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Juana Moreno, en la caseta del camino del Salabosque de Aljucer donde vivía su madre, María ‘la Paquera’. / FRAN MANZANERA / AGM

María ‘la Paquera’ falleció en una caseta abandonada de Aljucer a los 74 años; nunca disfrutó de un hogar. El chabolismo sigue enquistado en Murcia: unas 90 familias viven en infraviviendas sin unas mínimas condiciones de habitabilidad

Javier Pérez Parra | MURCIA  6 julio 2015

Tenía 74 años y llevaba toda su vida deambulando entre chabolas y cuartuchos en ruinas. Desde hacía un tiempo, compartía una minúscula caseta de no más de cinco metros cuadrados en el camino del Salabosque (Aljucer) con su nieto de 14 años, que fue quien la descubrió muerta el pasado día 15, al despertarse. Un infarto acabó con María ‘la Paquera’ de forma repentina y silenciosa, y las cuatro paredes en que falleció han quedado a la intemperie porque sus hijos han echado abajo la uralita que servía de cubierta. En parte lo han hecho por rabia, aunque también para evitar que el cubículo pueda ser utilizado por alguien que, como ellos, ande al acecho de cualquier sitio donde dormir a falta de un lugar al que llamar hogar. También han desaparecido ya las escuetas pertenencias de ‘la Paquera’: una nevera, un hornillo de butano y la cama en que dormía con su nieto a sus pies.

ALGUNAS CIFRAS

90 familias viven en chabolas o infraviviendas en el área de Murcia y Alcantarilla, según la asociación Habito

66%Es el porcentaje de infraviviendas que no cuentan con agua potable

«Mi madre murió como un perro, esto no es un sitio para vivir», se lamenta Juana Moreno, la hija mayor de la ‘Paquera’, entre cascotes y desperdicios. Juana vive desde hace cuatro años con su marido y dos hijos de 7 y 19 años en una casa ‘okupada’ contigua al trastero que hacía de habitación para la ‘Paquera’. La vivienda, atestada de muebles y cachivaches recogidos de los contenedores, carece de agua corriente. El baño, inutilizado, sirve para almacenar ropas y utensilios. «Antes, cuando llegaba el verano, dormíamos en la calle porque dentro hace un calor insoportable, pero ahora nos da miedo por las ratas», cuenta Juana.

Desalojados de Barriomar

La familia no ha conocido otras condiciones de vida en generaciones. A principios de los 80, la ‘Paquera’ y sus nueve hijos fueron desalojados de los bajos del puente de la carretera en Barriomar, que se había convertido en un poblado chabolista. El Ayuntamiento ubicó a parte de las familias en viviendas sociales, y ofreció a la ‘Paquera’ y a los suyos unas casas prefabricadas junto a la cárcel de Sangonera, en la conocida como Finca del Mayayo. «Era algo provisional; nos dijeron que estaríamos allí un año pero se convirtieron en 30», recuerda Juana. «Todo este tiempo estuvo mi madre esperando una vivienda que no llegó nunca», se queja amargamente. Juana y la Paquera se fueron hace cuatro años al camino del Salabosque, en Aljucer, porque los antiguos barracones se habían convertido en un nido de plagas y suciedad oxidada. Pero en el Mayayo, en condiciones extremas, se quedó Juan, otro de los hijos de la ‘Paquera’. «Aquí hay unas ratas que parecen conejos», confiesa mientras abre la puerta, cerrada con un llamativo cerrojo que no protege en realidad más que unas paredes sucias de hojalata de las que cuelgan fotos antiguas. No hay cuarto de baño ni nada que se asemeje a una cocina. En la puerta, una nube de avispas sobrevuela un charco embarrado. Más allá, se desperdiga un vertedero que hierve al sol del mediodía, junto a los restos ennegrecidos de lo que un día fue otra chabola. «Allí vivía mi hermana Primitiva hasta que aquello ardió», cuenta Juan, quien asegura vivir de la chatarra. «Cada vez hay más competencia, más gente recogiendo cosas de la basura», se queja.

Noventa familias como la de la ‘Paquera’ viven en infraviviendas en el área de Murcia y Alcantarilla, según el censo que maneja la asociación Habito, creada por Cáritas, Secretariado Gitano y Copedeco para luchar contra el chabolismo. El problema no solo está lejos de desaparecer, sino que ha aumentado en los últimos años, al tiempo que adelgazaban los programas sociales.

Los intentos por realojar a las familias chabolistas en barrios de viviendas sociales diseñadas específicamente para ellas han terminado fracasando. Las casas de La Ñora, junto al cementerio de Espinardo, o la propia Finca del Mayayo son un claro ejemplo de la creación de guetos en los que se perpetúan los mismos problemas de exclusión e insalubridad. Por eso, Habito puso en marcha un programa junto con la Consejería de Obras Públicas para realojar a familias en vecindarios normalizados, con un seguimiento estrecho e individualizado de cada caso. «Es la única vía para conseguir una inserción social a largo plazo», explica Enrique Tonda, presidente de Habito. Sin embargo, apenas siete familias han podido beneficiarse de este plan. Desde 2013 no ha habido nuevos realojos, y las ONG están pendientes de la constitución del Gobierno regional para que la iniciativa se reactive.

A Juana Moreno le gustaría tener acceso a una vivienda para que sus hijos y nietos tengan la oportunidad de llevar una vida distinta a la que ella y ‘la Paquera’ han conocido. 50 años a sus espaldas le han dejado unos profundos surcos en la cara y arrugas y callos en las manos. Viuda de su primer marido antes de los 30 y analfabeta, cada mañana carga un carro lleno de garrafas para que no falte el agua. Después, acompaña a su hija al colegio del camino del Salabosque y la ve entrar a clase con la esperanza de que algún día, a la salida, le esté esperando un hogar.