbicidas (como el glifosato) y los plaguicidas que se están usando actualmente en la agricultura convencional, serán los responsables de que en el futuro (cercano) haya picos de toxicidad y, probablemente, los acuíferos sigan envenenados muchos años, siguiendo la misma dinámica.

Hasta que se cumpla lo que establece la Directiva Marco europea del Agua: las masas de agua destinadas al suministro de agua de consumo humano han de ser protegidas frente a la contaminación. Hay que evitar los agentes contaminantes y gestionar de forma más adecuada las hierbas o las plagas en los cultivos, mediante métodos mecánicos y biológicos. En el caso de las arvenses, con cubiertas vegetales y abonos verdes para contrarrestar e peso de las hierbas competidoras con los cultivos. Además, se pueden usar métodos de laboreo o siegas selectivas mediante aperos adaptados a cada situación, sobre todo en las zonas vulnerables que están sobre nuestros acuíferos.

Es urgente que decidamos si vamos a seguir con un modelo de producción agraria atrasado, basado en estrategias bélicas del siglo pasado, que pone en peligro a organismos inocentes, a nuestros recursos naturales y a nuestra salud, o, por el contrario, apostamos por soluciones novedosas y limpias. Decidamos en definitiva, si pagamos a las multinacionales que producen o usan estos biocidas, y se desentienden de los daños que producen, o si apoyamos a nuestros vecinos agricultores ecológicos, para que sean ellos los que nos alimenten, con un modelo productivo respetuoso con el medio ambiente y con nuestra propia salud. La decisión está en nuestras manos.