Miguel Gómez — Participante en Procés Embat  — 20/09/13 

En estos momentos las encuestas reflejan un panorama político lamentable en el Estado español. Según la encuesta del CIS la clase política es el tercer “problema” más importante del país para la ciudadanía. Se puede ver, en general, un hartazgo sobre los temas políticos. La actual partitocracia, en la que para gestionar una institución es necesario tener un partido político detrás, con su maquinaria, estructuras, recursos, ha tocado su nivel más bajo de aceptación.

En estos momentos más que nunca hay que presentar alternativas viables al actual lodazal político Nos encontramos frente a un momento crucial. Algunos hablan de que estamos en una Segunda Transi­ción que se caracterizaría en lo político por una caída en desgracia de la monarquía, una crisis de legitimidad de la clase política y por el auge del nacionalismo catalán, que cada vez más apuesta por la secesión democrática. Todo esto en medio de una crisis gravísima, a la que no se ve el final, dado que es una crisis estructural, de modelo económico.

En estos momentos más que nunca hay que presentar alternativas viables al actual lodazal político. Dentro de este panorama comienzan a tomar fuerzas las posturas republicanas, de la mano de ciertos partidos de izquierda como IU, Equo o Com­promís, que se apoyarían en varios partidos nacionalistas que coyunturalmente apostarían por una república federal antes que por la independencia. A este modelo se está subiendo el PSC en Catalunya, dado su hundimiento. La única salida política que se vislumbra para este maltrecho Estado español parece ser una república federal. Pero esto será un proceso que durará años y que polarizará a la sociedad.

Los movimientos sociales, nuevos y viejos, se basan en una reivindicación parcial de la que hacen bandera Pero los movimientos sociales nos demuestran otra forma de hacer las cosas que nada tiene que ver con la partitocracia. Estos, nuevos y viejos, se basan en una reivindicación parcial de la que hacen bandera. Una vez conseguido un objetivo mediante la lucha y la reivindicación, pasan a otro, y así sucesivamente hasta que su crecimiento pone en cuestión ciertos aspectos del sistema. Pero en algún momento encontramos los límites. Desde hace muchos años se ha dicho que los movimientos sociales tendrían que trabajar coordinados, que tendrían que atenerse a unos objetivos comunes, y que los objetivos propios son un escalón más para llegar a estos objetivos finales. Esto es la visión de la gente politizada en los movimientos sociales.

Pero además de los movimientos sociales hay otras formas de participación colectiva, que son las asambleas populares de barrio o de pueblo. En sus luchas tienden a confluir con numerosas luchas sociales de su entorno. Se trata de un paso superior, dado que al entrar en contacto con muchas reivindicaciones diferentes es más posible una politización completa, una visión de conjunto de las necesidades del territorio.

Es necesaria una alternativa de país, que se base en lo pequeño para ir a lo ‘macro’ y que se dé desde los barrios, los sindicatos y los movimientos sociales que debieran actuar como el pueblo organizado Esta visión de conjunto se completaría con un entramado de centros sociales, organizaciones laborales y sindicales, asociaciones, etc. A pequeña escala se trata de la generación de un poder popular a través de las luchas sociales diarias. El poder popular no es más que un proceso de empoderamiento colectivo, una concienciación sobre la fuerza que un colectivo de personas tiene, y su capacidad de operar políticamente en el conjunto de la sociedad. A partir de este proceso de empoderamiento se trata de generar unas instituciones propias ajenas a las del poder, unas ‘contra-instituciones’ que se vayan legitimando con la lucha social y con su práctica radicalmente democrática, que es la idea básica del municipio libre.

Pero este modelo no debe quedarse aislado, dado que el país funciona jerárquicamente y se dictan las leyes desde un parlamento. Es necesaria una alternativa de país, que se base en lo pequeño para ir a lo ‘macro’ y que se dé desde los barrios, los sindicatos y los movimientos sociales que debieran actuar como el pueblo organizado. Este movimiento popular debe dotarse de un programa propio, debe ser capaz de realizar análisis sobre la situación política, decidir las estrategias adecuadas y ver en qué escenario es capaz de sacar más provecho, y apostar por él de forma colectiva para que se puedan desarrollar sus alternativas. No se trata de presentarse a las elecciones, ni de votar a tal o cual partido, sino de actuar con coherencia táctica según nuestros intereses. No por abstenernos vamos a dejar de tener gobierno. Tampoco votar significa que nos vaya a hacer caso. Hay que construir nuestra propia institucionalidad.

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