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Solo podemos alcanzar esta meta con más fondos, nuevas alianzas, mejores modelos financieros y enfoques más inclusivos a fin de lograr duplicar el impacto de aquí a 2030

Una mujer cosecha maíz en República Democrática del Congo. Giulio NapolitanoFAO

Gilbert F. Houngbo

En los comienzos de un nuevo decenio, el mundo parece haber llegado ciertamente a un punto de inflexión: los incendios arrasan Australia; las inundaciones devastan tierras de cultivo en Europa; los enjambres de langostas acaban con explotaciones agrícolas en África Oriental, y 45 millones de personas —una cifra récord— se ven afectadas por la crisis alimentaria en África Meridional.

Los fenómenos meteorológicos extremos se están convirtiendo en algo normal, lo que representa una amenaza para la existencia de nuestros sistemas alimentarios y, por extensión, para nosotros mismos. Cada día 820 millones de personas pasan hambre y la brecha de la desigualdad se amplía, siendo los más pobres y los más marginados los que se quedan cada vez más atrás. Tal y como van las cosas, no alcanzaremos los dos primeros Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS) de erradicar el hambre y la pobreza en 2030.

Pero, a pesar de todo, hay esperanza. Una esperanza que se encuentra en los y las pequeñas agricultoras que en las zonas rurales del planeta generan ingresos y producen alimentos para las personas más pobres del mundo.

Sabemos que la agricultura se ve afectada por las condiciones climáticas y también que las prácticas agrícolas tienen un impacto sobre el clima. Sin embargo, a menudo se pasa por alto la importancia mundial de invertir en las pequeñas explotaciones agrícolas.

La mitad de las calorías que se consumen en el mundo son producidas por pequeños agricultores en solo el 30% de las tierras agrícolas del mundo. Estos agricultores tienen un fuerte incentivo personal para sacar el máximo provecho de sus tierras y de su propio trabajo. Asimismo, tienden a plantar una gama más amplia de variedades de cultivos que se adapten a las condiciones locales.

Esta mayor diversidad agrícola reduce la vulnerabilidad de los sistemas agrícolas a las epidemias causadas por plagas y enfermedades, mejora la fertilidad del suelo y hace los cultivos más resistentes a inundaciones y sequías. Las prácticas agrícolas climáticamente inteligentes reducen las emisiones de gases de efecto invernadero y aumentan el índice de secuestro de carbono; pueden reabastecer las capas freáticas y prevenir los deslizamientos de tierra y las tormentas de polvo. En resumen, protegen el capital natural que es la base de la vida, los medios de subsistencia y la actividad económica de las zonas rurales.

Las pequeñas granjas prósperas no solo aportan alimentos, sino que también crean puestos de trabajo y aumentan la demanda de bienes y servicios producidos localmente. Esto, a su vez, estimula las oportunidades y el crecimiento económico y, por ende, contribuye a la estabilidad social.

Ha llegado el momento de reconocer el valor de los pequeños agricultores y apoyarlos. Se calcula que es necesario invertir anualmente 115,6 millones de dólares en agricultura para poner fin al hambre en el mundo. Sin embargo, la Ayuda Oficial al Desarrollo destinada a la actividad agrícola tan solo alcanza 10.000 millones de dólares al año. Si de verdad queremos erradicar la pobreza y el hambre, es necesario afrontar este déficit de financiación.

Las pequeñas granjas prósperas no solo aportan alimentos, sino que también crean puestos de trabajo y aumentan la demanda de bienes y servicios producidos localmente

El Fondo Internacional de Desarrollo Agrícola (FIDA), la agencia de las Naciones Unidas especializada en desarrollo rural, se centra en esta cuestión. Invertimos en aquellas personas que tienen una mayor probabilidad de quedarse atrás: los pobres, los pequeños agricultores, las mujeres, los jóvenes y los pueblos indígenas que viven en zonas rurales remotas. Hablamos de personas que rara vez se benefician de las iniciativas de desarrollo.

Trabajamos mano a mano con los gobiernos, y con la propia población rural, para aumentar el acceso de esta a recursos de financiación, tecnología y capacitación. El objetivo final es garantizar que la agricultura se convierte en un negocio sostenible y que la población rural tiene herramientas para hacer frente a los efectos de un clima cada vez más impredecible.

Tras más de 40 años de experiencia de trabajo sobre el terreno, sabemos que el final del camino puede ser la parte más dura. Solo quedan 10 años para alcanzar los Objetivos de Desarrollo Sostenible, en particular para alcanzar el compromiso de poner fin a la pobreza extrema y el hambre. Solo podemos alcanzar esta meta con más fondos, nuevas alianzas, mejores modelos financieros y enfoques más inclusivos. A fin de lograr duplicar nuestro impacto de aquí a 2030, el Fida insta a los gobiernos a que refuercen su compromiso invirtiendo más en desarrollo rural.

No es demasiado tarde. Podemos alejarnos del borde del precipicio en el que nos encontramos ahora y hacer noticia anunciando que el mundo se ha unido para poner fin a la pobreza, acabar con el hambre y corregir las desigualdades y, al hacerlo, ha logrado proteger los recursos naturales para las generaciones futuras. Con una mayor inversión en desarrollo rural sostenible y agricultura a pequeña escala, ese futuro es posible.

Gilbert F. Houngbo es presidente del Fondo Internacional de Desarrollo Agrícola (FIDA).