El medio rural andaluz lucha por recuperar su identidad agraria frente a la amenaza de la despoblación.

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María José Carmona

Existe una curiosa tradición en algunas comunidades del pacífico colombiano. Cada vez que un niño llega al mundo, sus padres eligen un trozo de terreno y escarban un hueco bien profundo. Allí entierran el ombligo del recién nacido y plantan la semilla de un árbol. Desde ese momento el niño ya está “ombligado”. Luego crecerá, se formará, viajará lejos pero estará para siempre unido a la tierra donde nació. Ese trocito de tripa reconvertido en simiente le recordará toda su vida a dónde pertenece.

¿Cuántos ombligos harían falta para salvar eso que algunos han convenido en llamar la “España vacía”? Esa de campos de labriego y casas matas que, con cada vuelta de calendario, se desangra un poco más.

Lo llevamos escuchando desde hace tiempo. Por cada año que pasa las zonas rurales pierden alrededor de 45.000 habitantes. Es un exterminio silencioso. Y Andalucía, aunque con menos crudeza que otras comunidades del interior, tampoco se libra de esta maldición de los pueblos menguantes.

Lo ha dicho la propia Federación Española de Municipios y Provincias (FEMP). Hoy existen 206 pueblos andaluces con mil o menos habitantes. Es lo que ellos llaman pueblos en riesgo de extinción. Mientras las nuevas generaciones engordan las capitales y el litoral, en el campo la tierra se echa a perder.

Hoy existen 206 pueblos andaluces con mil o menos habitantes. Es lo que ellos llaman pueblos en riesgo de extinción

“La sangría poblacional es muy lenta. Ahora lo vemos sobre todo en zonas de Castilla y en el norte de España, donde la vida es más dura. Aquí todavía resistimos porque tenemos un clima bondadoso, pero se va a convertir en un problema. Debería considerarse una cuestión de Estado”. Habla Antonio Viñas, miembro de la Universidad Rural Paulo Freire. Este colectivo, creado para defender el valor de la cultura rural, tiene su sede en el Valle del Genal, una de las zonas del interior de Málaga más afectadas por la despoblación. Se calcula que en los últimos 15 años han perdido el 12% de sus habitantes.

“En los años 60 y 70 ya se empezó a hablar de desarrollo rural. Desde la Unión Europea se intentaron implantar nuevas actividades productivas en los pueblos como el turismo, pero al final no ha dado el resultado adecuado. Al contrario, se ha producido una desagrarización de la sociedad rural. Se ha perdido su identidad”, critica Viñas.

Ellos, como otros muchos colectivos y asociaciones, apuestan hoy por habitar de nuevo el campo andaluz, por reactivar el empleo en la actividad agrícola y al mismo tiempo buscar un modo más sostenible de relacionarse con la tierra. Por recuperar la tradición cooperativista, las redes locales frente al control de las multinacionales, lo agroecológico frente a lo agroindustrial.

La “Andalucía vacía” no se llena con buenas palabras, para tener un mundo rural vivo hace falta devolver la vida a los huertos

Saben que la “Andalucía vacía” no se llena solamente con buenas palabras, que para tener un mundo rural vivo hace falta devolver la vida a los huertos, escarbar la tierra. Ombligarse.

Un nuevo modelo

Cuando un campo se abandona, las hierbas y matorrales empiezan a colonizar el espacio, los cercados y las lindes se deterioran hasta quedar impracticables, se incrementa la erosión y desaparecen las terrazas y bancales, se pierden hábitats de elevado valor ecológico ligados a la actividad humana. Al final, el vacío lo hace vulnerable al fuego. Probablemente las llamas acaben por engullirlo todo.

Cuando un pueblo se abandona, el silencio empieza a colonizar el espacio, las viviendas y la escuela se deterioran hasta quedar impracticables, desaparecen las tradiciones, se pierde la historia y la cultura. Al final, el vacío lo hace vulnerable al paso del tiempo. Probablemente el olvido acabe por engullirlo todo.

Agricultura y vida están inevitablemente unidas, sobre todo en Andalucía, donde un 90% del territorio es rural. Sin embargo, hoy solo el 8% de los andaluces están ocupados en actividades agrarias y ganaderas (176.000 hombres y 69.000 mujeres). Mientras, el sector servicios ocupa al 76% de la población.

“Nosotros nos dimos cuenta de que cada año las huertas se iban abandonando más. Por eso creímos que se podía recuperar la idea de producción y consumo local desde la producción ecológica”, cuenta Rafa Arroyo, secretario de la Asociación Subbética Ecológica, una experiencia iniciada en 2009 en el municipio de Cabra (Córdoba) y que hoy se ha convertido en un modelo de ese nuevo mundo rural en construcción.

Empezaron siendo 20 familias que compraban semanalmente a cuatro agricultores locales. Ahora mismo suman más de 450. A través de su sistema de cestas, distribuyen frutas y hortalizas de las huertas de Cabra a unos 150 kilómetros a la redonda. Con el tiempo, las cestas han ido creciendo con otros productos de la zona, como aceites, huevos, pan o vino. Además, suministran a 50 grandes consumidores, entre los que hay comedores escolares, tiendas y restaurantes.

Todo desde la autogestión. Funcionan mediante una asamblea, donde consumidores y productores eligen unos precios justos, se cuidan. Por eso, son pioneros dentro de la llamada economía del bien común. “En realidad, no hemos hecho nada nuevo. Nuestros abuelos ya criaban en ecológico aunque no tuvieran certificación, vendían localmente a quienes conocían y marcaban precios justos. Es lo mismo que hacemos ahora”, insiste Arroyo. “Hay que volver a mirar la identidad de los pueblos, saber qué recursos tenemos. Las posibilidades de desarrollo son enormes”.

Según la última encuesta sobre explotaciones agrarias, de 2013, en estos momentos hay en Andalucía unas 241.000 explotaciones agrícolas, que ocupan cinco millones de hectáreas. De ellas, algo más de 7.500 producen en ecológico, unas 203.000 hectáreas. La cifra sube progresivamente cada año, pero aún sigue siendo frágil.

En la hectárea de Cristóbal, por ejemplo, ya están terminando de recoger los tomates y se preparan para sembrar el brócoli y la coliflor. Siempre trabajan con productos de temporada a los que nutren con sus propios biofertilizantes. “La gente del pueblo se estaba yendo fuera a trabajar, pero nosotros quisimos quedarnos aquí. Queríamos cultivar sano”, cuenta Cristóbal Heredia, miembro del Grupo Extiercol en Cuevas del Becerro (Málaga), un proyecto impulsado por la asociación de jóvenes del municipio con la idea de apostar por lo ecológico y relevar en el campo a sus padres y abuelos.

Resistencias como esta se extienden por todas las provincias andaluzas, incluso dentro del mismo corazón de la “bestia de plástico”, en El Ejido (Almería). En medio del mar de invernaderos, Matías Ruiz inició hace años un proyecto para recuperar parte de aquel suelo asfixiado por tanto agroquímico. Y lo consiguió.

“Hemos demostrado que se puede cultivar en esta zona sin agredir al medio ambiente. En cinco años hemos conseguido un suelo fértil y rico con cerca de 70 especies comestibles”.

Ahora Matías acaba de trasladar sus cultivos a la Alpujarra almeriense, donde él mismo distribuye sus productos puerta a puerta a unas 50 familias; un entorno, dice, menos hostil con su activismo agroalimentario.

“Ha sido un proyecto bonito, pero las hemos pasado canutas. El sistema agroindustrial no te perdona si decides volar por tu cuenta. Hay que ser valiente, tener ganas y creer en esto, sobre todo al principio”, añade.

Sin ellas no hay rural

Apenas cuatro de cada diez andaluces viven hoy en el mundo rural y las esperanzas están puestas en los hijos y nietos de los campesinos. En las hijas y nietas también.

Ellas, que desde siempre han trabajado en la agricultura, la ganadería y la transformación de alimentos, ocultas e invisibilizadas, ahora piden la palabra y reclaman su espacio en los órganos de decisión de las cooperativas, de los grupos de desarrollo, de las comunidades de regantes.

Cada vez más se impone imparable la certeza de que el cambio en el medio rural es inviable sin ellas, que de ellas depende que los pueblos sigan manteniendo el pulso. “Las mujeres no podemos irnos del medio rural, si nos vamos desaparece”, asegura Inmaculada Idáñez, presidenta de la Confederación de Asociaciones de Mujeres del Mundo Rural (Ceres).

Según Idáñez, agricultoras y ganaderas han abierto un abanico muy grande de producción en ecológico, “son empresas más pequeñas, pero más duraderas y más sensibles con la sostenibilidad”. Y eso a pesar de haberlo tenido todo en contra.

La tasa de paro femenino en las áreas rurales alcanza el 30,8%, frente a un 25,9% de desempleo masculino. Además, está constatado que las trabajadoras andaluzas perciben de media un 23% menos de sueldo que los hombres en el desempeño del mismo puesto de trabajo.

Hoy la discriminación se sigue combatiendo a pie de bancal, donde a ellas aún se las obliga a compatibilizar en exclusiva las labores del campo con los cuidados —de los hijos y de los abuelos— y donde todavía siguen encontrando más obstáculos que sus compañeros. Por ejemplo, en el acceso a la tierra.

“Como la tierra no sea de la familia es muy difícil. A la hora de comprar, las mujeres tenemos más complicado que nos aprueben un crédito, nos exigen mucho aval. También nos ponen más inconvenientes para arrendar una finca. Nos ven como poca cosa, creen que no somos capaces de ser campesinas”, denuncia Idáñez.

Aun así las mujeres rurales han descubierto que la mejor forma de sembrar la igualdad en los pueblos es uniéndose entre ellas. Es el caso de Ganaderas en Red, un grupo de pastoras y ganaderas de extensivo que se articula por todo el territorio español. Una de sus ramas se extiende por Andalucía, donde trabaja Carmen Bendala.

En su finca, Riscos Altos, en la Sierra Norte de Sevilla, tiene un huerto con frutales y viñas, cerdos ibéricos, ovejas, cabras y gallinas, pero también una nave con seis habitaciones. El suyo es un proyecto de agroturismo con el que busca recuperar la cultura rural y los saberes tradicionales. Promover un tipo de turismo sostenible y respetuoso frente a otro —el más extendido en la ciudad— más masivo y depredador.

“No se puede perder la sabiduría rural, hay que poder enseñarla. Por eso organizamos talleres para fabricar quesos, mermeladas, conservas vegetales. Debemos intentar que el turismo rural atraiga a gente que valore este espacio, que conozca lo que se hace aquí. Nos va la vida en ello”, defiende Bendala.

Otras mujeres vuelcan su creatividad y su saber hacer en proyectos de transformación, como Spiga Negra, una pequeña empresa dedicada a la producción de pasta artesanal en Humilladero (Málaga). Tras ella están Arrate Corres y su hermano Igor, una familia que tiene sus raíces en las zonas rurales de Vitoria pero que, animada por la calidad del trigo duro de esta zona de Málaga, ha acabado montando aquí su propio molino ecológico.

“Nos dimos cuenta de que nunca se daba salida al cereal en los circuitos cortos. Era imposible saber si las pastas que consumíamos se hacían con granos locales o venían del otro punto del planeta”, explica Arrate.

Desde 2014 trabajan mano a mano con los agricultores, conocen el origen de cada grano que llega a su molino y que luego convierten en harinas y pastas artesanas de kilómetro cero. “Hay un montón de iniciativas en Andalucía. A mí me ha sorprendido mucho. En cada pueblo existen empresas familiares o pequeños proyectos que hacen cosas muy ricas y con prácticas éticas. La producción no tiene nada que envidiar al País Vasco; solo noto una diferencia con el norte: el consumo”.

Valorar lo nuestro

Que Andalucía siempre ha sido la huerta de Europa es casi un lugar común. Actualmente nuestra región supone el 25% del total de exportaciones agroalimentarias españolas, por encima de otras comunidades como Cataluña, Comunidad Valenciana o Murcia.

Las ventas al exterior casi se han duplicado en los últimos diez años. Hemos pasado de vender 2,8 millones de toneladas de alimentos en 2010 a 4,3 en 2018. Y muchos piensan que precisamente esto ha jugado en contra de nuestro propio consumo interno. Como dice Arrate Corres, de Spiga Negra, “aquí tenemos productos de muy buena calidad, pero el consumidor de a pie no los valora. Falta un poco de orgullo”.

Hace falta recuperar la confianza de los vecinos de la ciudad, incentivar ese consumo próximo, adormecido por las grandes superficies y las compras online. Sobre todo porque sin demanda en las ciudades lo rural no funciona. Y si no funciona, la población se acabará marchando otra vez.
En Granada, por ejemplo, solo en el área metropolitana se consumen al año mil millones de euros en alimentos, pero sólo el 10% proviene de su propia Vega. “Hay que promover el consumo de productos agroecológicos, pero estos tienen que ser locales. Tenemos que hacer entender a la gente que si no consume de aquí su vecino no tendrá trabajo”, asegura Jesús Peña, coordinador del proyecto Recuperamos el Abrazo con la Vega.

Entre otras cosas, y gracias al apoyo de varios ayuntamientos de la zona, promueven cursos de formación para agricultores y desempleados sobre agricultura ecológica. “Mucha gente tiene memoria agraria, aún guarda el recuerdo de los sabores, de los olores. Si conseguimos rescatar esos valores quizá logremos conseguir ese relevo generacional”.

Según datos del Instituto de Sociología y Estudios Campesinos, más de 6.000 consumidores y unos 400 productores intercambian hoy sus productos a través de canales cortos de comercialización, ya sea a través de mercados, cestas o grupos de consumo. El ideal es seguir afianzando esta forma responsable de alimentarnos, acortar las distancias entre el asfalto y el terruño.

“Existen iniciativas fantásticas. Hay un movimiento importante de gente joven que está pensando cómo generar empleo en el medio rural, pero soy realista. Hasta ahora ha habido pocos cambios legislativos que vengan a favorecer a todas estas iniciativas”, reconoce Antonio Viñas, de la Universidad Rural Paulo Freire.

De hecho, ocurre todo lo contrario. Las normativas tan estrictas, el precio de la tierra —en 2017 acumuló su tercer año consecutivo de subida—, la competencia feroz de la agroindustria y la burocracia impiden regenerar un campo donde el 70% de quienes trabajan ya superan los 50 años.

“La propia normativa impide el desarrollo de prácticas alternativas”, denuncian también desde la Red Andaluza de Semillas. Según ellas, existen en nuestra comunidad alrededor de 200 proyectos de producción ecológica que trabajan con variedades locales de semillas, y eso ya es prácticamente un milagro.

“Si la normativa para la comercialización de semillas fuera más amable, haría que se promoviese más el uso de estas variedades”, critica su portavoz, María Carrascosa. “Ahora, por ejemplo, para darte de alta tienes que tener unos volúmenes mínimos y eso es inviable para proyectos a pequeña escala. Todo está orientado al apoyo de las grandes empresas”.

Su manera de resistir es a través de los bancos de semillas, donde a día de hoy se han intercambiado cerca de 3.000 variedades locales de cultivos.

Recuperar la identidad rural

Mientras se presiona desde abajo para exigir cambios en las políticas agroalimentarias, hay otras cuestiones que son igual de urgentes: “Tenemos que crear autoestima rural entre nuestros jóvenes. Que sepan la suerte que tienen de vivir y haberse criado donde estamos. Que el campo no es un trabajo de tercera”.

Lo dice Santiaga Sánchez, y en eso de amar donde se vive ella es una autoridad. Se trata de otra ganadera en red de la comarca de Los Vélez, en Almería. Mantiene una explotación con más de mil cabezas de cabra segureña, organiza rutas para enseñar la historia de su comarca y su vinculación a la ganadería, colabora como mentora en la escuela pastores y, por si resulta poca cosa, es parte activa de AlvelAl, una asociación que une a las comarcas del Altiplano de Granada, Los Vélez, Alto Almanzora, Guadix y Noroeste de Murcia. Se trata de un colectivo nacido para luchar contra la maldición del despoblamiento.

Como ella insiste, “tiene que partir de la educación, de los padres y los maestros. Si un niño dice que quiere ser pastor, apoyémosle. Porque es una profesión tan digna o importante como ser cirujano”.

Volvemos a lo mismo, a la necesidad de recuperar la identidad agraria, de alimentar la vocación agrícola entre unas nuevas generaciones rurales más pegadas al móvil que a la tierra. Algo que ya están haciendo en la Universidad Rural Paulo Freire, donde trabajan con los estudiantes que hoy ocupan las aulas de los institutos de la comarca. “Intentamos decir a esos jóvenes que pueden quedarse a vivir en sus pueblos, que se pueden hacer cosas con innovación y creatividad, superar la cultura del subsidio”, señala Viñas.

Identidad

Una palabra que los pueblos vuelven a apropiarse con orgullo, quizá la más repetida durante el primer Foro de Pueblos en Movimiento, que se celebró esta primavera en Cuevas del Becerro (Málaga). “Tenemos que hablar de nuestra identidad, una identidad que ha sido históricamente machacada. Siempre nos han dicho que el campo es lo último, que debíamos irnos fuera. Eso tiene que cambiar”, cuenta Cristóbal González, alcalde de Cuevas del Becerro.

Porque, según él, no serán los neorrurales quienes les salven del abandono, sino todos esos chavales que hace años cogieron el autobús para irse a estudiar, esos que cada viernes volvían a casa con hormigas en el estómago, los que en el fondo nunca se han ido del todo. “Son esos los que van a levantar otra vez los pueblos —asegura el alcalde—, los que siempre hemos mantenido el cordón umbilical”.